Simplemente tu amor

León cuentoMamá, mamá!

Yo solamente quiero tu amor, tener tu atención, tu tiempo. Mi mamita para mí.

Siéntate aquí, aquí. Mira conmigo estas fotos, arma estos rompecabezas. No mires nada más, ni siquiera ese aparato que nos gusta tanto y que ya vi, está ahí, en tu bolsillo.

El miércoles que subía por el zanjón a Aramburú le compré a León un cuento de Los Pitufos. Me encantó llevarle de regalo un cuento que, además, es  también  un rompecabezas. Me encanta llegar a la casa y ver su reacción cuando recibe los regalos que mamá le compra.

El sábado que fui a comprarle un regalo para un cumple que tenía, me encontré con un cuento electrónico, con páginas de plástico duro que al pasarlas y mover las figuritas, cantaba todo tipo de canciones. Mi emoción, al pensar en la cara de León, fue máxima.

A León le gusta que le cuente cuentos y sobre todo indicarme en que parte exacta de la alfombra debo sentarme para narrarle las historias.

Tiene cuentos de todos los tamaños y materiales, incluyendo el de Los Pitufos comprado a un ambulante, y este último que les describo que es de plástico duro y que cuenta y canta canciones a pilas.

Sin embargo, el cuento de su preferencia es el más chiquito, sencillo y antiguo de la colección. Ese cuento data de hace 19 años porque aun tiene inscrito el nombre de Alessa en la carátula.

El cuento es el clásico “El pastorcito mentiroso”, ese que grita lobo para llamar la atención de los demás.

Ese le gusta a León.

Yo miro de reojo el de Los Pitufos, el electrónico y los otros llenos de colores y figuras llamativas, pero él insiste con el cuento viejito.

Que curioso, León viene corriendo a mi cuarto y aparece con ese librito “sin gracia”.

Así son los niños, juegan con cualquier cosa. ¿Para qué nos matamos comprando de todo si ellos se entretienen con cualquier caja o una piedrita de por allí?.

Me puse a pensar y llegué a la conclusión que no es el cuento lo que le gusta y llama su atención, sino que de todos los cuentos, ése es el que le cuento mejor; al que le pongo más entusiasmo y euforia porque lo conozco bien y al ser más sencillo, me debo esforzar más.

Eso es lo que exactamente aprecia León: su madre en el suelo gritando lobo, repitiendo lo mismo o cambiando la historia una y otra vez. Inventando muecas y tonos de voz. Él me mira de reojo y mide con precisión mi concentración en “nuestro momento juntos”.

“Nuestro momento juntos” ese que él valora y atesora en lo más hondo de su pequeño corazón. Ese que reclama a gritos y no transa por nada en el mundo. No transa aunque todos digan a sus espaldas que tiene mamitis crónica. Mamitis aguditis.

Soy feliz que la tenga. Soy feliz de disfrutar mi luna de miel con León y lograr que con mi atención él tenga emoción.

Está comprobado científicamente que el contacto entre madre e hijo genera bienestar para ambos. Cuando lo acariciamos y abrazamos, trasmitimos energía positiva y esa energía nos libera de stress, angustia y ansiedad.

León viene corriendo con su cuento y yo escondo mi iphone. Si bien es cierto que los niños parecen nacer con una predisposición para lo tecnológico, también es cierto que nosotros creamos esa inclinación al ser adictos a nuestro smart phone. Ellos lo ven, lo sienten y lo imitan.

Hoy día elijo esconder el aparatito que él presiente en mi bolsillo, pero que ambos disimulamos ignorar mientras nos metemos de lleno al cuento escogido.