Acerca de solmanía

Una mujer que para algunos puede ser dulce, pero para otros no tanto. Complicada, impredecible y muy predecible. Sensible y guerrera. Buena pero despiadada. Apasionada, madre, amante, poeta, publicista, decoradora, desordenada, leal, guerrera, femenina y bastante machista.

Parte de mi infancia tiene sabor a mora

El jueves fui con Eduardo al Tragaluz que queda en el boulevard. El Boulevard que queda en el kilometro 97.5 de la Panamericana Sur. El Boulevard que queda en Asia –como el lejano continente- y estar ahí en realidad es como estar en otro continente.

En Tragaluz se come buenazo y nos encanta ir. Después de compartir la canilla de cordero y el magret de pato pasamos a un delicioso creme brulée de moras y frambuesas (así decía en la carta), pero el postre llegó sólo con frambuesas. Las frambuesas estaban bien acidonas y Eduardo las disfrutaba como suele hacer con esas que compra en cajitas trasparentes y se las come todas, solito. Yo no soy partidaria de ningún sabor muy ácido, así que me dediqué a disfrutar lo dulcito de la suave crema. Después, y de tanto que le gustaba a Edu, me animé a probar una cucharadita con bastante crema quemada y una pequeña frambuesa. Cerré los ojos y ahí noté el parentesco.

La frambuesa es prima bien cercana de la mora. La mora, esa prima ausente en el postre, que hace tiempo no probaba vino con todos sus aromas a mi memoria. La mora, esa fruta pequeña y jugosita, que antes recogía en baldes y las iba clasificando según tamaño y protuberancia.

Ese sabor agridulce y jugoso me devolvió por unos segundos a mi niñez en Camacho.

De niña, y en realidad hasta grande, siempre viví en Camacho en una casa grande y linda con mucho jardín verde. Tenía una vecina. En realidad tenía varias, pero para mi sólo contaba una. Vivía al frente de mi casa y repartíamos nuestros días, mañanas y tardes entre su casa y la mía.

En mi casa jugábamos a las barbies, preparábamos quequitos en el primer hornito micro ondas que había en el mundo o montábamos una peluquería con maquillaje de fantasía.

En su casa veíamos TV con telenovelas de contrabando, jugábamos cartas o nos la pasábamos en el jardín trepadas en su árbol de moras. También tenían uno de nísperos, pero nuestro preferido siempre fue el de moras.

No sé si la mora es un fruto de todo el año, lo que si recuerdo es que nosotras lo disfrutábamos sobre todo en verano. Pasábamos horas ahí sentadas contemplando el mundo sin zapatos ni prisa alguna. Pero no siempre fue así.

Mi vecina, bastante más aguerrida que yo, me enseñó a trepar el árbol. Yo al principio sólo la miraba para arriba y le sostenía el balde. El progreso siguió cuando trajimos una silla de la cocina. La silla blanca con asiento de paja era una ayuda excepcional que se me permitiría en mi debut de trepadora. Después de algunas semanas, pasó a ser sólo un recuerdo. La imagen que hoy tengo es de estar bien trepada en el árbol como si nunca me hubiese ocasionado dificultad alguna hacerlo.

Nos encantaba estar en el árbol. Era nuestro lugar. Estar trepadas arriba era comodísimo. Conversábamos de todo mientras nos comíamos las moras. Las preferidas eran las más grandes, recién arrancaditas. Eran pequeñísimos racimos de uvas con sus pequeñas partículas a punto de reventar. Dulcísimas a diferencia de las no tan maduras que eran mucho más escuálidas en forma y sabor.

Mi vecina me esperaba impaciente cuando yo cruzaba a visitarla. Como yo era mucho más floja para despertarme, ella de pie desde el alba, me vivía esperando.

A veces partíamos nuestras visitas en dos. La visitaba de mañana, regresaba a mi casa para almorzar y volvía con el último bocado para continuar nuestra jornada.

Dentro de su casa nos la pasábamos en el sótano que estaba acondicionado con sillones y TV. Mientras veíamos alguna tele llorona o el chavo del ocho jugábamos a las cartas acumulando puntaje hasta la eternidad.

Cuando decidíamos salir al mundo exterior nos esperaba su wagon rojo donde llevábamos toneladas de moras que nos sabían a gloria.

