Lima, mi querida Lima

Hoy día decido ser una abanderada de la ciudad de Lima. No creo que sea por llevar la contra, pero puede que el tema empiece por ahí.

Si cuento las veces que leo o escucho a los limeños – y a algunos extranjeros- quejarse de Lima y criticar a Lima, perdería la cuenta.

Lima siempre es criticada por su desorden, caos vehicular, falta de orden urbanístico, delincuencia y ahora en invierno por su perenne color gris.

No me excluyo de la lista, yo misma he “rajado” de Lima mil veces y sin piedad.

Sin embargo, hace unos días que empiezo a sentirme solidaria con Lima y el “cargamontón” que le hacemos.

Me pregunto, ¿cuántos ciudadanos del mundo pueden sentarse frente al mar a escribir apaciblemente en una mañana de invierno?

Así, un día cualquiera con sólo una casaca o un abrigo de plumas para los más friolentos.

Hoy 14 de agosto (y ojo que agosto es el mes más frío) hago el ejercicio y me siento en la banca de un parque cerca a mi casa. Así, afuera, con el viento templado que roza mi cara. Estoy en jean (con huecos), zapatillas, un polo de manga larga, casaca de cuero y una chalina : en pleno invierno.

Probemos salir así de “ligeros” en un invierno de Buenos Aires o Santiago, por no hablar de Nueva York o Londres. Imposible, nos congelaríamos.

Lima tiene uno de los inviernos más benevolentes de América Latina, además de ser la única capital latinoamericana con mar y playa. Me atrevería a decir que pocas capitales en el mundo tienen este privilegio.

Es cierto que tal vez no hemos sido muy consientes de este “regalo” y hemos vivido de espaldas al mar, sin embargo en las últimas décadas estamos empezando a mirar el mar.

Yo empiezo no sólo a mirarlo, sino a escucharlo. Hacerlo mío y agradecer su murmullo y majestuosidad.

Pensemos en su cielo nublado como una característica inherente a la ciudad, en su estado gris como un rasgo de su personalidad.

Lima la horrible. Qué fea está Lima. Su cielo gris, color panza de burro. No me provoca salir de la casa (con este clima en Lima). Me provoca quedarme en la cama (por culpa del invierno limeño). Este clima no ayuda.

Creo que somos exagerados y un poco injustos con esta ciudad que mira, desde arriba, al Oceáno Pacífico.

En las caminatas contemplativas que hago en mi proceso de formación para coach he aprendido a valorar Lima. Apreciarla, quererla. Encontrarle su encanto.

Aceptarla tal y como es.

Veo el colorido poco uniforme de la ciudad. Los buses chillones, la gente que sonríe con timidez. Las carretillas rebosando de frutas al medio día, la mezcla de olores, los perros sin dueño.

Una fachada verde, otra amarilla, la que sigue roja, rosada : nadie se puso de acuerdo.

Sigo escribiendo en un parque con el airecito que se empieza a colar por los huecos de mi jean. Respiro. Amo los acantilados que me regala Barranco. El gris del cielo es blancuzco e igual hiere si lo miras de frente como si un sol caleta nos aguaitara de lejos.

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