La mejor religión es la que nos acerca más a Dios

Llegué a Buenos Aires un día soleado de febrero hace más de 16 años. La ciudad me pareció hermosa, grande y generosa.

Buenos Aires me recibió con los brazos abiertos en un día lleno de sol, con árboles coposos y las avenidas más anchas que haya visto jamás.

BIENVENIDA MARISOL

Mi suegro me esperaba en la casa de San Isidro con un hermoso cartel que me daba la bienvenida.

San Isidro es un barrio residencial en Buenos Aires, que se podría parecer a La Planicie de Lima porque queda alejado del centro de la ciudad y está lleno de casas grandes.

Así me sentí en esa casa grande; bienvenida.

A José yo no lo conocía y me invitó a sentarnos en el comedor de diario que era bañado por el resplandor de ese viernes de verano.

Estaba ansioso por conocer a quien sería su nuera en sólo pocos meses.

Lo primero que me preguntó es porqué había decidido tener una hija siendo tan joven.

Su pregunta no me incomodó ni un poquito aunque fue frontal y sin preámbulo alguno.

Ahora entiendo que las preguntas formuladas desde el corazón, la comprensión y  la ternura sólo te permiten recibirlas de la misma forma : con el corazón.

En sus preguntas no había juicio, sólo ganas de conocerme de verdad.

Veníamos de mundos distintos y él creó un puente para que pudiéramos transitarlo y acercarnos para siempre.

Me habló de su religión y de las similitudes que existen entre la religión judía y la católica.

Me explicó de forma muy simple que ambas religiones tienen más similitudes que diferencias.

Yo lo escuchaba admirada sin terminar de percatarme de mi ignorancia en el tema y los prejuicios con los que somos educados.

El antiguo testamento de los cristianos es el mismo que el de la religión judía;  escrito y dictado por Dios y entregado a Moisés en el Monte Sinaí.

 Nosotros  lo llamamos Biblia, ellos lo llaman Torá.

El Nuevo Testamento nos separa y diferencia.

Nosotros creemos que nuestro profeta ya llegó y ellos siguen esperando al suyo.

Nuestras raíces son las mismas, prosiguió José con dulzura.

La mejor forma de honrar a Dios es cumplir con los 10 mandamientos, en ellos está la explicación de lo que Él, como padre, espera de nosotros.

Nada más, así de simple.

Sin embargo, nosotros complicamos las cosas… en vez de celebrar nuestras diferencias y abrazar nuestras similitudes – que son muchas- nos miramos los unos a los otros como bichos raros, como harina de otro costal.

Escuchamos de superioridad de razas, de antisemitismo, de matrimonios mixtos, de trasmitir la religión a través del vientre materno.

De diferencias irreconciliables.

Nos discriminamos e inventamos prejuicios basados en un profundo desconocimiento de nuestra propia historia.

José nunca ha pretendido darnos cátedra de historia y mucho menos de religión, pero en profundas y sencillas conversaciones familiares nos trasmite una tolerancia y amplitud de criterio que es difícil de imaginar en un hombre que sufrió la intolerancia y barbarie de una guerra.

Una de las guerras más atroces que haya vivido la humanidad moderna : La persecución y genocidio de más de 6 millones de judíos.

Una guerra donde asesinaron a su padre, separaron a su familia y, donde siendo José  apenas un adolescente, tuvo que convivir con el odio de soldados que torturaban a sus prisioneros casi como un pasatiempo.

Sin embargo, pareciera que esas huellas imborrables sólo imprimieron en José una comprensión y visión del mundo que muchos de nosotros seguimos sin encontrar.

No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda – Ana Frank.

La mejor forma de brindar homenaje a la gente que ha sufrido cualquier tipo de discriminación es respetarnos en nuestras diferencias y convivir en un amplio marco de tolerancia.

Más que defender y proclamar nuestra religión dándonos golpes en el pecho, demostremos que Dios habita en nuestro corazón con nuestras acciones y amor al prójimo.

No hay mejores religiones. La mejor religión es la que nos acerca más a Dios.

Cuando la Guerrera Baja la Guardia

Hoy día voy a hablar despacio, como susurrando. Voy a reír pausado y sonreír como respuesta. Hoy voy a asentir un poco más.

No voy a interrumpir cuando alguien me explique algo y yo, con mi ímpetu, tenga ganas de agregar algo. Levantaré a penas las cejas, ladearé la cabeza y escucharé lo que me dicen.

Tienes que elegir tus batallas…

Me para un tombo y de inmediato me pego a mi derecha. Bajo el vidrio, saludo al oficial y le regalo mi mejor sonrisa.

El señor de verde parece dudar y luego de emitir algo parecido a una tocecilla responde a mis buenos días con cortesía.

–       Aquí tiene mis papeles oficial-  incluyo el soat, el permiso de lunas negras y otra enorme sonrisa.

El policía revisa todo sin mucha convicción ni atención. Me devuelve todos mis documentos, yo le pregunto si necesita algo más en el mismo momento que este me despacha con un : siga no más.

Me miro por el retrovisor con complicidad y algo de satisfacción.

Sí, tomemos en cuenta que cuando te para un policía, cosa no tan improbable en la ciudad de Lima, uno no anda con saludos ni sonrisas.

Le pones al tombo tu peor cara y en un tono un poco engreído, le espetas : no entiendo porque me esta parando, no ve que hay miles de combis y taxis que se zurran en todas las reglas…

Empezamos con la pata en alto.

Nuestra mejor defensa es el ataque.

Sin embargo, hoy comprendo que nadie me está atacando, lo más seguro es que el policía está cumpliendo con su deber y paró mi camioneta en un acto totalmente aleatorio y no como un ataque a mi persona.

