¿Qué me pide mi cuerpo hoy?

Lo que me pide mi cuerpo hoy no será lo mismo que me pidió ayer, ni lo que me pedirá mañana.

De seguro no serán la cantidad de mandarinas que me pedía cuando estaba embarazada de Alessa.

Si en este instante lo escucho me pide un rico té caliente, mi camita con mi laptop para seguir narrando y luego sueño reparador.

En las mañanas me reclama a gritos mi café y me hace puchero si no está lo suficientemente caliente. Después de una noche de juerga -esas que casi no abundan- me pediría algo con mucha grasa. Huevos revueltos, pan rico, un tamal de pollo y algo bien helado para tomar.

¿Cuánto escuchamos a nuestro cuerpo y sus ganas?

¿Cuánto desatendemos sus deseos y los damos por prescindibles?

Ayer chateaba con Alessa que se quejaba de un resfrío y ahí estaba yo con todos mis “consejos” de abuela. Felizmente Ale me cree y así empieza a funcionar lo que le receto. Desde que toma el té con fe o se mete una echinacea al cuerpo convencida que le hará bien, la cosa empieza a funcionar. Ella admite que no descansó todo lo que su cuerpo le sugirió y le está pidiendo a gritos. En esos momentos la ducha caliente y la almohada mullida son su mejor remedio.

En realidad, lo único que está haciendo Ale es combinar sabiduría, intuición y una buena dosis de fe para empezar a curarse.

¿Cuánto hacemos por nuestro cuerpo y cuánto hace nuestro cuerpo por nosotros?

Uff!!!! la brecha es enorme y nuestro cuerpo, esa máquina imparable, siempre nos llevará ventaja.

Podría no ser el mejor ejemplo de cuidado : no soy deportista, soy perezosa y bastante antojadiza e inconstante cuando de comer se trata.

A pesar de eso, mi cuerpo se porta bastante bien conmigo. Es noble, no se me queja y siempre responde.

Yo le empiezo a pagar con gratitud : le presto atención, lo escucho y lo intento complacer casi que en todo.

Procuro afinar mi escucha y sabiduría innata. Esa conexión que es un camino directo entre lo que siento me hace bien y mi cuerpo insiste en obtener.

Esa alarma que se enciende en forma de antojos, ganas o desgano.

Empiezo a respetar que mi ritmo natural es ir más despacio. Me funciona el deporte cuando es poquito y moderado. Me funciona el dormir cuando es completo y cuidado. Y, sobre la forma de comer y ordenarme, empiezo a aprender y mi cuerpo a hablar más fuerte.

Mi cuerpo me pide mucho menos azúcar y , en consecuencia, he reducido el consumo. Otra vez, mezcla de conocimiento (todos hemos leído alguna vez que el azúcar no es tan saludable para el organismo) y escucha : ya no me siento bien si me como dos pedazos de torta de chocolate.

Aprendo que un “smart break”, cuando tengo hambre fuera de horas, con una dosis de grasas saludable como nueces, pecanas y pasas me cae muy bien.

Acepto que si no me encanta el agua la puedo, no sustituir, pero si completar con tés e infusiones y así hidratarme y disfrutar.

El camino y el aprendizaje son vastos y por ahí ando.

Estoy más atenta que antes y, en ese “estar consciente”, actúo con coherencia.

Hago pausas, respiro concientemente y puedo “curar” la angustia que a veces me visita con mi respiración. Respiro, tomo aire y me empiezo a oxigenar y limpiar por dentro. Aprendo a votar con una exhalación ese pensamiento que ya no me sirve.

Inhalo amor y energía y le puedo poner un color a ese aire que entra a mis pulmones.

Una emoción y color a esa bocanada de aire que llevo a mi cuerpo.

¿Qué más me pidió mi cuerpo hoy?

Me pidió dormir cinco minutos más y tomar conciencia de él al despertarme. Hice una especie de scanneo por todo mi cuerpo, empezando por los dedos de mis pies hasta mi coronilla, y agradecí por lo saludable que me sentía. Hoy caminé un poco más de lo habitual y mi cuerpo disfrutó del aire en la cara. Hoy abracé con más ganas, escuché con el corazón y me permití llorar un poco.

Mi cuerpo sabe. Lo escucho, lo quiero y lo empiezo a entender.

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