Una papa más al caldo

Hoy no voy a hablar de hombres, uno de mis temas favoritos, sino de algo que no me gusta en absoluto, pero que me preocupa bastante más : Cuántas calorías tiene lo que comemos, un rollito de más, un kilo de menos, entrar en X talla, la dieta que me paso fulanita, mi cita con el nutricionista… ese chip, instaurado en el cerebro de tantas, que parece ser el pan (irónicamente) nuestro de cada día.

Vernos bien a cualquier precio. La búsqueda de la perfección. La asociación de lo bueno y lo perfecto a los kilos de nuestro cuerpo. De cómo nos vemos, y no de cómo nos sentimos; de cómo nos ven los otros, mucho más de cómo nos vemos nosotros. Pero sobre todo, cómo nos ven las otras… sí, es bastante cierto que muchas mujeres se visten, producen y dejan de comer para ser aprobadas por otras mujeres -en una búsqueda despiadada de aceptación o de competencia entre nosotras mismas.

Estoy segura que los hombres no miran ese rollito odioso que tanto nos molesta. No se dan cuenta que el jean nos queda un poco más apretado después de un fin de semana de atracón.

De lo que sí estoy segura, es que advierten cuando una mujer no se siente cómoda en su propio cuerpo, cuando una mujer deja de disfrutar de  una cena por pensar en el rollito del bikini o cuando una mujer está fastidiada e irritable porque no ha comido bien en la última semana.

Mi adolescencia transcurrió a finales de los 80 y principios de los 90. La verdad que estaban de moda muchas cosas y existían complicaciones y preocupaciones no tan distintas a las de ahora: pasarse de tragos, llegar después del horario permitido, frustración por un chico que nos gustaba, peleas subidas de tono con la mamá, etc.

Sin embargo, entre la lista de ‘alarma’ que tenían que tener nuestros padres con nosotros, no estaba el tema de chequear un posible desorden alimenticio.

Recuerdo como mi desayuno habitual un jugo de frutas, variedad de panes, queso edam, jamonada y una taza de quaker (avena).

Ofrecerle eso a algunas adolescentes, hoy en día, resulta impensable.

De almuerzo, papa a la huancaína, tallarines verdes y budin de plátano.

Para el lonche, pan recién compradito al panadero, mermelada, leche con cocoa y kiwicha.

Y para cenar, casi siempre, lo que habíamos almorzado.

Eso era lo acostumbrado en mi casa, la de mis abuelos y en la de casi cualquier amiga.

Nada de yogures light, pan pita, leche descremada y frutita como único plato de cena.

Me preocupa, y no puedo estar tranquila, cuando  escucho que nuestras hijas son expertas en calorías.

Mami, una taza de arroz tiene 170 calorías.

Preocupadísimas porque amo el arroz.

No hablo de no cuidarnos, no estar en forma y  de no beneficiarnos con los productos saludables que hoy encontramos a nuestra disposición.

Pasa más por un tema de prioridades.

No creo que sea aconsejable que muchas niñas (si, algunas no llegan ni a los doce años) tengan un nutricionista de cabecera, una dieta baja en calorías y un cuidado extremo en la ingesta de carbohidratos y dulces. Niñas que evidentemente no presentan ningún problema de sobrepeso.

Hablo de algo mucho más alarmante y muy cercano a nuestro entorno : la anorexia y la bulimia.

Si, estoy segura que todos conocemos a alguna familia que está padeciendo el flagelo de esa enfermedad. Una enfermedad que se lleva a cuestas de por vida y que afecta, no sólo a la víctima del desorden alimenticio, sino a toda la familia.

¿Qué tanto estamos haciendo para alejar a nuestras hijas de tremenda amenaza?

Necesitamos tomar conciencia y, de la mano con nuestras hijas, renovar nuestros valores. Definir que una chica puede ser atractiva con parámetros menos exigentes. Lograr que la mayoría de chicas, y no sólo una pequeñísima parte, pueda sentirse bien con su físico.

