Princesas de cristal

Las princesas de cristal viven en castillos imaginarios y sueñan con una hada madrina que les cambie la vida con su varita mágica.

La mayoría de jóvenes en edad adolescente tienen en común sueños, ilusiones, desilusiones, primeros amores, conflictos con los padres, sentimientos encontrados, inseguridades, miedos y toda una vida por delante.

Estar paradas frente al comienzo de su propia vida las llena de responsabilidad e incertidumbre.

No todas las chicas logran enfrentar el agobio de la adolescencia con la seguridad necesaria y ese tambalear las puede arrastrar a distintas arenas movedizas.

Peligrosas arenas movedizas como son los desordenes alimenticios.

Según un artículo de El Comercio, sólo en Lima, 800 mil adolescentes en edad escolar sufren de trastornos alimenticios.

Ana y Mía son los sobre nombres que las chicas han adoptado para referirse a estas enfermedades que han cambiado (para mal) sus vidas.

Estas adolescentes no necesariamente pertenecen al mismo colegio, no viven en el mismo barrio ni frecuentan a los mismos amigos.

¿Qué tienen en común estas chicas?

Una enorme inseguridad y angustia frente a la vida. Estas chicas, que no necesariamente provienen del mismo lugar, se solidarizan y frecuentan entre ellas a través de blogs, foros y redes sociales donde comparten dietas, tips de horror para no ganar peso y compiten para conseguir la cifra más baja en la balanza.

Llegar a pesar lo más cerca a 30 kilos es un triunfo.

Usar un tampax embebido en alcohol para emborracharse y no consumir las calorías del alcohol son algunos de los tips que sus mentes idean.

En esta especie de hermandad o secta se comparten fotos de cuerpos esqueléticos y récords de inanición.

Ingerir la menor cantidad de calorías posibles parece convertirse en el único objetivo en la vida de estas chicas.

Decidí profundizar en este tema, que ya toque de forma más superficial  en Una papa más al caldo porque tengo dos hijas adolescentes y ellas cantidad de amigas enfrentando esta difícil edad en una sociedad cada vez más exigente y perfeccionista.

Mis hijas me han contado algunos episodios preocupantes de amigas que, por ejemplo, comieron una pizza de más y decidieron vomitar como para deshacerse del problema. Desembarcarse de la culpa.

Les preocupa engordar, se sienten culpables si comen algo de más.

Empiezan a obsesionarse con la comida y sus calorías de forma tan alarmante que se les convierte en monotema y les impide hasta conciliar el sueño.

Eso es sólo el principio y algunos de los tantos síntomas que rodean a la enfermedad.

Para tocar este tema, con mayor precisión, le pedí ayuda a una amiga querida que tiene a su hija hace 3 años en tratamiento en el centro ABINT*.

El caso de su hija me tocó especialmente porque parecía increíble que eso le pasara a una chica con una madre tan dedicada e involucrada en su educación.

Pensé, si le ha pasado a ella, le puede pasar a cualquiera.

Le puede pasar a cualquiera.

 Melissa tenía 13 años, terminaba segundo de secundaria. Era una chica muy estudiosa y responsable. Alumna modelo para sus profesores. Sin embargo, noté un cambio en su carácter. Peleaba con su hermana, dejó de salir con sus amigas y estaba alterada e irritable.

Sólo quería estar encerrada en su cuarto y metida en su computadora.

La gota que rebalsó el vaso fue cuando propuse un viaje familiar y se opuso rotundamente. No hubo forma de convencerla.

Se refugiaba en sus libros, no quería compartir la hora de los alimentos con la familia. No quería hablar, ni departir con nadie. La notaba poco feliz y muy aislada.

 PRIMER SINTOMA :

QUERER ESTAR SOLA.

Aislarse del mundo y sobre todo de la familia para que nadie note su interacción con los alimentos.

PATOLOGIAS :

Medir calorías,  suprimir alimentos con la excusa que la comida les cae mal, obsesión por beber agua en todo momento y así poder llenarse, chicle y caramelos de menta para evitar tener hambre.

Pesarse y medirse todos los días.

Utilizar laxantes.

Exceso de ejercicios físicos. Por ejemplo, ir al gimnasio a las 6 am antes de ir al colegio.

Dejar de salir con las amigas para poder completar la interminable serie de abdominales.

 Un día que me metí al baño mientras se duchaba, me di cuenta de que había bajado considerablemente de peso.

No lo había notado antes porque siempre estaba en buzo y polos anchos.

