Yo declaro

En mi agenda pequeña que llevo en mi cartera y que apunto aún con lápiz y lapicero escribo desde hace algunas semanas mis propósitos semanales.

Más que escribirlos, los declaro y así se empiezan a hacer realidad.

Parece simple y claro que lo es. Para mi, además, es poderoso.

Me ayuda a sintetizar en una palabra o en dos lo que quiero para mí en los próximos siete días.

Confieso que empecé un lunes que me sentía como descentrada. Así tal cual, como suena : sin centro, sin norte, con horizonte poco claro.

Apunté, agradecimiento. Así me quería sentir, a pesar de todo o de nada, quería que lo que me moviera y motivara en mi rutina diaria fuera la inmensa conexión con la gratitud.

Empezar mi día con total consciencia de todo lo hermoso que me sucede ya le da a mi día un sentido distinto. No soy disciplinada en meditación, ni soy experta en mantras, a penas una principiante y aprendiz que quiere tomar consciencia de lo que le sucede mientras le sucede. Unos cuantos minutos de desconexión a través de respiración consciente para empezar mi día más conectada, la linda melodía de un mantra y ya, así, empiezo a enfrentar un día nuevo que después se convierte en una semana y esa semana en el resto de mi mes.

No siempre lo logro, pero miro mi declaración encabezando el comienzo de mi semana en mi agenda y de ahí no se mueve. No se mueve y me mira a los ojos con sutileza e intención.

Esta semana escribí : más esperanza y menos expectativa.

Me hace mucho sentido y les explico porqué… Esa distinción entre esperanza y expectativa (ya la conté en otro post) me la regaló una sabia mujer : ambas palabras vienen de esperar, pero en la expectativa uno espera desde el debería ser “El mundo me debe siempre”, en la esperanza aparece la promesa “El mundo me da” y está presente la gratitud y el mirar todo lo que nos pasa como aprendizaje.

Como les comento, me hace mucho sentido en esos momentos que no me aguanto, que no sé lo que quiero y lo que no quiero. En momentos que vivo como esperando ni siquiera se bien qué.

Estoy segura que a todos nos pasa y esa inexactitud del sentir nos lleva a vivir ansiosos y preocupados de algo que tal vez ni existe!

“El mundo me da”, el mundo me da a manos llenas y siento que sólo debería sentir agradecimiento, pero no siempre es así.

Lo quería compartir con ustedes que sé que me leen y a través de la pantalla me escuchan. Compartir y confesar que muchas veces me siento ansiosa y frustrada sin saber porqué. Lo confieso y, acto seguido, declaro que me conectaré mucho más con la esperanza como tengo apuntado en la cabecera de mi semana 47.

image (2)

Matrimonio Imperfecto

No me gusta la perfección. De hecho prefiero y acojo un poco de caos. Lo perfecto, como bien dice el dicho, es enemigo de lo bueno- y yo agrego- de lo sano y lo humano.

Lo mismo aplica – según mi criterio- a un matrimonio o a la vida en pareja.

Empecé con esa reflexión el domingo pasado mientras veía “Perdida” (Gone Girl) en el cine.

Más allá de toda la exageración hollywoodense y sin que nuestra vida llegue a ser un thriller de taquilla , vi -como trasfondo del mensaje de la película- el reflejo de muchas parejas que se ponen para la foto y maquillan las “imperfecciones” para el mundo exterior.

Mostrar al mundo una imagen que dista mucho de la realidad cuando estamos a solas con nuestra pareja, es lo que me invita a la reflexión en este post.

Algo así como jugar a la casita feliz o al papá y a la mamá sin mucha cuota de realidad o de profundidad nos puede llenar de frustración y alejarnos de nuestra pareja.

Está bien esforzarnos por exportar “lo mejor” de nuestra relación. Vale.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando el guión se queda sólo en eso y nos olvidamos de vivir para adentro?

Silencios incómodos. Miradas que ya no se encuentran. Reclamos callados. Vivir rodeados y muy poco en pareja.

Mi matrimonio no es perfecto. Después de muchos años de convivencia siento que es normal a veces no querer estar, cuestionarse si hay algo más. Ilusiones que se estrellan con una realidad cotidiana.

¿Qué tenemos que hacer para seguir con ganas renovadas al pie del cañón?

La receta universal de seguro no la tengo yo, pero a mí me funciona hablar y escuchar.

Y ojo que no siempre me ha funcionado. Estoy aprendiendo a hacerlo. Vivo en ese aprendizaje, hablar desde el amor y con amor.

Primero escuchar mi voz interior.

¿Qué es lo que quiero y que ya no quiero más?

Luego, ponerlo en la relación. Ponérselo a mi pareja y caminar juntos en ese sentido.

En esa búsqueda que hacemos a diario.

Con metas claras y cortas. Día a día. Renovando ese contrato que no es eterno.

Mi matrimonio es imperfecto. Tiene altas y bajas y creo que esa es la esencia que nos hace felices y nos permite intentarlo una y otra vez.