El esfuerzo empieza por casa, no sólo dando el ejemplo con una refrigeradora saludable, un menú nutritivo y el alejamiento al culto de lo light. También tenemos que ser concientes de  no excedernos en los niveles de exigencia y competitividad que, a veces, les imponemos a nuestras hijas. Hay estudios que confirman que una mayoría de chicas anoréxicas se han criado en ambientes de sumo control, disciplina y severidad.

El esfuerzo empieza por casa, pero va más allá.

La vez pasada me di una vuelta por la tienda de ropa juvenil Kidsmadehere, y comprobé- con satisfacción- que han cambiado sus tallas por tallas mucho más reales. Antes un Medium correspondía a un Small pequeño.

Tallas más reales en una sociedad bombardeada por cuerpos imposibles – con la ayuda del photoshop- es un granito de arena que puede contribuir al autoestima de adolescentes que se están empezando a formar.

 Empezando a formar y terminando de desarrollar. Ayudémoslas en su desarrollo no sólo para que sean lindas, preparadas e inteligentes, si no sanas y fuertes. De vez en cuando, una papa más al caldo – como decían nuestras abuelas- no les viene mal.

Los Hombres No Nacen Malos

Los hombres no nacen malos, insensibles, egoístas ni tacaños. Tampoco mujeriegos, patanes y todo lo que nosotras les atribuímos, generalizando –muchas veces- que todos los hombres son iguales.

Yo tengo una teoría, que he ido apuntando desde hace un tiempo, y ahora, que la vida me regaló un hijo hombre la desempolvo y la saco a relucir.

Los hombres nacen pequeños, en promedio más grandes que las mujeres, dulces, tiernos e inocentes. Como cualquier hijo de Adán y Eva, con el sino del pecado original a cuestas. Con genes, testosterona, instintos, tendencia natural al bien, pero también con inclinación al mal.

Nacen con una mezcla, algo arbitraria, que los hará más o menos virtuosos de acuerdo a su herencia nata, pero sobre todo a la educación que reciban mientras crecen y se hacen hombres.

Somos justamente nosotras quienes tenemos la capacidad de influenciar en ellos. Nosotras, las mujeres, a las que Dios nos dio la capacidad de ser madres y traemos una carga genética de poder ser consejeras, confidentes, influenciadoras, manipuladoras o expertas para convencer con una linda sonrisa.

Nuestra sociedad educa a las niñas y a los niños de forma distinta. Los niñitos de celeste, las mujercitas de rosado. Los niños con soldados, las niñas con muñecas.

Después nos preguntamos, ¿por qué los hombres son mucho más rudos que las mujeres?, y a eso le podemos agregar, menos sensibles, comprensivos, tolerantes.

Un gran varón- como dice la canción de Blades-tendrás que ser.

No llores como una mujercita, es una frase que cualquier madre amorosa le habrá dicho a su hijo más de una vez, con la mejor intención de volverlo fuerte, preparado para enfrentar al mundo.  Macho, recio, todo un hombre.

Los hombres no lloran. Entonces  ¿qué hacen con sus sentimientos?

Los guardan, los camuflan, los disimulan. Aprenden a no compartirlos, a ser egoístas con lo más intimo que tiene un ser humano: su sentir.

Después los acusamos de insensibles, que no les gusta hablar y compartir sus sentimientos.

Cuando los hombres tienen un problema, se meten a su cueva, sostiene el tan consultado libro Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus.

A ellos los educaron para esconder lo que se consideraran debilidades: sentir tristeza, miedo o tal vez depresión. Sin embargo, nosotras no entendemos o no queremos entender su mutismo, la discreción que mantienen con sus sentimientos. Les queremos arrancar información a como de lugar. No respetamos lo que les hemos inculcado desde que nacieron. Es más, muchas veces, ante su falta de apertura al diálogo solemos torturarlos y chantajearlos con lo que ellos atribuyen a algo malo, negativo, prohibido: las lágrimas (esas que no debían derramar por no ser de machos!).

Imaginen la siguiente situación :

Una mujer triste, ansiosa, angustiada… llorando porque  discutió con su mamá, porque tuvo un día complicado en el trabajo o porque peleó con su pareja (casi siempre es lo último). Está sentada compartiendo su pena con su mejor amiga.

Le cuenta, le dice, le llora.

Su amiga la escucha, la entiende, la consuela y hasta la apapacha.