Ahí decidí llevarla al centro, a penas la doctora la vio le dijo que tenía anorexia. Melissa se hechó a llorar porque lo sabía, pero no aceptaba su enfermedad.

Desde ese día, hace 3 años, no ha dejado el tratamiento.

Todavía no le dan de alta aunque aparentemente está bien.

Cambiarles el chip es un trabajo arduo, de mucha paciencia y persistencia que involucra al enfermo, los padres y hermanos.

TRATAMIENTO :

4 años de duración como mínimo

Horario de 9 am a 8 pm (el primer año)  en un centro especial para desordenes alimenticios.

Asambleas con psicoterapeutas combinadas con disciplinas artísticas y deportivas. Sesiones con nutricionistas, médicos clínicos y psiquiatras. Muchas charlas y tratamiento grupal para compartir experiencias y sufrimientos.

 Melissa perdió un año de colegio por lo estricto del tratamiento.

Tuvimos que elegir entre sus estudios o su recuperación física, sicológica y emocional.

Hasta el día de hoy ella no puede ir al baño sola. Siempre debe ir acompañada para bañarse o hacer sus necesidades.

Siempre debe ser vigilada al consumir sus alimentos y recibe una pequeña dosis de somnífero para poder dormir tranquila.

Todo eso es porque ellas pierden el control sobre su propia voluntad y muchas veces no sólo se deshacen de los alimentos (votándolos o vomitándolos) si no que se auto infligen daño físico.

Al centro han llegado chicas con cortes y heridas. Sé de padres que tienen que amarrar a sus hijas porque se descontrolan y se tiran contra las paredes.

La dificultad para dormir es consecuencia de la obsesión que desarrollan por la comida y los pensamientos que las atormentan y no las dejan descansar.

Hay chicas que cuentan que sueñan con alimentos persiguiéndolas como si fueran monstruos gigantes.

Escuchan voces que les dicen que no deben comer.

Melissa lloraba frente a un plato de comida. Un pedazo de carne le parecía una pesadilla que no podía afrontar.

Si la leche no era light le daba nauseas. Leía todo acerca de las calorías o lo que contenía un alimento.

Ojo que siempre pueden usar la excusa de la onda naturista, saludable, vegetariana o light.

La dieta que leyeron aquí o lo que les dijo una amiga.

En esta enfermedad todo se convierte, literalmente, en una guerra contra la comida.

Se vuelven expertas en mentir y engañar.

Nosotras, las mamás, siempre les queremos creer por eso es de importancia vital que las trate un especialista.

Melissa hoy es otra persona. Ha recuperado la sonrisa, las ganas de vivir y ya hace planes para su futuro preparando su ingreso a la universidad.

Come normal y disfruta de los alimentos.

Como madre me siento mucho más unida a ella y comprendo lo importante que es la comunicación y la calidad de tiempo con nuestros hijos.

Al principio me daba vergüenza asumir lo que nos había pasado. Nunca mencionaba la enfermedad. Hoy hablo de ella y quiero compartir nuestra experiencia porque estoy muy agradecida del cambio radical que veo en mi hija.

Quiero dar un consejo simple, pero fundamental : pongan mucha atención a la hora de compartir la mesa, la hora de los alimentos debe ser sagrada. Hagan de las comidas un momento placentero. Disfrutar de la comida es la base para que nuestros hijos aprendan a tener una relación saludable con los alimentos.

Conversar, compartir, hacer sobre mesas agradables debe ser un momento precioso y que debemos cultivar en nuestra familia.

 El comentario a una chica, que no tiene la autoestima suficientemente alta, sobre un rollito de más puede ser letal.

La competencia por la lonchera más light puede ser el comienzo de un juego fatal.

Que una de las chicas del grupo siempre desaparezca cuando parten y reparten la torta, no debería ser pasado por alto por la amigas y menos por la familia.

Vivimos en una sociedad donde el aspecto físico juega un papel demasiado importante.

Nuestras hijas aman a Kristen Stewart y su etérea figura, compiten por usar el short más corto y se matan por poner las fotos más atractivas en FB.

No podemos nadar contra corriente y pretender que vivan fuera de esa realidad, pero nuestro rol como educadores debe ser de alerta máxima frente a la falta de valores que encuentran en la calle

Constante comunicación, constante soporte y constante refuerzo de valores puede transformar a una princesa de cristal en una de carne y hueso.

*ABINT : Centro médico de alta especialización en desordenes alimenticios            Av.Morro Solar 190 Chacarilla – Surco – Lima – Perú  Tlf: (511) 372 – 5959 – (511) 372 – 6334 – Fax: (511) 372 – 8734

Felizmente todavía existen los caballeros

Sigo creyendo en el cuento del príncipe azul y el caballo blanco. Me aferro a esa idea romántica porque tengo dos hijas y es lo que sueño para ellas.

