El Zorro y las Uvas

sabesHe aprendido a entender que cuando a un hombre  le gustas, y no te puede tener, te mira de soslayo y con algo de recelo. Y cuando a un hombre le gustas mucho, mucho, y no te puede tener, te mira con fingida indiferencia y hasta te deja de mirar.

Esa indiferencia está, a veces, tan bien fingida que escapa de nuestro entendimiento. Nosotras, las mujeres, no podemos entender como el hombre en cuestión no nos da ni bola.

Y me refiero exactamente al hombre en cuestión porque no estoy hablando de cualquier macho que simplemente no nos mira porque no estamos dentro de su radar de interés. Me estoy refiriendo al chico, hombre, macho o varón que, sabemos, se muere por nosotras y su compartamiento se torna un tanto agresivo/esquivo en vez de amoroso/cercano.

Para nosotras, las mujeres, sentirnos atraídas por alguien resulta en forma automática en un comportamiento cordial, cariñoso, atento, próximo, meloso y hasta disforzado.

Queremos estar – a como de lugar-  cerca al objeto de nuestro deseo.

Y, ¿qué sucede si a la persona que nos gusta no la podemos tener?

Ahí, una vez más, entra a tallar la diferencia de los sexos.

La forma tan distinta de comportarnos frente a un mismo problema.

En casi todos los casos, seamos hombres o mujeres, más sabios o menos sabios, el no poder tener algo sólo hace que el deseo incremente.

Sin embargo, ante esa imposibilidad, los hombres – en mi experiencia- reaccionan a la defensiva o bloqueando el asunto.

Rechazo al objeto que no se puede tener.

Como la fábula de la zorra y las uvas. La zorra, en este caso,  es el zorro que no puede alcanzar las uvas del árbol porque están muy altas y, entonces, decide que están verdes. Por supuesto, sabe que no están verdes, sino a punto… se muere de ganas de comérselas, pero prefiere modificar su realidad y echarle la culpa a la uvas y a las circunstancias de éstas.

Las uvas, no están suficientemente ricas, las uvas no valen la pena, las uvas me pueden caer mal.

Entonces, no soy yo quien no puede alcanzar las uvas; en realidad, no quiero esas uvas. No vale la pena el esfuerzo o el empeño para alcanzar esas uvas.

Dejemos la fábula, bastante ilustrativa, de lado.

Pasemos a una realidad cotidiana– esa que me vino a la memoria, y que tengo archivada desde la época del colegio.  Una que es bastante común y se repite a lo largo de nuestras distintas etapas de la vida.

El racimo de uvas es, por ejemplo, María. Y, Juan, el zorro. Juan se muere por María, pero ella sale con un chico mayor y jamás ha visto a Juan como algo más que un compañerito de colegio.

Juan la tiene todos los días cerca, a dos carpetas de distancia, y es cada vez más consciente de la indiferencia de ella. Sin embargo, como también suele suceder, la tensión de Juan se empieza a sentir  en el aire y ella empieza a notarla, no sabe qué es, pero la huele y  voltea a mirarlo.

Juan la mira con ironía y con algo de desenfado y ella empieza a entender que, definitivamente, no le es indiferente a Juan. Eso, a María, le empieza a gustar. Ahora, cuando va a la clase, presta atención en como cruzar la pierna porque sabe que Juan, unos metros más allá, no deja de mirarla. El deseo de Juan (el zorro) hace que Maria (el racimo de uvas) se ponga cada día más linda porque saberse tan deseada le eleva el autoestima.

Por su parte,  esto  hace que para el zorro las uvas sean cada vez más apetecibles, pero también cada vez más lejanas.

Juan y María no pueden ser amigos. A veces María se acerca al zorro con la mejor intención de conversar, tan sólo conversar.

Juan no le dirige la palabra sólo siente cólera, cólera de tener esas uvas apetecibles tan cerca. Esas uvas que no puede comer.

María ahora es una mujer comprometida y el zorro es el mejor amigo de su novio. Un día María voltea y se encuentra con la mirada perturbada de Carlos. Esto despierta un gran deseo en María, quien empieza a sentir que sus uvas son más apetecibles que nunca y le encantaría que el zorro las probara. El zorro se siente confundido y fastidiado ante el repentino cambio de María. Las uvas siempre estuvieron bien arriba del árbol, inalcanzables, y no había de que preocuparse. Ahora que puede estirar la mano y agarrarlas ya no se le hacen tan apetecibles.

María no entiende  que el zorro no se esfuerce un poquito por alcanzar las uvas. Ella sabe que no están verdes ni tan arriba. El zorro se da media vuelta en busca de cualquier otro árbol.

María se queda plantada en medio de la noche y empieza, confundida, a entender la moraleja de esta historia.

Los zorros siempre van a buscar las uvas difíciles y apetecibles, pero nunca las imposibles ni las que le generen mucho problema.