Sin embargo, si está misma mujer decide compartir su pena con su novio:

Ella le cuenta. Él la escucha.  Ella le dice. Él con impaciencia la sigue tratando de escuchar. Ella le llora. Él la deja de escuchar y,  meneando la cabeza con perplejidad, le pregunta si está llorando.

Ella llora más y le grita que es un insensible.

Yo, curiosa y ansiosa con el tema, se lo consulté a mi sicoterapista.

Cuando los hombres nos ven llorar, sufrir o angustiarnos por ellos, detonamos su botoncito perverso, su lado sádico, y en vez de volverse buenos, compasivos y tolerantes ante nuestro sufrimiento… se vuelven crueles, indolentes, de piedra.

Les activamos el lado sádico que tenemos todos los seres humanos.

Los hombres no nacen malos. Nosotras los podemos volver muy malos o bastante buenos. Los podemos sacar de quicio y volverlos nuestros verdugos si les venimos siempre con la misma cantaleta. Saben que significa cantaleta? Canto letal. Esa melodía venenosa que tantas veces les lanzamos sólo los convierte en nuestros mayores detractores. Los hombres no funcionan por la repetición, ni por el chantaje. Guardemos las lágrimas para algo importante (o para nuestras amigas).

Volvamos a los hombres nuestros aliados con una linda sonrisa, con una charla simple y un comportamiento descomplicado.

Para terminar me quedo con un pensamiento que leí en FaceBook y me parece harto elocuente en cuanto a la influencia que, nosotras, las mujeres podemos tener sobre los hombres :

El hombre que trata a la mujer como una princesa, demuestra que ha sido educado por una reina.

Después de estar con 5,000 hombres…

Quien mejor que Vanessa de Oliveira para aconsejarnos sobre lo que no-necesariamente- sabemos sobre el sexo masculino.

No lo sabemos, pero nos morimos por saber, aprender y ojala poner en práctica.

Conocí los consejos de esta escritora brasileña a través de 100 secretos de una dama de compañía. Ahí, de manera generosa, Vanessa comparte con todas las mujeres lo que aprendió durante 5 años de ejercer la prostitución.

Confieso que tengo su librito en mi mesa de noche, pero más que estar interesada en compartir o aprender sobre sexo, me interesa su punto de vista sobre lo que aleja a los hombres de las mujeres.

Si, soy recurrente con este tema porque creo, y soy testigo, de cómo las mujeres tenemos una marcada habilidad para alejar lo que queremos demasiado de nuestro lado.

Vanessa de Oliveira, además de tener sexo con sus clientes, recibía sus quejas, dudas y agobio.

Conversaba con ellos, los escuchaba y parecía entenderlos.

Los bandidos no se confiesan con la policía, sino con otros bandidos. Por lo tanto, una mujer debe ser la cómplice de su marido en vez de tener actitudes de investigador. (1)

 Muy cierto lo anotado en el punto 5 de su libro : Sé su mujer, no su madre.

Cuántas veces tenemos una actitud recriminatoria, acusadora e inquisidora?

Cuántas veces somos chinches, repetitivas y ponemos a nuestros hombres contra la espada y la pared por cualquier tema tonto como que prefirió quedarse jugando solitario en la compu en vez de ayudarte con la tarea de tus hijos?

Cuántas veces les hacemos recordar a su mamá???

Nada más mata pasiones que eso.

Por qué nos cuesta tanto ser su amiga, su pata, su compinche?

Que tu marido siempre tenga ganas de regresar a casa. Que le provoque salir corriendo de la oficina para llegar y encontrarse contigo. Linda, relajada y sonriente. Sin llenarlo de quejas ni problemillas domésticos.

 Me esfuerzo, día a día, en poner en práctica ese consejo que hace muchos años me dio mi prima. Claro, no siempre lo logro.

He visto a muchos hombres que buscan cualquier excusa para quedarse hasta tarde en la oficina o donde sea. Simplemente, no les provoca regresar a su casa.

Algo tan mata pasiones como parecer una mamá renegona, es tener recurrentes ataques femeninos.

Mata pasiones y mata relaciones. Nos quita piso, hace que nos pierdan el respeto y la credibilidad.