A las moras las clasificábamos en dos : las ricas y frondosas y las pálidas y flacuchas. A las ricas nos las comíamos sin parar y no cedíamos a la tentación de aplastarlas, sólo por el mero placer de hacerlo. Las apretujábamos en la palma de la mano y la sensación era deliciosa. Se deshacían suavecitas y su color morado intenso se desvanecía un poco. El resultado, muchas manchas en la ropa y menos moras para comer.

Con las moras intentamos hacer de todo. De los peores experimentos, el jugo de mora. Nos pareció increíble cuando se me ocurrió la idea : delicioso jugo de mora para disfrutar y vender. Ya habíamos incursionado con mucho éxito en el comercio. Salíamos con el cochecito de muñeca a la esquina de nuestra cuadra para vender limonada o refresco Royal de sobre. Era perfecto porque en ese entonces el barrio incipiente estaba lleno de construcciones y los obreros sedientos eran nuestros mejores y únicos clientes. El jugo de mora desplazaría a la común limonada y al artificial jugo de sobre.

Juntamos cantidad de moras sin discriminar talla ni color. Todas serían bienvenidas para mezclarse y conformar nuestro deliciosísimo jugo de mora.

A la mora no hay que pelarla, ni cortarla, ni mucho menos exprimirla. Era sólo cuestión de meterla a la licuadora con un poco de agua, azúcar al gusto, una licuadíta y ya!

Sin embargo, algo falló. Tal vez mucha agua. Pongamos más mora. Ahora muy dulce. Pongamos más mora. ¿Y? Bueno, la verdad no está tan rico.

Hay que colarlo. Ponerle hielito. Pero nada, el jugo deliciosísimo con el que soñamos, ni siquiera estaba rico. Era sólo una agüita moraducha, demasiado dulce y lleno de pepitas y otras cositas.

Bueno, un fracaso lo tiene cualquiera. Y aunque tratamos en vano de convencernos que no estaba tan feo, no tardamos en decidir al unísono que era mejor tirarlo por el desague del lavaplatos.

Y así fue, así se fue nuestro jugo de mora.

Claro que no todo fue fracaso con respecto a la mora y la cocina.

Días después vinimos con otra idea. Lo más difícil fue convencer a la empleada, excelente cocinera, de preparar un pie de moras. A ella le sonó raro y no nos daba ni bola con nuestro nuevo emprendimiento. Luego de mucho insistir y cassette de Menudo- que traje solapado de mi casa- para poderla sobornarla, accedió con la condición que nosotras no metiéramos la mano.

Obedientes nos fuimos al sótano a ver Viviana (ilusionada, enamorada). Ahí, entre Lucía Méndez y unos partiditos de cartas esperamos hasta que el olor nos mató.

Vaya, vaya. Si que el jugo de mora pasó rápidamente al olvido para dar paso a un perfecto pie de moras.

Nuestro invento tuvo mucho más éxito del que alguna vez hubiésemos imaginado. El pie de mora pasó a ser el postre estrella de la familia. Y, así, nuestro acceso a las moras quedó definitivamente restringido.

Ya no podríamos abusar del consumo de moras, comiéndolas sin mesura, ni aplastándolas porque sí.

Las moras pasaron al gobierno y administración de la empleada para asegurar que nunca faltara pie de mora en los eventos importantes de la familia.

(escrito en febrero del 2004)

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Cada 28

Mi fe es el regalo más grande que el universo me da.

Como todo regalo, simplemente llegó y lo recibí.

Tal vez en algún momento de mi vida lo tuve por ahí guardado y juntando un poco de polvo hasta que circunstancias menos felices en mi vida me hicieron desempolvarlo.

Cultivarlo y ponerlo en el lugar más importante de mi vida.

Exhibir y lucir con orgullo ese bonito regalo que un día llegó a mi vida.

Le cuento a Isabella, que a veces sufre episodios de ansiedad,  que yo sufrí de depresión. Lo confieso sin ninguna vergüenza o pudor. Simplemente pasó que muchas veces no me sentía bien conmigo misma.

Probé terapia, psicoanálisis, lecturas de auto ayuda, meditación y unas cosas ayudaron más que otras.  Sin embargo,  lo único que realmente me devolvió a mi centro y a saber que todo estaría bien pasará lo que pasará fue mi fe. El amor incondicional a la vida y a todo lo que esta trae.

Mi fe en esta vida es la que me ha sacado de cualquier apuro o situación enredada. La que me da la certeza que en este viaje espinoso todo tiene una salida inesperada.

