Una papa más al caldo

Hoy no voy a hablar de hombres, uno de mis temas favoritos, sino de algo que no me gusta en absoluto, pero que me preocupa bastante más : Cuántas calorías tiene lo que comemos, un rollito de más, un kilo de menos, entrar en X talla, la dieta que me paso fulanita, mi cita con el nutricionista… ese chip, instaurado en el cerebro de tantas, que parece ser el pan (irónicamente) nuestro de cada día.

Vernos bien a cualquier precio. La búsqueda de la perfección. La asociación de lo bueno y lo perfecto a los kilos de nuestro cuerpo. De cómo nos vemos, y no de cómo nos sentimos; de cómo nos ven los otros, mucho más de cómo nos vemos nosotros. Pero sobre todo, cómo nos ven las otras… sí, es bastante cierto que muchas mujeres se visten, producen y dejan de comer para ser aprobadas por otras mujeres -en una búsqueda despiadada de aceptación o de competencia entre nosotras mismas.

Estoy segura que los hombres no miran ese rollito odioso que tanto nos molesta. No se dan cuenta que el jean nos queda un poco más apretado después de un fin de semana de atracón.

De lo que sí estoy segura, es que advierten cuando una mujer no se siente cómoda en su propio cuerpo, cuando una mujer deja de disfrutar de  una cena por pensar en el rollito del bikini o cuando una mujer está fastidiada e irritable porque no ha comido bien en la última semana.

Mi adolescencia transcurrió a finales de los 80 y principios de los 90. La verdad que estaban de moda muchas cosas y existían complicaciones y preocupaciones no tan distintas a las de ahora: pasarse de tragos, llegar después del horario permitido, frustración por un chico que nos gustaba, peleas subidas de tono con la mamá, etc.

Sin embargo, entre la lista de ‘alarma’ que tenían que tener nuestros padres con nosotros, no estaba el tema de chequear un posible desorden alimenticio.

Recuerdo como mi desayuno habitual un jugo de frutas, variedad de panes, queso edam, jamonada y una taza de quaker (avena).

Ofrecerle eso a algunas adolescentes, hoy en día, resulta impensable.

De almuerzo, papa a la huancaína, tallarines verdes y budin de plátano.

Para el lonche, pan recién compradito al panadero, mermelada, leche con cocoa y kiwicha.

Y para cenar, casi siempre, lo que habíamos almorzado.

Eso era lo acostumbrado en mi casa, la de mis abuelos y en la de casi cualquier amiga.

Nada de yogures light, pan pita, leche descremada y frutita como único plato de cena.

Me preocupa, y no puedo estar tranquila, cuando  escucho que nuestras hijas son expertas en calorías.

Mami, una taza de arroz tiene 170 calorías.

Preocupadísimas porque amo el arroz.

No hablo de no cuidarnos, no estar en forma y  de no beneficiarnos con los productos saludables que hoy encontramos a nuestra disposición.

Pasa más por un tema de prioridades.

No creo que sea aconsejable que muchas niñas (si, algunas no llegan ni a los doce años) tengan un nutricionista de cabecera, una dieta baja en calorías y un cuidado extremo en la ingesta de carbohidratos y dulces. Niñas que evidentemente no presentan ningún problema de sobrepeso.

Hablo de algo mucho más alarmante y muy cercano a nuestro entorno : la anorexia y la bulimia.

Si, estoy segura que todos conocemos a alguna familia que está padeciendo el flagelo de esa enfermedad. Una enfermedad que se lleva a cuestas de por vida y que afecta, no sólo a la víctima del desorden alimenticio, sino a toda la familia.

¿Qué tanto estamos haciendo para alejar a nuestras hijas de tremenda amenaza?

Necesitamos tomar conciencia y, de la mano con nuestras hijas, renovar nuestros valores. Definir que una chica puede ser atractiva con parámetros menos exigentes. Lograr que la mayoría de chicas, y no sólo una pequeñísima parte, pueda sentirse bien con su físico.

El esfuerzo empieza por casa, no sólo dando el ejemplo con una refrigeradora saludable, un menú nutritivo y el alejamiento al culto de lo light. También tenemos que ser concientes de  no excedernos en los niveles de exigencia y competitividad que, a veces, les imponemos a nuestras hijas. Hay estudios que confirman que una mayoría de chicas anoréxicas se han criado en ambientes de sumo control, disciplina y severidad.

El esfuerzo empieza por casa, pero va más allá.

La vez pasada me di una vuelta por la tienda de ropa juvenil Kidsmadehere, y comprobé- con satisfacción- que han cambiado sus tallas por tallas mucho más reales. Antes un Medium correspondía a un Small pequeño.

Tallas más reales en una sociedad bombardeada por cuerpos imposibles – con la ayuda del photoshop- es un granito de arena que puede contribuir al autoestima de adolescentes que se están empezando a formar.

 Empezando a formar y terminando de desarrollar. Ayudémoslas en su desarrollo no sólo para que sean lindas, preparadas e inteligentes, si no sanas y fuertes. De vez en cuando, una papa más al caldo – como decían nuestras abuelas- no les viene mal.

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4 pensamientos en “Una papa más al caldo

  1. Me parece bastante bueno tus comentarios,pués la verdad que en nuestra época se comía mejor y habían menos enfermedades, hoy la chicas y muchas veces adultos queremos ver lo que no podemos ser, yo me casé con 50 kilos y mi últma hija la tuve a los 29 años seguí con los 50 kilos por año y comia de todo, mucho pan, arroz y cervezas, ni un kilo de más, hoy tengo 68 años y peso 60 lucho con la balanza y mis deshordenes alimenticios que no son peores que los de antes, hay que darle calidad a nuestras vidas y ser felices.

  2. Amiga, tienes toda la razon! Pero con la edad uno se vuelve paranoica con el peso jeje…pero hay q tratar de no hacer comentarios delante de los peques…
    Beso

    • siiiii! no sabes como me cuesta bajar ahora unos kilillos cuando antes era un alfiler… pero lo que es increíble es que para los adolescentes ahora es el gran tema de sus vidas. Debemos priorizar la salud antes que el peso y darles el ejemplo…

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