No se asusten y sigan leyendo. Traduzcamos cuento a historia, príncipe a buen chico y caballo blanco a caballerosidad y buenos modales aunque el transporte sea una combi o un carrito sencillo.

Mi post de hoy trata sobre algo simple : los buenos modales y qué estamos haciendo los padres para inculcarlos, imbuirlos o inspirarlos en nuestros hijos.

Algunos chicos de hoy con las justas saludan, utilizan monosílabos, a veces ininteligibles, para responder y le prestan mucho más atención al blackberry que al almuerzo familiar o la pregunta de papá sobre la fiesta de la noche anterior.

Regla número uno : cuando estás en la mesa de comedor dejas tu celular en el cuarto… el ruídito desquicia, distrae y no ayuda a la digestión, ni a la dinámica familiar.

Regla número dos (y más importante que la uno) : cuando papá hace una pregunta se le responde y no de mala gana, si no mirándolo a los ojos entablando un diálogo, una conversación y una conexión durante el almuerzo familiar.

Parece elemental y básico, pero no siempre sucede de esa forma y muchas veces estamos sacándole información, a nuestros hijos, con cucharita o compitiendo por su atención con un blackberry o su laptop.

En este caso, y sobre todo en este caso, no se debería aplicar mal de muchos consuelo de tontos… porque seríamos bastante tontos de conformarnos con una relación mediocre con nuestros hijos o de tener hijos mediocres sólo porque vemos generalizada la mala comunicación con los adolescentes.

 Los chicos de ahora son como los padres les permitamos que sean. Y no me refiero sólo en términos de comunicación, si no en todo el amplio concepto de educación que sembremos en ellos.

La otra vez un niño gracioso tomó prestado el celular de mi hija y mandó un mensaje bastante obsceno a todos sus contactos. Después de hacer todas la averiguaciones, incluyendo amenazar a Isabella con no dejarla salir hasta que me diera el nombre del chico, tomé la decisión de llamar a la mamá para contarle lo ocurrido.

Lo hice por dos motivos : yo agradecería que si uno de mis hijos tiene un mal comportamiento alguien me lo comunicara y me alertara del hecho y, además, no era la primera vez que sucedía un incidente con el compañerito.

Después de hablar varias veces con el chofer y una asistente que no estaban autorizados a dar su celular, conseguí hablar con ella.

Le expliqué, de forma bastante amigable, lo que había sucedido, recalcándole que entendía que se trataba de una broma de chicos, algo sin mayor trascendencia si se conversaba con ellos para que no volviera a suceder.

Digamos que hay una línea bien delgada entre una broma inocente y una de mal gusto. Entre una payasada y una grosería.

Enseñar los límites es una de las tareas en las que más constancia tenemos que poner los padres.

La mamá me dijo que estaba en shock, que necesitaba asimilar la noticia  y que me llamaría en 15 minutos… Nunca me llamó.

Es evidente que ese niño seguirá siendo el graciosito del grupo y su mamá hará caso omiso en el delgado límite  entre hacer una gracia o ser malcriado.

Hace dos días recibí la llamada de la mamá de un amigo de Isabella.

La señora, encantadora, me contó que su hijo había invitado a Isa a su fiesta de pre pre.

Además de mi evidente emoción como madre de las primeras fiestas de Isabella, me pareció de mucha educación y detalle que la mami del niño se tomará el trabajo de llamarme y explicarme todo lo referente a la fiesta.

Es muy probable que el chico haya sentido roche de pedirle a Isabella mi número de celular.

Ay mami, que roche como la vas a llamar…

¿Cuántas veces dejamos que ellos, apenas adolescentes, tomen decisiones sobre temas donde carecen de experiencia o conocimiento?

Somos nosotros los educadores de ellos, los que damos el ejemplo y tenemos el criterio para ver que está bien y que está mal

Mami, no te pases… mami, que roche.

Mami, no hay forma…

Mami, no la hago…

Las normas las ponemos nosotros. Sorry.

Se nota a leguas cuando los padres están presentes en la educación. Haciendo llamadas, a veces un poco incómodas, pero necesarias. Respondiendo a la inquietud de los otros padres, dando la cara cuando nuestros hijos se equivocan. Y, por el contrario, como se nota cuando los padres simplemente no están o, lo que es peor, apañan a sus hijos y tratan de tapar el sol con un dedo.

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