Mi mejor ansiolítico, mi compañera leal e inseparable, mi as bajo la manga, mi protección infalible y mi arma más letal.

Cada 28 le doy un pequeño espacio público a esta maravillosa certeza. Celebro a San Judas como símbolo de mi fe y al misterio de eso que no puedo terminar de entender ni explicar, pero a lo que me entrego absoluta y completamente.

Celebro a San Judas por todas las batallas que me ayuda a ganar a diario.

¿Es una promesa publicar cada 28 mi fe?

Es mi manera de agradecer. Es mi granito de arena para viralizar mi certeza : realmente la fe mueve montañas y ese maravilloso motor hace que todo lo imposible sea posible.

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Mi Principito

Muchas veces no tengo paciencia.

No la suficiente como para recibir el ímpetu de su ser.

Siento que me falta tiempo y energía para estar a su disposición.

Eso me hace sentir mal y decepcionada con mi rol de madre.

Estoy fallando, no me lo puedo dejar de decir.

Algo no está bien cuando veo su frustración que se mezcla con la mía y en un círculo vicioso nos empezamos a enrollar.

Una amiga, experta en educación, me recomienda que me lo lleve a una cita a solas. Él y yo nos vamos a almorzar solos al lugar que él elige sin dudar : La 73.

León, mi hijo hermoso de 4 años, está emocionado porque nos vamos caminando a la 73, un restaurante que él sabe que a mi me encanta y por eso lo elige y se siente guapísimo cuando se pone una casaca de jean igual a la mía.

En nuestra cita todo va bien y entre nuestros refrescos y los churros de postre nos empezamos a entender.

“Sólo necesita tu atención, la dosis extra de amor nunca fallan”

Me debato entre darle amor a borbotones o ponerle límites claros y bien definidos a mi hijo que parece estar observando cómo la hago de mamá.

¿Me está evaluando él o, en realidad, lo hago yo?

Me imagino que no hay un examen que pasar, que no lo hacemos bien o mal, si no lo mejor que podemos.

Sin embargo, no es tan fácil cuando sientes que el tema se descontrola. Cuando tu hijo pasa rápidamente la frontera de ser encantador a ser caprichoso. Cuando patalea, hace berrinche y reclama a gritos; límites.

Después de darle varias vueltas y mientras comparto este post como catarsis, siento que ponerle límites y prestarle atención es exactamente lo mismo.

Eso es lo que quiere León y ahorita no sé bien como dárselo.

Claro que le presto atención. Eso creo.

Tal vez, lo que sucede, es que estoy prestando mucho más atención en cómo me siento yo, en cómo esto me hace sentir a mi… Mi atención está mucho más en la situación que en el propio León.

Mi energía está en la frustración, en el miedo a fallar. Si cambio mi energía todo fluye. Si vibro amor y sintonizo con él nos podemos encontrar y danzar en la misma frecuencia.

Tal vez, sólo por hoy, basta con abrazarlo más fuerte, cancelar cualquier cita y tirarme con él a la cama a leerle su cuento favorito.

 “Corazón de mi corazón que me haces palpitar. Cada momento de despertar y darme cuenta que no hay más que detenerme y respirar y dar un paso a la vez y nada más”

Hoy me sirve mucho la estrofa de esta bella canción de Mirabai Ceiba.

Como con todo en la vida, con León, también me sirve hacerlo poco a poco. Un paso a la vez y respirar y volver a respirar porque voy a ser madre toda la vida y él va a ser niño sólo muy poco tiempo más.

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¿Quién soy yo para hablar de sexo?

Una mujer de 43 años. Ama de casa. Casada hace 20 años con el mismo hombre.

Podría ser que no sea la más indicada para hablar de sexo. Ni la más experta.

Sin embargo, como tengo harto interés en el tema creo que el ejercicio vale y aquí lo comparto con ustedes.

Para poder hablar de sexo primero tengo que hablar de intimidad.

La intimidad con nuestra pareja es el factor que más deberíamos cuidar.

Y lo pongo en primera persona : Lo que más debo cuidar es la intimidad con mi pareja.

Cultivarla, fomentarla y atesorarla.

La última palabra puede sonar como too much, pero igual decido usarla.

Atesorar la manera como me relaciono con mi pareja y el detalle que ponemos en nuestro contacto cotidiano son la clave para mantener viva la llama.

