Cursi

Nunca he negado serlo. Lo afirmo y re afirmo.

En mi mesa de noche tengo como compañía infaltable la poesía de Neruda y Becquer. Uso frases rimbombantes para hablar que causan risa y espanto solapado de mis hijas.

Mi playlist favorito se llama cortavenas, como ya les conté en otra publicación, y las canciones para mi tienen que entonar letras de amor y despecho, sino ni siquiera las considero.

Confieso que no siempre exhibo mi lado cursi con orgullo y que -más de una vez- he tratado de tapar el rosa con un poco de color oscuro para solapar a la niña ilusa y un tanto melosa que merodea por ahí.

–       Oye flaca, ¿qué tal tú solmanía?

Esbozo una sonrisa orgullosa y me propongo contestar.

Pero mi amigo del cole continúa con la actitud chispeante que lo caracteriza.

–       He leído un par, pero ya el último con tu historia de amor de Máncora no lo terminé… te me pones muy cursi.

Muy cursi.

Sí, ahorita termino de echar mano a wordreference, donde siempre busco ayuda para sinónimos y definiciones, y me quedo un poco paralizada cuando la palabra ridículo ataca la pantalla de mi ordenador.

A ver… empecemos de nuevo.

Este post nació en Arequipa mientras cenábamos en Chicha y entre bromas, cervezas y charla amena consideré tomar las palabras de mi amigo un poco en serio.

OK, digamos que mi público objetivo – primario- no son los hombres con lo cual el matiz con el que hablo no necesariamente les va a gustar a ellos.

De todas maneras, todas las opiniones son válidas y quiero seguir explorando para saber que puedo hacer para mejorar mi blog y captar la mayor cantidad de público.

Quítale un poco de azúcar. Añádele un poco de pimienta.

No hables tanto de tales temas. Mejor enfoca las cosas desde otro punto de vista.

No, la cosa no va por ahí.

Me quedo pensando.

Pedimos otro trago, brindamos los cuatro y surge la grandiosa idea de irnos a ver a Nene Malo que está de gira en AQP.

Nos entusiasmamos con la aventura y me olvido de solmanía, mis posts y mis ganas de gustarle a todos.

Gustarle a todos. Ahí está la clave.

Nos divertimos al son de la veintiúnica canción del dueto argentino en esa experiencia casi surrealista. Nos reímos un rato más y nos vamos dejando a Nene Malo atrás.

Al día siguiente sonrío de alegría al despertar en esta tierra que me trae recuerdos de infancia. La tierra de mi abuelo. La tierra del misti y de cielo limpio.

No puedo evitarlo, ya me puse cursi y zalamera, pero así me siento y me encanta.

Me levanto animada para empezar a recorrer la ciudad blanca. Visitamos el convento de Santa Catalina, almorzamos en la trattoria del monasterio toda la variedad de camarones que se nos ocurre, paseamos por la plaza de armas y algunos anticuarios y, la verdad, todo me suena a poesía en este sábado de abril.

Regresemos a mi blog, a mis ganas de gustarle a todos y a la cursilería que- con toda razón- me achaca mi amigo.

Me encanta que gente de lo más diversa lea mis posts , pero tengo que ser realista y saber que no le voy a gustar a todo el mundo.

Es verdad que a veces le quito un poco de azúcar a las cosas y también que a veces dejo de echarle una pimienta que sé les va a picar a algunos.

Trato de llegar a un punto intermedio para ser respetuosa y tolerante con lo que expongo, pero sin la presión de gustarle a todos o a la mayoría.

En ese recorrido ando con mi esencia como bandera para darle un sabor único a cada publicación.

¿Mucho rosa, algo de excentricidad, idealismo puro, verso, floro, peculiaridad, un tanto rara?

Sí, la verdad que todo eso y un poquito más.

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Renuncio

Hoy no me quiero levantar.

Son esos días que me quedaría atrapada en mi edredón de plumas que no guardo ni aunque caliente el sol.

Me tengo que levantar, no al compás de una alarma de celular, sino por la fuerza de mi conciencia que me martilla para que me ponga, de una buena vez, de pie.

La vida es como andar en bicicleta. Para guardar su equilibrio usted debe moverse.

Recibo por mail esas perlas de sabiduría que me envía mi suegro.

Me caen como anillo al dedo. Un anillo que hoy me aprieta y no quiero tener puesto porque me recuerda todas las obligaciones que debo cumplir.

