Ya no puedo comer chirimoya con leche condensada en las noches mientras veo televisión.

Ya no soy adicta a las pastas, más que por convicción por aprendizaje de lo que los carbohidratos le pueden hacer a mi cuerpo sin piedad.

Intento ser disciplinada con un yogurt griego y alguna infusión deliciosa al menos dos veces por semana.

Mi poca constancia y perseverancia se manifiesta en casi todo y sobre todo en los aspectos que incluyen esfuerzo físico. Reincido en pagar un “paquete” y quedar con varias clases en el aire ya sea en el tennis, pilates, yoga, power plate y cuanta disciplina hayan inventado o vayan a inventar.

Mis objetivos que apunto cada año van mutando y algunos se repiten como estribillo que no logro terminar (ni empezar) a cumplir.

OK, estoy tomando consciencia y eso ya es el primer gran paso. Soy consciente de lo que quiero y de lo que ya no quiero más para mi vida.

Pienso dos veces antes de hacer esa llamada. Me doy cuenta que tal vez no es el mejor momento para realizarla. Me convenzo, casi siempre. A veces igual caigo en la tentación de meter la pata y estallar sin filtro como para dejar clarísimo mi punto. Me pasa muy parecido con los mails y bastante menos con los whatsapps.

Cada vez son menos mis episodios disparatados y un tanto arrolladores.

Me sorprendo a mi misma saludando con esmerado entusiasmo a quien a mi juicio no se portó tan bien conmigo en el pasado. Todo pasa y esa rencilla no tiene sentido y de seguro yo también me porté más que un poquito mal.

No me tomo todo tan personal. Sólo soy el centro de mi universo. No todo se trata de mi. Ya no me puede doler todo tanto como si mi cuero no se hubiese endurecido con 40 años de batalla. Estar en carne viva no sirve ni siquiera para amar. Mucho menos para amar.

Me considero afortunada y a esa estrella que brilla encima mío le sigo haciendo promesas que intento cumplir a diario. No siempre las cumplo y ya no me culpo tanto por eso. Me tengo paciencia y compasión, pero trato de subir mi vara de exigencia para ser cada día un poquito mejor que ayer.

Trato de dar consejos sólo cuando me los piden : gran lección. Muchas, muchas veces me muerdo la lengua y otras, en realidad, no me aguanto y espeto lo que nadie me preguntó.

En resumen, menos dulce y carbohidratos. Más filtro. Más constancia y disciplina. Un poquito más de cuero de chancho. Nada es personal. Todo pasa. Las cosas fluyen y yo con ellas.

Un consejo hasta de un conejo ya no aplica. Amar con los ojos abiertos y cerrarlos al rato. Pensar dos veces y tres si es necesario. Contar hasta tres. Cumplir mis promesas, sobre todo si esas promesas me las hago a mi.

(Lista para empezar mis 41)

La dolce far niente

Una amiga nos cuenta que le cuesta mucho no hacer nada.

No hacer nada nos puede hacer sentir mal, hacer sentirnos poco útiles y muchas veces generarnos enormes sentimientos de culpa.

Vivir a mil, hacer de todo, no parar ni un segundo parece ser la consigna y el ritmo que “debemos” seguir para sentir que somos valiosos y que “aprovechamos” nuestro tiempo.

Tener muchos planes, ir de un lado a otro y estar en todas nos da un aura de éxito que a veces más que llenarnos de satisfacción nos puede apabullar y en ese “apabullamiento” parece que logramos deslumbrar a los demás.

Estar tirados en una hamaca mientras procuramos pensar en casi nada puede sonar a vacación perfecta o a remordimiento seguro.

A mi me pasa.

No hacer nada. No pensar mucho. Fluir con pocos planes o ninguno me puede generar sentimientos ambivalentes. Se siente rico y a la vez me puede “dar cosita”.

¿Qué me pasa con eso?

¿Por qué me puede hacer sentir mal no hacer nada o hacer bien poquito?

Los orígenes pueden ser remotos, culturales y familiares. Frente a mi computador me doy cuenta que si decidí escribir sobre esto es porque el tema me hace “ruido” y me empiezo a cuestionar.

Me convenzo que es temporal, una decisión que yo solita he tomado para así no sentirme tan mal de no hacer nada. Estas vacaciones sin fecha de expiración determinada empiezan a generar algunas preguntas que no quiero contestar.

Total, estoy haciendo nada (y lo quiero seguir disfrutando).