Cuidar nuestra cotidianidad.

Tocar, besar, apachurrar, decir cosas bonitas, mirar a los ojos. Coquetear. Seducir.

Tal vez tan simple como rozar su mano o acariciar con la mirada.

Así es como de verdad empezamos a relacionarnos, a acercarnos y a permitir que pase cualquier cosa aunque no pase nada.

Aunque no pase nada, pasa mucho.

Toda esa suma de veces que nos acariciamos sutilmente, que nos miramos con amor, que nos hablamos con complicidad y nos escuchamos con ganas cuentan y mucho!

Vestirnos con una prenda linda (sólo para él) perfumarnos, afanarnos con nuestro arreglo y estar lindas solamente para esperarlo a cenar o tomar desayuno el domingo.

-No te pases! – me dicen algunas amigas.

– Que flojera!!!

Sin embargo, cuando vamos a salir con nuestras amigas o en grupo no nos da tanta flojera.

Al primero que le jalo las orejas cuando descuida su aspecto y parece que le da flojera ser cuidadoso con ciertos detalles es a mi esposo. Se las jalo a menudo porque me importa mucho y no quiero que nunca me deje de importar.

Estoy segura que él lo aprecia y cuando lea este post se va a sonrojar, pero sobre todo va a sonreír porque le encanta que hable de él.

Aunque sea un tema un tanto íntimo.

No importa. Decido tocarlo y compartirlo.

Lo he hecho con mis amigas. Les he compartido mi punto de vista y he recibido el suyo.

Lo que siempre sucede en estas conversaciones es que todas salimos ganando.

Debo confesar que tal vez el título de mi post es un poco engañoso.

No, no voy a hablar de relaciones sexuales, sexo a secas, posiciones, frecuencia ni ningún tema que pueda incomodar a alguien. (Me leen mis hijas, sus amigas, mi mamá y todavía conservo algo de pudor)

Sólo pongo la semillita y la inquietud sobre el tema que siempre anda dando vueltas por ahí.

¿Cuándo nos empieza a dar flojera?

¿Cuándo empezamos a dar por sentado que nuestro aspecto o cuidado personal no importa tanto?

¿Cuándo empezamos a descuidar los detalles?

Estoy segura que a todos nos ha pasado que en algunos momentos se ha empezado a apagar el fueguito. Las ganas.

Yo creo que la mejor terapia es regresar al principio y a lo básico.

No ir al ruedo sin preámbulos y por salir del paso.

¿Cómo éramos al principio?

¿Una salidita? ¿Una escapadita?

Creo que cualquier cosa que decidamos probar funciona sólo si lo hacemos con ganas y entusiasmo.

Y sí, tratemos de probar siempre muchas cosas nuevas!

Funciona desde para ver una serie de Netflix y la sutil diferencia de verla juntos, pero cada uno por su lado, o compartirla con complicidad…

La intimidad, ese contacto físico y emocional tan necesario, es la clave para seguir cultivando las ganas y renovarlas a diario.

Con esa actitud creo que ganamos todos y nuestra relación o experiencia sexual va a ser el resultado natural de toda esa suma de veces que nos vamos relacionando con amor.

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Tierra de nadie

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Arturo trabaja de manera creativa y responsable en el pasaje Junín 120 de Surquillo, más conocido como La Cachinita.

Arturo complementa tus ideas, es recursero y hace cosas mostras.

Lamentablemente ya no puedo recomendarlo.

A pesar de su profesionalismo, su excelente disposición y de tratar de hacer las cosas siempre mejor, ya no me atrevería a mandar a nadie a su lugar de trabajo.

A la Cachinita he ido muchísimas veces. He ido con amigas, de hecho la primera persona que me llevó fue mi hermosa amiga española. He ido con Isa, con mi mamá, con gente con la que trabajo y hasta casi llevo a León.

Gracias a Dios que el día que se lo propuse prefirió quedarse jugando con un amiguito.

La Cachinita me parece un sitio lleno de magia, con cosas alucinantes. Objetos llenos de historia y cosas peculiares. Siempre descubres algo y casi siempre me llevo alguna curiosidad a mi casa o algo para regalar e imprimirle mi sello personal.

Por supuesto no todo es color de rosa en este lugar de cachivaches y recovecos.