Un lunes no es un día para quedarse en la cama con ganas de no hacer nada.

Debo levantarme para enfrentar el día

Debo levantarme y empezar a pedalear y no dejar de hacerlo para no caerme. Si me caigo yo se cae mi casa, se caen mis hijos, se cae mi esposo…

OK. Me levanto y calzo el outfit apropiado para empezar a avanzar. Sin ganas, sin ritmo.

Primero me cuesta salir de mi cuarto y enfrentar- de buen talante-  la primera pendiente: Se va la niñera, lo postergado hoy me da el encuentro y me mira a los ojos. Tengo ganas de bajar la mirada, pero correspondo con una sonrisa a medias.

Liquido el tema y sin bajarme de la bicicleta voy a lo que sigue : mi reencuentro con el tennis.

Hace semanas me comprometí conmigo misma (y con mi esposo) a darle un poquito al deporte.

Y ahí estamos, mi raqueta y yo enfrentándonos a varios limones que me lanza mi profe.

Tienes que mirar a la pelota… mírala a los ojos. No la pierdas de vista.

Mirar la pelota a los ojos cuando sólo tengo ganas de apretar los ojos fuerte y hundir mi cabeza en la almohada de mi cama.

– Hoy estás cansadita, no?

Nací cansada, querido profe.

Continúo. Regreso a mi casa, reviso mis mails, reviso mi agenda.

Casi me alegro de tener una reunión de trabajo fuera de casa. León -mibebeprecioso quenuncallora- está quejoso, mimoso… sin duda, el cambio de nana.

-Ya se le va a pasar -me dice mi madre amorosa. Vas a ver, va a ser para mejor…

Sí, para mejor hubiese sido quedarme protegida entre las paredes de mi cuarto, sólo por hoy.

Me voy volando a la reunión más desastrosa que recuerdo haber tenido en mis años de agencia. Lo único que me alegra es que sea vía tele conferencia y que el cliente, varios kilómetros al sur, no confronte nuestras miradas llenas de frustración.

Me subo a mi carro pensando seriamente que en mi cama todo hubiese sido más suave y más blanco.

Tráfico mortal. Semáforos en rojo que marcan los segundos para pasar a marcha. Los números se me desdibujan. Estoy cansada y literalmente ya no veo bien. Tengo anteojos recetados que normalmente descansan en la guantera de mi carro.

Repaso mi imagen en el retrovisor y este me recomienda a gritos un botox y un retoque de iluminación.

Llego con las justas para bañar a León que me espera un poco impaciente. Luego del baño sigue la ceremonia del dormir. Rutina que, normalmente, disfrutamos juntos poniéndole broche de oro al día. León esta desvelado. La nueva niñera me informa que durmió casi tres horas de siesta. León no tiene sueño, quiere seguir jugando. Lo deposito en su cuna, le enchufo el chupón y cierro la puerta con la vaga esperanza que se duerma.

Hoy- definitivamente- me encuentro varios pasos más lejos de la mujer perfecta que pretendemos ser.

Máncora, una historia de amor

Langosta. Pulseras. Masajes. Manuel que teje trenzas en el pelo. Piezas de decoración en base a restos marinos. Libros. Paseos a caballo. Jetski. Variedad de pareos e indumentaria de la india y, hasta la lectura del tarot.

Máncora, te conozco hace casi 17 años y nunca dejas de sorprenderme y, espero que nunca dejes de hacerlo.

El refugio de Hemingway, donde se perdía para escribir, descansar y respirar mar.

El point obligado de surfistas, aventureros y amantes de la vida marina.

La escapada romántica, la luna de miel, los días tranquilos de noches en penumbra.

La primera vez que fui a Máncora fue con mi novio a un hotel con cabañitas rusticas a pocos pasos del mar. Paseábamos de la mano- mientras nos terminábamos de conocer- por una playa casi desierta que nos regalaba el murmullo del mar, el vuelo de gaviotas sin destino y muchas conchitas en la arena que yo recogía y enjuagaba en piscinas de formación natural. Esas famosas pocitas hechas de roca, arena y el vaivén del mar.

Remojábamos los pies, nos tomábamos fotos y no terminábamos de planear el futuro.

Estábamos viviendo el momento y habíamos escogido a Máncora de testigo.