Las mujeres que tienen por hábito armar constantemente escenas de celos, insultar vehementemente a su compañero y mezclar a la familia en peleas conyugales sólo lograrán que la relación se agote.(1)

Una relación agotada y cansada, pero en la que muchas parejas siguen inmersas y trajinando en ella de por vida.

Por el contrario, tratemos de refrescar nuestra relación escapando de la rutina, sorprendiéndolo con algo que no se imagina, pensando dos veces antes de marcar su número… si, por más que sea nuestro marido no le hace feliz recibir 20 llamadas nuestras al día. No, no lo hace feliz.

No confundamos la confianza entre los dos con abuso de confianza, y por esa confusión le espetemos cualquier barbaridad, sin ningún filtro, en su cara pelada.

¿Sabes de qué tienen miedo los hombres? De las conversaciones cortas, maduras, sin amenazas, en tono calmado, con explicaciones coherentes y comportamiento maduro.(1)

 De las conversaciones cortas, maduras, sin amenazas, en tono calmado, con explicaciones coherentes y comportamiento maduro.

 Si, repito y resalto en negrito este sabio consejo que nos regala Vanessa de Oliveira y que voy a tratar de interiorizar y hacer mío a como de lugar.

Bibliografía

(1) De Oliveira Vanessa, 100 secretos de una dama de compañía. 

La increíble Hulk

Hace unos años pensaba que el exceso de amor nos daba una licencia para cometer errores que podían ser perdonados -justamente- porque eran eso, arrebatos de amor, actos cometidos en nombre del más sublime de los sentimientos.

El amor, el amor… cuantos crímenes se cometen en nombre del amor.

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento tan bonito se empieza a convertir en nuestro peor enemigo y en vez de hacernos bien nos hace daño?

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento se convierte  en nuestro talón de Aquiles, y nos vuelve vulnerables, inseguras y poco dueñas de la situación?

Hurgando en mi interior se me vienen algunas escenas a la mente que me permiten ejemplificar esas situaciones que nos ponen al límite: Jaime, un episodio rochoso en Starbucks y una pobre abuela que se tiró de la azotea.

Empecemos por la abuela. Todas las familias esconden secretos y la mía no es una excepción. Se dice de una abuela que estaba medio loca, que estuvo encerrada en un manicomio y que abandonó la vida tirándose de una azotea.

Claro, a esta leyenda familiar la acompañan otros ingredientes que podrían haber sido los detonantes : Un abuelo exageradamente guapo, de penetrantes ojos azules,  aventuras amorosas y corazón de piedra.

¿Todo eso precipitó la locura de la abuela?

Misterio sin resolver, pero un caso más de estudio para referirnos a lo que el amor o desamor puede generar en nosotras.

Sigamos con Jaime, mi primer amor. Todas tenemos un Jaime en nuestra vida. El primer amor, el que aguanta todo. Un saco gigante de arena donde atestamos todos los golpes de un amor inexperto. Un amor que lucha por afianzarse, por desafiar al tiempo y al destino.

Mi relación con Jaime podría haber sido perfecta. Él me adoraba y yo lo quería mucho.

Él nunca se cansaría de mí. Así lo creíamos, amor infinito que todo lo aguanta.

Sin embargo, no fue así. Las cosas cambian, mutan. Varían de forma y color. Nada dura intacto para siempre.

Todo exceso es malo, también aplicable para el amor, y, sobre todo, para el amor.

¿Cómo debemos actuar frente al descontrol y a la vulnerabilidad que genera en nosotras el sentimiento del amor ?

El descontrol, ese fantasma que tantas veces nos visita y nos desarma frente a una situación simple y cotidiana como a la que continuación describo.

Estoy sentada en un Starbucks de San Isidro frente a unos ojos incomprensivos que me hacen recordar que una mujer no debe llorar, con cuota de histerismo, frente a un hombre.

Las mujeres lo sabemos de memoria. Es la regla número UNO de un manual que nos esforzamos en aprender para tornarnos calmas, apaciguadas y controladas.