Cada vez que voy tengo cuidado de dejar mis cosas de valor a buen recaudo. No llevo cartera, casi nunca celular. Sólo un billete en el bolsillo de mi pantalón para llevarme alguna antigüedad o objeto vintage.

Con esas medidas y yendo con cuidado me parece que el protocolo de seguridad es “casi” suficiente.

Lamentablemente, ese “casi” nunca es suficiente en mi querida Lima.

Parece que hubiesen miles de ojos al acecho, siempre alguien pendiente del más mínimo descuido para arrebatarte lo mucho o poco que tengamos encima.

Así de insegura me siento en todo Lima. No importa si es San Isidro o las inmediaciones del Mercado #2 de Surquillo (ahí queda la Cachinita).

El lunes pasado fui con mi mami a buscar el regalo del día del padre para Edu y a recoger unas letras que mandé a hacer para su oficina.

Mi mami, como siempre, consideró mis medidas de seguridad extremas : quitarme el reloj, dejar la cartera en el carro, re chequear dos veces los pestillos del carro… sin embargo, nada de eso es suficiente.

De regreso un tipo se subió con nosotras al carro y apaciblemente, y ante los ojos de todos los que en esa esquina chupaban como si no fuera lunes, se llevó mi cartera.

Mi indignación, pánico o cualquier reacción que esperaría como normal en un caso así,  quedó de lado y apareció una de excesiva sangre fría.

Sí, para sorpresa mía, la de mi mamá (que tiene más cancha en esas situaciones) y la de los choros actúe con serenidad y premeditación.

Yo quería mi cartera de vuelta! Quería mis documentos!

Cuáles eran mis opciones?

  1. Ir a la policía. Sentar la denuncia. Esperar que hicieran algo.
  2. Comprar mi cosas de vuelta. Cancelar tarjetas. Tramitar documentos (ligado necesariamente a la opción A)
  3. Negociar con los choros.

Yo quería de vuelta mis cosas. Ellos, de seguro, querían más plata.

Opté –aunque les parezca temerario- por las opción 3.

En esta ciudad recurrir a la opción 1 nunca me ha traído consecuencias satisfactorias. Lamentablemente.

La opción 2 es la resignación a la que nos tenemos que someter cada vez que nos roban.

Decidí probar algo nuevo. Tratar de razonar con los choros. Pagar un rescate apetecible por mis pertenencias.

Funcionó.

No lo recomiendo. No hago apología de negociar con criminales. No creo que lo volvería a hacer.

Son esos segundos que algo se apodera de ti y te da las agallas para hacer cosas impensables.

Mi mamá y yo salimos ilesas luego de estar negociando con tipos chaveteados y tatuados por casi 30 minutos.

Conseguimos lo impensable : absolutamente todas mis pertenencias después de un pago por ellas.

Esa esquina en Surquillo, como tantos otros sitios en Lima, es tierra de nadie.

Mientras negociábamos con los choros pasaba cerca un patrullero, habían transeúntes y testigos. Alguien hacía algo? No, por supuesto que no.

La policía no sabe que en ese lugar operan impunemente una sarta de delincuentes? Sí, por supuesto que sí.

Al día siguiente me reuní con Arturo y me llevó las letras que hizo para la oficina de mi esposo. Le conté lo sucedido el día anterior y quedó muy avergonzado y mortificado que sucedieran cosas así -a menudo- cerca de su lugar de trabajo.

Las letras quedaron mostras!

El lema de la empresa de Edu es THE WORK, THE WORK, THE WORK y así las dejó talladas en metal envejecido.

TRABAJO, TRABAJO, TRABAJO.

Muchísimos peruanos, al igual que Arturo, se sacan la mugre trabajando mientras otros se la llevan fácil.

Ahora, quién podrá defendernos?

p.s. si quieren el dato de Arturo se los doy feliz, lo re contra recomiendo. Él irá feliz a atenderlos dónde ustedes le indiquen!

The work

 

 

¿Qué me hace sentir incómoda?

Una mirada de más o una de menos.

Explayarme o quedarme corta de palabras.

Mis gestos inadecuados. En el momento que no es preciso.

Sentir que no encajo. Que trato y vuelvo a tratar.

Hay días así… que simplemente, no me hallo.

Que estoy incómoda, que piso raro, que mi voz suena más chillona o más bajita de lo que quisiera.

Que ciertas miradas no acompañan. Que no sé que decir.

