La dolce far niente

Una amiga nos cuenta que le cuesta mucho no hacer nada.

No hacer nada nos puede hacer sentir mal, hacer sentirnos poco útiles y muchas veces generarnos enormes sentimientos de culpa.

Vivir a mil, hacer de todo, no parar ni un segundo parece ser la consigna y el ritmo que “debemos” seguir para sentir que somos valiosos y que “aprovechamos” nuestro tiempo.

Tener muchos planes, ir de un lado a otro y estar en todas nos da un aura de éxito que a veces más que llenarnos de satisfacción nos puede apabullar y en ese “apabullamiento” parece que logramos deslumbrar a los demás.

Estar tirados en una hamaca mientras procuramos pensar en casi nada puede sonar a vacación perfecta o a remordimiento seguro.

A mi me pasa.

No hacer nada. No pensar mucho. Fluir con pocos planes o ninguno me puede generar sentimientos ambivalentes. Se siente rico y a la vez me puede “dar cosita”.

¿Qué me pasa con eso?

¿Por qué me puede hacer sentir mal no hacer nada o hacer bien poquito?

Los orígenes pueden ser remotos, culturales y familiares. Frente a mi computador me doy cuenta que si decidí escribir sobre esto es porque el tema me hace “ruido” y me empiezo a cuestionar.

Me convenzo que es temporal, una decisión que yo solita he tomado para así no sentirme tan mal de no hacer nada. Estas vacaciones sin fecha de expiración determinada empiezan a generar algunas preguntas que no quiero contestar.

Total, estoy haciendo nada (y lo quiero seguir disfrutando).

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2 pensamientos en “La dolce far niente

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