Amo hacer siesta

Me parece de lejos el sueñito más rico y reparador.

Como de contrabando y un tantito prohibido… las horas productivas que le robo al día.

Ese placer que sigue siendo culposo y me llena de energía y buen humor. Me aclara las ideas y me hace amar un día nublado.

Unas vacaciones, para mí, no son completas si no las corono con siestas deliciosas. De hecho han dado pie a discusiones eternas con Edu que prefiere sacarle el jugo al día, al destino y al viajecito.

Nada más rico que convencerlo de tirarnos panza arriba después de un almuerzo con vinito incluido. A veces lo logro y estoy segura que lo disfruta tanto como yo.

Pero, claro, cuando se trata del ocio a casi todos nos remuerde un poquito la conciencia.

Ojo, tampoco se trata de abusar de la siesta y usarla todos los días. Lo rico, justamente, recala en su exclusividad de días festivos, momentos con exceso de stress, días tristones, lluviosos o desvelo de la noche anterior.

Esa pausa, excepcional, durante un día cualquiera para remolonear en la cama y despertar medio turbada con la babita chorreada… no tiene precio.

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Cuando la vida me duele

Quien no encaja en el mundo, está cerca de encontrarse a sí mismo – Herman Hesse

Hay gente a la que la vida sólo las roza y parece nunca tocarlas. Como si viajarán más ligeras, con menos peso y menos cargas emocionales.

A mi la vida no sólo me toca, si no que me empuja, apachurra y, a veces, me avasalla. Para bien y para mal.

No me tomo las cosas tan a la ligera como quisiera o debería. Sí me importa el que dirán, los rumores disimulados, las especulaciones mal intencionadas. Lo que dijeron o dejaron de decir. No me vale tres pepinos que me miren de pies a cabeza, que me saluden con una sonrisa forzada, me excluyan o me traten con indiferencia. Si me importa. Si me duele.

Cuando terminé de escribir RE- Sentir, sentir por partida doble pensé que había bajado varios kilos. Que había logrado sacudirme, un poco, el polvo de la hipersensibilidad. Sonreí aliviada como si esa catarsis me hubiese liberado definitivamente.

Pues no, claro que no.

Me sigue afectando la vida y sus habitantes.

A mi la vida, a veces, me duele como una herida que no termina de cicatrizar.

Mis escritos actúan como un bálsamo sobre mis fantasmas y abatimientos.

Las cosas tan buenas que me pasan a diario son una prueba más de que debo relajarme, disfrutar el viaje y olvidarme de resentir nimiedades. Detalles que andan sueltos, cosas que no me gustan, y aunque me esfuerce no conseguiré solucionar nunca.

En ese camino ando y apunto como propósito número UNO, en mi lista 2013, el vivir más ligera y fluir con la corriente.

Adaptarme o morir.

Sí, creo que la clave para pasar más piola y camuflarse en esta selva es la adaptación. Seguiré trabajando en eso.