Las uvas siempre se van a poner más jugosas y apetitosas al ser deseadas.

El hombre es racional y, hasta en el juego de la seducción, siempre mide sus riesgos.

La mujer es emocional y, a veces, en el juego de la seducción no mide sus riesgos.

Hombre + Mujer = misterio sin resolver. Sin embargo, vamos entendiendo que en esta paradoja, que llamamos relaciones, muchos patrones se vuelven a repetir y seguimos jugando, casi sin saber, al eterno tira y afloja.

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Que Dios te dé el doble de lo que me deseas

Empecemos por el principio.

Cuando recién nacemos queremos la atención de nuestra madre en forma total, exclusiva y absoluta.

Cuando vamos creciendo nuestros juguetes son nuestros y sólo nuestros.

Mío! Esto es mío!

Nos meten al nido no sólo para que nos enseñen los colores y a cantar, sino también para aprender a compartir y darnos cuenta que no somos los únicos en el universo.

Seguramente, que en nuestros primeros años de estudio, cuando empezamos a crecer y a formarnos no nos hacía mucha gracia que a nuestra amiguita le regalaran una muñeca mejor que la nuestra o que fulanito trajera dulces importados en la lonchera. Dulces mucho más ricos que los nuestros.

Tal vez un pucherito, ganas contenidas de llorar o algún reproche a nuestra madre habrá sobrevenido a nuestro deseo de tener lo que tenía nuestro compañerito.

Deseo de tener lo de nuestro compañerito y, sobre todo, sentimiento de desdicha por no poseer lo que tiene el otro y por lo bueno que le está pasando al otro.

No siempre deseamos que le pase lo mejor al otro.

No siempre somos generosos con nuestros sentimientos.

Algo de egoísmo innato existe en la entrañas hasta del más cristiano.

Sin embargo, vamos creciendo, formándonos y dejamos de ser niños… nuestro ego, naturalmente, va quedando rezagado, educado, controlado por los valores que recibimos en la casa, escuela y sociedad en general.

Nuestra generosidad y altruismo suele aumentar cuando maduramos.

Ojalá que Ivana se saque 20 en matemáticas porque se la paso estudiando todo el fin de semana.

Ojalá que a Hugo lo lleven este año a Disney, se muere de ganas y no conoce.

Que Renzo le caiga a Maria Grazia.

Que a Laura la inviten a la fiesta de prom.

Que Vasco ingrese a la universidad.

Que a Ximena le resulte la dieta que esta empezando.

Que a Gianna le propongan matrimonio.

Que a mi vecina le  quede linda su casa de playa, que el hijo de mi amiga se gradúe con honores en su maestría, que el negocio que están poniendo mis primos sea un éxito, que su nuevo novio sea tan bueno como parece, que se casen, que sean felices para siempre!

Parece lógico y elemental. Desearle el bien a los demás. A los que nos cruzamos por la calle, a nuestros amigos y parientes más cercanos.

Si nos ponemos la mano en el corazón sabemos que no siempre es así.

Nos visita un bichito un tanto mezquino. Se entremezclan pasiones que nos llevan, muchas veces, a desear NO que a uno mismo le vaya mejor, sino que al otro le vaya peor.

Escribo esto y me suena terrible. No me gusta y estoy segura que a nadie le va a gustar reconocer que a veces somos mezquinos con nuestros semejantes.

Muchas veces no deseamos –realmente– que Ivana se saque 20 en su examen de matemáticas (por más que sabemos que se mató estudiando).

Ni que Hugo conozca Disney.

Nos alegramos un poquito si Renzo no le cae a Maria Grazia.

No nos ponemos tan felices si a nuestra íntima amiga la invitan a una prom.

Sucede y luchamos para que NO sea así, pero sucede…

De todas maneras, el propósito de este post NO es demostrar que la esencia del ser humano tiene gotitas de envidia en su componente.

Mi objetivo, un tanto utópico, es imaginar la vida como un boomerang.

Esa idea nació camino a la oficina cuando la sabiduría popular se cruzó ante mis ojos.

QUE DIOS TE DE EL DOBLE DE LO QUE ME DESEAurlS, escrito en el trasero de una combi.

Obviamente no era la primera vez que leía esa frase, pero la miré con otros ojos.

Llegué a mi oficina y la publiqué en mi muro de FB.

El efecto causado fue lo que me gustó e inspiró este post.

Muchos amigos me empezaron a desear toda clase de cosas maravillosas.

La vida como un boomerang.

Te lanzo una bendición y esta me regresa como por efecto de magia.

Me imagino algo lindo para ti. Realmente lo deseo, y ese deseo dobla la esquina y se encuentra conmigo.

Se encuentra conmigo de la manera más inesperada. Me llega cuando menos lo imagino. Y si no me llega a mi, este efecto boomerang es tan perfecto que, le llega a mis hijos.

Un dardo cargado de amor me regresa como una mirada llena de dulzura. Unas palabras bonitas. Un reconocimiento de mi jefe o de mi ex.

