Parte de mi infancia tiene sabor a mora

El jueves fui con Eduardo al Tragaluz que queda en el boulevard. El Boulevard que queda en el kilometro 97.5 de la Panamericana Sur. El Boulevard que queda en Asia –como el lejano continente- y estar ahí en realidad es como estar en otro continente.

En Tragaluz se come buenazo y nos encanta ir. Después de compartir la canilla de cordero y el magret de pato pasamos a un delicioso creme brulée de moras y frambuesas (así decía en la carta), pero el postre llegó sólo con frambuesas. Las frambuesas estaban bien acidonas y Eduardo las disfrutaba como suele hacer con esas que compra en cajitas trasparentes y se las come todas, solito. Yo no soy partidaria de ningún sabor muy ácido, así que me dediqué a disfrutar lo dulcito de la suave crema. Después, y de tanto que le gustaba a Edu, me animé a probar una cucharadita con bastante crema quemada y una pequeña frambuesa. Cerré los ojos y ahí noté el parentesco.

La frambuesa es prima bien cercana de la mora. La mora, esa prima ausente en el postre, que hace tiempo no probaba vino con todos sus aromas a mi memoria. La mora, esa fruta pequeña y jugosita, que antes recogía en baldes y las iba clasificando según tamaño y protuberancia.

Ese sabor agridulce y jugoso me devolvió por unos segundos a mi niñez en Camacho.

De niña, y en realidad hasta grande, siempre viví en Camacho en una casa grande y linda con mucho jardín verde. Tenía una vecina. En realidad tenía varias, pero para mi sólo contaba una. Vivía al frente de mi casa y repartíamos nuestros días, mañanas y tardes entre su casa y la mía.

En mi casa jugábamos a las barbies, preparábamos quequitos en el primer hornito micro ondas que había en el mundo o montábamos una peluquería con maquillaje de fantasía.

En su casa veíamos TV con telenovelas de contrabando, jugábamos cartas o nos la pasábamos en el jardín trepadas en su árbol de moras. También tenían uno de nísperos, pero nuestro preferido siempre fue el de moras.

No sé si la mora es un fruto de todo el año, lo que si recuerdo es que nosotras lo disfrutábamos sobre todo en verano. Pasábamos horas ahí sentadas contemplando el mundo sin zapatos ni prisa alguna. Pero no siempre fue así.

Mi vecina, bastante más aguerrida que yo, me enseñó a trepar el árbol. Yo al principio sólo la miraba para arriba y le sostenía el balde. El progreso siguió cuando trajimos una silla de la cocina. La silla blanca con asiento de paja era una ayuda excepcional que se me permitiría en mi debut de trepadora. Después de algunas semanas, pasó a ser sólo un recuerdo. La imagen que hoy tengo es de estar bien trepada en el árbol como si nunca me hubiese ocasionado dificultad alguna hacerlo.

Nos encantaba estar en el árbol. Era nuestro lugar. Estar trepadas arriba era comodísimo. Conversábamos de todo mientras nos comíamos las moras. Las preferidas eran las más grandes, recién arrancaditas. Eran pequeñísimos racimos de uvas con sus pequeñas partículas a punto de reventar. Dulcísimas a diferencia de las no tan maduras que eran mucho más escuálidas en forma y sabor.

Mi vecina me esperaba impaciente cuando yo cruzaba a visitarla. Como yo era mucho más floja para despertarme, ella de pie desde el alba, me vivía esperando.

A veces partíamos nuestras visitas en dos. La visitaba de mañana, regresaba a mi casa para almorzar y volvía con el último bocado para continuar nuestra jornada.

Dentro de su casa nos la pasábamos en el sótano que estaba acondicionado con sillones y TV. Mientras veíamos alguna tele llorona o el chavo del ocho jugábamos a las cartas acumulando puntaje hasta la eternidad.

Cuando decidíamos salir al mundo exterior nos esperaba su wagon rojo donde llevábamos toneladas de moras que nos sabían a gloria.

A las moras las clasificábamos en dos : las ricas y frondosas y las pálidas y flacuchas. A las ricas nos las comíamos sin parar y no cedíamos a la tentación de aplastarlas, sólo por el mero placer de hacerlo. Las apretujábamos en la palma de la mano y la sensación era deliciosa. Se deshacían suavecitas y su color morado intenso se desvanecía un poco. El resultado, muchas manchas en la ropa y menos moras para comer.

Con las moras intentamos hacer de todo. De los peores experimentos, el jugo de mora. Nos pareció increíble cuando se me ocurrió la idea : delicioso jugo de mora para disfrutar y vender. Ya habíamos incursionado con mucho éxito en el comercio. Salíamos con el cochecito de muñeca a la esquina de nuestra cuadra para vender limonada o refresco Royal de sobre. Era perfecto porque en ese entonces el barrio incipiente estaba lleno de construcciones y los obreros sedientos eran nuestros mejores y únicos clientes. El jugo de mora desplazaría a la común limonada y al artificial jugo de sobre.

Juntamos cantidad de moras sin discriminar talla ni color. Todas serían bienvenidas para mezclarse y conformar nuestro deliciosísimo jugo de mora.

A la mora no hay que pelarla, ni cortarla, ni mucho menos exprimirla. Era sólo cuestión de meterla a la licuadora con un poco de agua, azúcar al gusto, una licuadíta y ya!

Sin embargo, algo falló. Tal vez mucha agua. Pongamos más mora. Ahora muy dulce. Pongamos más mora. ¿Y? Bueno, la verdad no está tan rico.

Hay que colarlo. Ponerle hielito. Pero nada, el jugo deliciosísimo con el que soñamos, ni siquiera estaba rico. Era sólo una agüita moraducha, demasiado dulce y lleno de pepitas y otras cositas.

Bueno, un fracaso lo tiene cualquiera. Y aunque tratamos en vano de convencernos que no estaba tan feo, no tardamos en decidir al unísono que era mejor tirarlo por el desague del lavaplatos.

Y así fue, así se fue nuestro jugo de mora.

Claro que no todo fue fracaso con respecto a la mora y la cocina.

Días después vinimos con otra idea. Lo más difícil fue convencer a la empleada, excelente cocinera, de preparar un pie de moras. A ella le sonó raro y no nos daba ni bola con nuestro nuevo emprendimiento. Luego de mucho insistir y cassette de Menudo- que traje solapado de mi casa- para poderla sobornarla, accedió con la condición que nosotras no metiéramos la mano.

Obedientes nos fuimos al sótano a ver Viviana (ilusionada, enamorada). Ahí, entre Lucía Méndez y unos partiditos de cartas esperamos hasta que el olor nos mató.

Vaya, vaya. Si que el jugo de mora pasó rápidamente al olvido para dar paso a un perfecto pie de moras.

Nuestro invento tuvo mucho más éxito del que alguna vez hubiésemos imaginado. El pie de mora pasó a ser el postre estrella de la familia. Y, así, nuestro acceso a las moras quedó definitivamente restringido.

Ya no podríamos abusar del consumo de moras, comiéndolas sin mesura, ni aplastándolas porque sí.

Las moras pasaron al gobierno y administración de la empleada para asegurar que nunca faltara pie de mora en los eventos importantes de la familia.

(escrito en febrero del 2004)

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