Sin embargo, parece que acabo de sufrir un severo ataque de amnesia. Sé que me debería parar como una lady y decir adiós, pero no puedo. Una fuerza malévola me atornilla al cómodo sillón de cuero y las lágrimas se esfuerzan por salir cuando, en realidad, yo me esfuerzo para que no salgan. ¡Estoy llorando a mares!!! (ya ni siquiera recuerdo el porqué). Todo el mundo nos está mirando y a mí me deja de importar, pero al caballero que tengo al frente le empieza a importar mucho.  No yo, si no mis lágrimas barrocas y el papelón que estamos protagonizando.

Me siento como una loca y ya no lo puedo revertir. Yo no lo puedo revertir, y pienso que él sí podría, pero no lo hace y eso me hace sentir peor. Más lágrimas.

Entramos en un círculo vicioso que alguien debería romper. Y justamente lo hace él.

-Chau, Marisol. Llámame cuando estés tranquila.

Sin embargo, Marisol no está en capacidad de estar tranquila, ni ecuánime,  ni apacible, ni sosegada.

Igual que cualquier mujer que se siente incomprendida, absurda, abandonada por ella misma. Abandonada por su cordura, prudencia, buen juicio.

Igual que cualquier mujer que sólo necesita un abrazo, ser escuchada, comprendida, rescatada de ella misma.

Sin embargo, entiendo que Marisol no sea entendida.

Entiendo que los hombres no siempre entiendan a las mujeres.

Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo…

 Parece que las palabras de Napoleón calan hondo en más de un varón, y sí, es comprensible que a las mujeres nos dé cólera, rabia, ganas de estrangularlos.

Sin embargo, hoy, más que desear que ellos se pongan en nuestros zapatos, decido ponerme en los zapatos de ellos.

Por ejemplo, en los zapatos de Jaime cuando dejaba tirada en el piso a una Marisol que se retorcía de rabia tornando  toda su dulzura en lamento. Una cantaleta que ya Jaime no escuchaba porque le sonaba a lo de siempre.

En esos momentos Jaime, como lo haría cualquier hombre, se convertía en un espectador sin compasión mientras su amada se desfiguraba.

Jaime se enamoró de una mujer fuerte y ahora ella se mostraba vulnerable. Él ya no la quería así. Ya nunca más sería su princesa guerrera de mirada desafiante. La había vencido, cuando él necesitaba ser vencido por ella.

Sí, muchas veces los hombres, por más machos que sean, necesitan a una mujer fuerte al lado.

Sí, de apariencia delicada, suave, acariciable, pero de espíritu y voluntad férrea.

Una leona para el Rey león.

¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿ O es el amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte?

Igual que nosotras, Erich Fromm se plantea estas interrogantes en El Arte de Amar. El amor es un arte, una ciencia. Mezcla de inspiración, conocimiento y mucha dedicación. Dedicación para conocer al otro, pero- sobre todo- dedicación para conocernos a nosotras mismas.

¿El conocimiento de nosotras mismas nos asegura control de nuestros sentimientos y comportamiento?

Yo creo que sí. Nos asegura ser más predecibles y no boicotearnos con reacciones cargadas de arrebato y descontrol. Como un monstruo verde, que se nos activa cual increíble Hulk y arrasa con todo. Esa falta de control  no sólo nos aleja de nosotras mismas, sino del amor y cualquier forma de relación sana.

Si nos perdemos a nosotras mismas es más que seguro que perdamos la brújula de todo lo que queremos alcanzar.

También sé que, en vez de una camisa de fuerza, un abrazo comprensivo puede inmovilizar nuestros impulsos y volvernos más cuerdas.

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Un NO como regalo para nuestros hijos…

El peor daño que se le hace a una persona es darle todo. Quien quiera anular a otro solo tiene que evitarle el esfuerzo, impedirle que trabaje, que proponga, que se enfrente a los problemas (o posibilidades) de cada día, que tenga que resolver dificultades.

Regálele todo: la comida, la diversión y todo lo que pida. Así le evita usar todas las potencialidades que tiene, sacar recursos que desconocía y desplegar su creatividad. Quien vive de lo regalado se anula como persona, se vuelve perezosa, anquilosada y como un estanque de agua que por inactividad pudre el contenido.