El karma explica desde hace cientos de años lo que yo sueño aquí con ustedes.

Generalmente el karma se interpreta como una «ley» cósmica de retribución, o de causa y efecto. Se refiere al concepto de “acción” o “acto” entendido como aquello que causa el comienzo del ciclo de causa y efecto.

Si interiorizamos este principio y nos regimos de él estoy segura que vamos a desear, genuinamente, un 20 en el examen de todos.

Ordenar nuestro closet

Me refiero a la simple analogía de hacer orden en nuestro closet con la de hacer orden en nuestra vida.

Ordenar nuestros sentimientos, nuestras prioridades, nuestros deseos… nuestra vida en general.

Muchas veces, ¿no tenemos por ahí enmarañado algún sentimiento?

Algo guardadito en el fondo de nuestro corazón que no terminamos de sacar.

Algo tan simple como una llamada pendiente a un amigo del que nos distanciamos – por motivos tan irrelevantes, que ya ni nos acordamos cuál fue- y no la hacemos.

O, dicho de otra forma, tal vez tenemos ciertos rencorcillos almacenados que quitándoles el polvo y planchándolos un poquito terminan sacando a relucir una linda amistad del pasado.

Muchas veces, ¿no nos morimos de ganas de meternos a algún curso y sorprender a nuestra familia con esa nueva e inimaginable habilidad en nosotros?

Pero, simplemente no lo hacemos… lo postergamos indefinidamente.

No agendamos ni ponemos en orden nuestros deseos y aspiraciones.

No es que sea muy dada al orden, de hecho no. Más bien, confieso que soy muy desordenada y un tanto caótica.

Sin embargo, y para mi sorpresa, ayer sentí genuino placer cuando hice orden en mi closet y todo empezaba a calzar mejor.

Cosas que definitivamente no voy a usar más y estaban acumuladas y haciendo bulto.

Cosas que he redescubierto y me encantan y me las voy a empezar a poner.

Cosas que voy a mandar a la lavandería o a la costurera.

Redescubrí un vestido azul que en el desorden pasaba desapercibido – se camuflaba con los negros.

Poner en orden nuestras prioridades, nuestras ideas y nuestro tiempo hace que empecemos a ver cosas simples, pero fundamentales que por nuestro ritmo de vida las dejamos pasar o las archivamos tan al fondo que no las alcanzamos a sacar.

A veces con la excusa de que no nos alcanza el tiempo dejamos de hacer cosas que nos gustaría seguir haciendo o empezar a hacer.

¿No nos alcanza el tiempo o no nos organizamos lo suficiente como para encontrar el espacio?

¿Y si nos decidimos, de una vez, a inscribimos en ese curso de cocina?

No creo que sea imposible para ninguna agenda reservar, dos horas, un jueves al mes.

Lo primero es decidir hacerlo. Luego, organizarnos y hacer el espacio.

Igual que con nuestro closet, armario, placard o cómo lo llamemos.

No todo lo que hay en él nos sirve. Por más que lo hayamos comprado con ilusión o no los haya regalado una tía querida.

Lo mismo con nuestro tiempo.

¿Muchas horas en Facebook? Y ojo que soy defensora de ese mundo virtual pero, tal vez, estar pegadas horas nos quita tiempo valioso que podríamos dedicar a leer algún libro o jugar más con nuestros hijos.

También, y saben que adoro dormir, podría ser que si nos levantamos sólo media hora antes nos alcance el tiempo para hacer ese poquito de ejercicio que nos dará el impulso para una vida más saludable.

Cuestión de organizarnos. Cuestión de ordenarnos.

Sí, hace dos años que digo que, de todas maneras, me voy a poner tal jean . La verdad, no lo voy a hacer. Mejor se lo regalo a alguien que sí lo vaya a usar.

Hay cosas en nuestra vida que ya no nos aportan ningún valor. Desde sentirnos desmotivados con nuestro trabajo hasta estar atrapados en una relación que no funciona más.

La solución no necesariamente es renunciar, a la chamba o la relación.

Tal vez alcance con mirar lo que no funciona e idear una estrategia para que funcione mejor.

Una charla con nuestro jefe, una terapia de pareja, un curso que nos haga sentir más estimulados.

 En fin… cuantas veces decimos NO TENGO QUE PONERME y tenemos el closet repleto.

Igual con nuestra vida y día a día.

Llena de posibilidades, repleto de oportunidades.

Creo que hay un componente bastante catártico en poner orden en nuestro closet.

Sacar las cosas, mover las cosas.

Botar lo viejo.

Dejar un espacio para todo lo nuevo que queremos en él

Dejar un espacio para todo lo nuevo que queremos en nuestra vida.

Cambiar, mover, reinventar y reinventarnos.

Sacudir el polvo.

Así, quizás, podamos estrenar una nueva rutina que nos haga más felices.