El heroísmo de vivir con dignidad

Me siento muy orgullosa de compartir en mi blog el ensayo que Alessa, mi hija de 19 años, hace sobre su abuelo. Ese abuelo que la vida le regaló cuando ella tenía 3 años y que convirtió en su cómplice y eterno confidente. Él le abrió su corazón una mañana soleada y caminaron por siempre en una relación mágica y especial. Sólo a Alessa él le confió todos los recuerdos de sus días en los campos de concentración.

 

            Hay un término en el estudio de las ciencias que se denomina como ‘la supervivencia del más apto’: sólo aquellos físicamente preparados son capaces de sobrellevar los inevitables cambios de la naturaleza. La competencia entre animales es diaria, sobrevive aquel puma que corre más rápido, aquella jirafa con el cuello más largo o aquel sapo que atrapa al insecto primero. El premio es la vida. Sobrevivir no es sólo un instinto animal, sino que también es humano; sobrevivir es nuestro deber primordial.

Sin embargo, creemos ser dueños de esta huidiza vida a la que tratamos de domar con la rutina. No la apreciamos, sino que la dejamos derramarse como agua por entre los dedos abiertos. Pocos son los que se aferran a la vida con garras y entrega para que no se escape o resbale lentamente, como agua mal contenida. Algunos se limitan a simplemente vivir, pasar por esta efímera vida como un habitante más quien cumple con seguir el monótono ritmo de los días. Existen otros quienes inventan magia dentro de la rutina, se aventuran a observar y a medir el acelerado paso de la vida,  para así poder alargar la brevedad de la existencia y deleitarse con los pequeños detalles que pocos perciben.

Por lo tanto, el héroe que elijo hoy no usa una capa roja ni el pelo engomado, sino que tiene la cualidad de percibir el ritmo escondido bajo la bulla del desastre, del tráfico y del paso acelerado, al compás de un reloj de mano, de la humanidad. Éste es un hombre quien, por el destino y las vueltas que da la vida, es mi abuelo.

Se prende una luz sobre el analítico rostro de José, mi abuelo, quien, sin darse cuenta, brilla como una estrella que nunca se apagará. Él brilla incesante porque tiene el heroísmo de vivir con dignidad. Nunca ha salvado una vida ni ha volado por los cielos, pero nos ha enseñado a vivir con orgullo de quiénes somos y, sobretodo, con dignidad. José recorre los caminos de la vida con gracia y la cabeza en alto. Siempre lo ha hecho, lo hizo hasta el final, a pesar de las circunstancia que le tocaron vivir. Nunca agachó la cabeza ni se apagó su luz interior.

Contados judíos sobrevivieron las condiciones inhumanas de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, pero él se diferencia del resto por su actitud, sus ganas inquebrantables por vivir y su habilidad de ser digno en la desgracia. Admiro la manera en que contaba su historia; en su voz nunca se percibió odio ni temblor, no acusaba ni sembraba resentimiento. Mi héroe contaba su historia con humildad, paciencia y melancolía. Recordaba las memorias de su niñez, antes de la guerra, de manera casi artística. Sobre la guerra no cuenta datos exactos, sino que relata emociones, imágenes y recuerdos rotos. Me regaló con sus palabras la verdad en carne viva – frágil, desnuda, pero, a la vez, triunfante. Esta verdad y cómo la cuenta es lo que hizo el ser humano que queda inmortalizado en nuestro recuerdo: un hombre de hierro con un cálido e inmenso corazón.

José, el de las tantas anécdotas, el de los consejos y el de la interminable paciencia, es mi héroe. Es el hombre más sabio que he conocido, quien nutría su alma a diario y miraba con detenimiento lo que pasaba a su alrededor. José, el de la palabra justa y quien poseía las armas más preciadas en un ser humano: paciencia, humor, determinación, sabiduría y dignidad.

Pienso que a pesar de que su cuerpo cargaba con el peso de ocho décadas, su alma era joven y fuerte, convirtiéndolo en un ser inmortal e invencible que sigue vivo en nuestro recuerdo y en presencia.  No hay mal que lo haya hecho arrastrarse por la tierra ni fruncido su serena expresión. Sobrevivió la guerra, la rutina y luchó, hasta el final y con dignidad, contra la enfermedad más cruel de esta época, el cáncer.

Mi héroe caminaba descalzo por el mundo, pero cauteloso, midiendo sus pasos y deteniéndose a observar y analizar los detalles mágicos de la vida. En su recorrido nos señaló imágenes que irradian luz, vida y enseñanzas; él las encontraba en medio de las tinieblas de este injusto mundo en donde él seguirá siendo un pedazo de luz que brilla como una figura heroica: un punto blanco y brillante entre el montón de gris.

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3 pensamientos en “El heroísmo de vivir con dignidad

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