Aquellos sistemas que por “amor” o demagogia sistemáticamente le regalan todo a la gente, la vuelven la más pobre entre las pobres. Es una de las caras de la miseria humana: carecer de iniciativa, desaprovechar los talentos, potencialidades y capacidades con que están dotados casi todos los seres humanos.

Quien ha recibido todo regalado se transforma en un indigente, porque asume la posición de la víctima que sólo se queja. Cree que los demás tienen obligación de ponerle todo en las manos, y considera una desgracia desarrollarse en un trabajo digno.

Es muy difícil que quien ha recibido todo regalado, algún día quiera convertirse en alguien útil para sí mismo. Le parece que todos a su alrededor son responsables de hacerle vivir bien, y cuando esa “ayuda” no llega, culpa a los demás de su “desgracia” (no por anularlo como persona, sino por no volverle a dar). Solo los sistemas más despóticos impiden que los seres humanos desarrollen toda su potencialidad para vivir. Creen estar haciendo bonito, pero en definitiva están empleando un arma para anular a las personas. (No quiere decir que la caridad de una ayuda temporal no sea necesaria en momentos especiales).

Ayer encontré, en el muro de FaceBook de dos amigas, este artículo de la colombiana Ana Cristina Aristizábal Uribe. Lo expuesto en el artículo no es necesariamente algo nuevo, ni que no haya escuchado, leído y tratado – a veces sin éxito- de poner en práctica con mis hijas mayores. Sin embargo, me parece más que justo recordarlo y regalárselo a mi hija por su cumple. Claro que no va a ser el regalo que más le va gustar recibir, pero si, tal vez, uno de los que más le va a servir en la vida. No voy a ser muy exitosa al competir con su cámara nueva o su ipod touch, pero haré mi mejor intento por ser consistente en lo que les quiero regalar a mis hijos.

La primera vez que me quedé pensando en el tema, fue, hace unos años, cuando recibí una cadena por mail que hablaba de lo mismo : Educar a los hijos con un poco de hambre y frío. 

Parece incoherente que siquiera consideremos someter a nuestros hijos a algo que no sea abrigo, amor y todo lo material que les podamos proporcionar. Todo lo material que tal vez ni siquiera soñamos con tener cuando teníamos su edad.

Y quizás ahí está la clave del asunto. Mucho de lo que les compramos a nuestros hijos nos lo estamos regalando a nosotros mismos. No sólo por el placer que ello nos proporciona, si no porque sentimos que con nuestro poder adquisitivo de adultos podemos regalar a nuestros hijos la infancia soñada (me refiero estrictamente en términos materiales) que no necesariamente tuvimos.

Todo muy  bien con eso, pero también mucho cuidado en como dosificamos ese amor traducido en regalos. Regalos muchas veces demasiado costosos, innecesarios o no tan merecidos.

Es importante que desde niños aprendan a ganarse las cosas y a ganarnos a nosotros. Que no den las cosas por sentadas o take them for granted. 

Muchas veces nuestros hijos piensan que es nuestra obligación darles absolutamente todo lo que se les pasa por la cabeza, todo lo que ven en la tele o lo que le tienen  sus amigos.

Mami soy la única que no tiene blackberry de todas mis amigas.

Cuántas veces cedemos a ese chantaje?

Muchas veces por cansancio, por flojera de decir veinte veces que no, por presión social o simplemente porque nos es mucho más fácil decir sí y así evitarnos la frustración y cara larga de nuestros hijos.

Como escuché a Pilar Sordo en una entrevista que le hicieron, hemos pasado de la generación que le tenía miedo a los padres, a una que le tiene miedo a los hijos.

Sin embargo, mucho más que a su cara de poto o llanto inmediato, nos debería dar pánico hacer de nuestros hijos, hombres o mujeres inútiles, déspotas o con incapacidad de recibir un NO como respuesta.

Escribir, crear una vida …

Cita

Escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante…

Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para calmar nuestra sed…

Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

(Mario Vargas Llosa)

En el mismo orden de ideas, de compartir mi necesidad de tener un blog, rescato parte del discurso de Mario Vargas Llosa cuando recibió el premio novel de literatura. Nunca mejor descrita la necesidad que tenemos muchos de escribir y hacer escuchar nuestra voz interior.