Casi todos los días almorzábamos en el hotel- la pesca del día- con el dueño del hotel. Inclusive un día nos invitó a salir con él en su yate y yo tuve la suerte de pescar un mero de considerable tamaño que se convirtió en un delicioso ceviche y pescado a la menieur.

Las idas al pueblo eran escasas, sólo para hacer un par de llamadas a Lima y alguna que otra vez para comer un cebichito en una pequeña fonda. No había más que hacer en el pueblo, que era una tripita polvorienta que se extendía vertical como continuación de la Panamericana Norte.

Después de dos viajes a Máncora, muchas charlas y una apuesta a ciegas, mi novio se convirtió en mi esposo y nuestras visitas a Máncora un ritual que nos gusta repetir.

Nos gusta escaparnos solos, con nuestras hijas, con amigos y ahora con familia re estrenada que incluye a León y su descubrimiento y fascinación por el mar.

Cuando viajamos en familia nuestras visitas al pueblo son casi destino seguro después de una siesta que mis hijos interrumpen ansiosos.

No nos resistimos a los deliciosos postres de La Bajadita. Nos empachamos sin culpa con el Brownie con fudge y su infaltable helado de vainilla. Otra tarde nos animamos a probar el Pye de uvas borgoñas y quedamos deleitados.

Parte de la aventura es el viaje obligado en mototaxi.  Esa carrera por camino de tierra y baches no deja de ser parte del encanto que hemos experimentado tantas veces. Primero, cómplices, enamorados de la mano, luego, felices, arreconchumados en familia, después con cautela por un nuevo embarazo y, ahora, observando la cara alucinada de León por poder andar en moto de verdad.

En algunos de nuestros viajes hemos alquilado casa y decidido escaparnos de la rutina del trabajo y desde nuestro refugio con palmeras y vista al mar estar conectadísimos con wifi. Los mails entran y salen y, así, disfrutamos de los placeres de Máncora sin tanta culpa.

En las mañana podemos comprar langosta a algún pescador que la acaba de sacar del mar. La trae vivita y coleando y mi esposo se encarga de regatear precio con él. Al poco rato viene el chico, al que le compramos pareos el día anterior, y nos trae una concha de nácar -hábilmente pulida y trabajada- convertida en un sujetador de pareos. Su hermana vende cantidad de collares y pulseras, los que más llaman nuestra atención son los de shakiras, de colores tierra, azules y verde esmeralda.

Manuel me teje una trenza en el pelo, combinando mi cabello con hilo de cera al mejor estilo macramé. Mi hija se anima por una igual pero de colores más brillantes.

En la tarde viene Mayra, la señora que hace masajes y además ofrece, por el mismo precio, sesión de reflexología. Pruebo sus maravillosos masajes y la manera como relaciona el cuerpo con la planta de los pies. Me diagnostica que sufro de estreñimiento y masajea mi colon en mi pie izquierdo.

Al final de la tarde no nos resistimos y regresamos a disfrutar de un postre en el pueblo y a pasear mirando artesanías.

Mis hijas deciden probar un poco de deporte de aventura y programan zip line para el día siguiente.

En el pueblo hay gran movimiento de gente. Mi marido y yo caminamos de la mano por la trocha de tierra que es el poblado de Máncora. Pasan los camiones y los buses interprovinciales que parecen rozarnos a su paso.

Resulta increíble que uno de los puntos más turísticos y prometedores del Perú se haya quedado estancado en su proyecto urbanístico y desarrollo vial. La Panamericana Norte sigue pasando por en medio del pueblo.

Regresamos a la casa para coronar esa visita con una cena inolvidable. Teo nos espera con un desenfreno de langosta que disfrutamos con yucas y plátano frito. Brindamos con champagne frío y aplaudimos a Teo que nos ha engreído toda esa semana con inolvidables ceviches de ostras, tiraditos de pejerrey, pescados a la plancha y su norteñisimo seco de cabrito.

En, ésta, nuestra última visita a Máncora no hemos alquilado casa, sino que nos hemos instalado en el encantador hospedaje de unos queridos amigos argentinos.

Aquí, hoy, varios viajes después del inicio de esta historia, empiezo a  reencontrarme con esas cositas que me hablan del principio, de esos días que remojábamos los pies con incertidumbre y que sin planearlo empezamos a planear nuestra vida juntos. Cerca al mar, de la mano y con Máncora como testigo de esta historia de amor.

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