Elegí este título porque realmente a veces me siento una guerrera, soy peleona y peleadora por naturaleza. Mi hija mayor me considera una guerrera de cabellos dorados, claro, así suena bonito y termino sintiéndome una especie de heroína de alguna historia épica. Una luchadora nata.

Termino creyéndomela y así ando librando luchas invisibles donde no existen campos de batalla.

Tengo que bajar la guardia. Relajarme un poco. No sólo inhalar y exhalar como un ejercicio de meditación y yoga, sino como un estado de vida.

Vivir en paz porque no estamos en guerra.

La mayoría de gente está atrapada en su armadura. Ponemos barreras para protegernos de  quienes creemos que somos. Luego un día quedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir.*

El extracto de esta lectura -que aquí comparto con ustedes- cayó en mis manos y no puedo sino sentirme identificada.

A veces terminamos cargando una armadura muy pesada. Una armadura que nosotros mismos nos hemos puesto e impuesto.

Mecanismo de defensa o estrategias sicológicas que usamos para enfrentar una realidad a la que no podemos hacer frente sin una careta.

Un refugio o trinchera donde nos escondemos para que no nos hagan daño.

Así, nos la pasamos a veces toda nuestra vida y nos olvidamos de andar ligeros y con un poco más de confianza en la gente.

Terminamos enseñándole al mundo un rostro que no es el nuestro y luego olvidamos y perdemos nuestra verdadera cara para siempre. Nuestra identidad,  quienes realmente somos.

Por eso, al menos por hoy, decido caminar por la calle, contemplar el mar que me regala mi ciudad, respirar más profundo, saludar a los desconocidos y sonreír con el corazón abierto.

* El Caballero de la Armadura Oxidada (Robert Fisher)

Puntos suspensivos

Un gran error es poner puntos suspensivos donde deberíamos poner punto final.

Estoy hablando de un tema x- no importa cual- y no lo puedo cortar. Doy vueltas sobre lo mismo, no encuentro la manera de poner punto final.

Lo mismo con un pensamiento que me fastidia, me carcome o simplemente no me hace bien.

Ayer con una relación insana, hace unos días con una conversación telefónica que no me llevaba a ningún buen puerto. Me sucede también con situaciones laborales que ya tienen fecha de expiración vencida. Aplica a discusiones con mis hijas, mi madre, marido y hasta con el señor de la aduana. Doy vueltas sobre lo mismo y parezco incapaz de cortar sin terminar enredada.

La dificultad de pasar la página, cerrar el capítulo y guardar el libro bien al fondo del librero. Guardar el libro o encontrar una línea en él que resuma en pocas palabras la solución práctica para esa situación que nos tiene atrapados.

Repetir una situación  y postergar un final parecen ser temas distintos, pero que muchas veces escriben el capítulo de una misma historia.

¿Por qué nos cuesta tanto terminar con algo que nos hace ruido, que no nos gusta, nos fastidia y que sabemos -desde hace rato- que no nos hace bien?

¿Por qué repetimos patrones de comportamiento ante situaciones totalmente distintas?

Repetirnos, repetirnos, repetirnos y repetirnos versus re inventarnos, cambiar, sorprender y sorprendernos.

Muchas veces nos proponemos actuar de cierta manera y nos estrellamos actuando de una forma tantas veces repetida. Como si actuáramos en piloto automático.

Sentimos que nosotros mismos nos hemos puesto una zancadilla para caer en una trampa que ya caímos antes.

Como el ejemplo de una conversación que no es productiva y no tenemos la inteligencia emocional para cerrar el pico, inhalar dos veces y quedarnos en silencio.

Tener la última palabra no es lo que nos hará tener la razón.

Busqué ayuda en Google porque lo que expongo es un tema recurrente en mi vida.

Quería entender más sobre la compulsión a la repetición, los comportamientos en los que reincidimos desde niños, esos en los que recaemos como pacientes mal curados.

Compulsión a la Repetición o Neurosis de Destino : se caracteriza por volvernos el autor de experiencias que nos victimizan. El sujeto aparece como la víctima de la situación que lo somete, aunque sea el mismo quién haya estructurado la situación en forma inconsciente.

Ejemplo, amantes que repiten siempre el mismo patrón de conquista y separación.

Automatismo o repetición: nos da una idea de algo que sigue un curso automático, predeterminado, con regularidades fijas en el destino de un sujeto, e incluso nos habla de un  “modelo” o pauta de conducta que se vuelve a aplicar ante cada nueva situación.

¿Cómo podemos desenmarañarnos de algo que nos enreda?

 El mayor signo de locura es repetir lo mismo y esperar resultados distintos. (Albert Einstein)

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra…

Dos veces, tres veces y muchas veces más.

Un círculo vicioso que podemos romper si dejamos de movernos dentro de lo aprendido.

A veces, en la vida, es importante desaprender. Romper con las rutinas, vicios y lo que nos resulta conocido.

Abandonar nuestra zona de confort, el lugar donde nos sentimos cómodos, para empezar a explorar lo desconocido.

Atrevernos a cambiar a partir de detectar lo que nos molesta de nosotros mismos y sabemos nos estanca y paraliza.

Todo lo contrario a : yo soy así!

Empezar a hacer cosas distintas para realmente obtener resultados distintos. Actitudes y acciones que nos lleven a esa zona mágica donde tendremos la posibilidad de encontrarnos con un ser mucho más rico.

Creo que si dejamos de vivir tan en automático y nos arriesgamos un poco lo que podemos ganar nos va a sorprender y hacer crecer.

De esa forma cuando regresemos a esa conversación que no acertábamos a terminar la miraremos con una perspectiva distinta y seguro que nuestro punto final será contundente y nos sorprenderá a nosotros y a nuestro interlocutor.