Que lo que dije no decía lo que quería. No sonó tan bonito.

Que sigo tratando.

Por el contrario, qué me hace sentir cómoda, ser yo misma sin pedir disculpas?

Es verdad que últimamente no ando pidiendo excusas, pero quiero sentirme como cuando estás en zapatillas y con tu jean más cómodo.

Cuando estoy por el aeropuerto y veo a alguien a punto de viajar en tacos, amo mis zapatillas. Entiendo que nada en el mundo es más rico que sentirse cómoda.

Con esta analogía, que puede parecer algo light, es cómo quiero sentirme siempre : liviana, precisa.

Rebotar en mi sitio. Hacer sin pensar tanto. Libre. Cómoda.

Amar porque me da la gana y a quien me da la gana. Preguntar si no entiendo. Volver a preguntar si sigo sin entender. Cantar desafinado. Bailar sin tanto ritmo. Ser la más confiada. La más cursi y entregada. Seguir confiando. Incluir a todo el mundo. Esperar que me incluyan. Leer lo que me gusta varias veces. Ser repetitiva. Improvisar algún chiste. Arreglarme sin prisa. Sentirme linda y al rato no tanto. Buscar atención. Llamar la atención.

Y así, en el camino… mientras ando y des ando mis pasos sentirme a mis anchas.

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Yo creo en la magia

No de varitas mágicas, unicornios de sangre plata o hechizos de libro.

Creo en las recetas de amor, en los consejos de oro y en pensar tanto en una persona y con todo el corazón que aparece sin remedio. Si cierro los ojos y le mando toda mi luz, recibiré de ella una evidencia certera.

Creo en poner tu mano en eso que duele mucho y lograr que el dolor se atenúe hasta casi desaparecer.

Creo, sobre todo, en las buenas intenciones; esas que de tan cargadas de vibra excepcional hacen que las cosas sucedan. Que las cosas se acomoden. Encuentren su rumbo y lleguen a su exacto destino.

En querer tanto algo que se materializa de alguna forma y sin razones precisas.

Creo en esperar con paciencia indicada a que eso llegue y cuando llega en el instante justo, tengo la maravillosa certidumbre que era cuando tenía que llegar. Ni un minuto antes, ni uno después.

“En un ser humano existe una anatomía real y otra poética. Una se ve, la otra no. Una está hecha de dientes, huesos y carne. La otra está hecha de energía, memoria y fe”

Ayer cuando escribía este post me encontré con este bello texto en el muro de una amiga.

Cuando uno busca una señal, la encuentra.

Cuando estás en apertura, recibes.

Cuando estás en tu centro, confiada, sabiendo que el universo conspira a tu favor, ya nada puede ir mal.

Eso que no te gusta tanto se convierte en aprendizaje.

Ese NO en Nuevas Oportunidades.

Tus detractores en maestros.

Las decepciones en dosis extra de fortaleza para nuestro ser.

Estoy todos los días con mi hija mayor aunque ella vive hace 5 años fuera del país. Mi conexión con ella pasa más allá del Skype, whatsapp o snap chat.

Nos damos la mano antes de dormir. Presiento sus miedos, celebro su coraje y la acompaño cuando hace mucho frío.

Ninguna distancia jamás nos separa por eso siempre le digo que no la puedo extrañar.

Para mí eso es magia pura.

Un beso a tiempo.

La palabra precisa que llega a través de la lectura del tarot o de un amigo lejano que nos dice algo que da en el blanco. Justo cuando lo necesitamos escuchar.

La magia sucede cuando estamos completamente conectados con nosotros mismos y a la vez un poco desenchufados de nuestra cabecita.

Cuando soltamos. Creemos. Confiamos y nos dejamos llevar.

Cuando somos un sí a la vida.

Cuando nos atrevemos a dejar ese problema que no podemos resolver para el día siguiente. Lo envolvemos con algún papel de color, lo metemos en nuestra mesita de noche, prometemos no tocarlo hasta el día siguiente.

Y sí, les aseguro que sucede, al día siguiente (a veces puede tomar más de 12 horas hay que ser paciente y tener mucha fe) el problema ya no es problema porque halló alguna solución que a nosotros no se nos ocurrió.

Y así podemos andar más livianos por el mundo, sabiendo que no tenemos que resolver todo ni controlar mucho.

Hay magia alrededor, hay duendes hermosos que vienen a ayudarnos y aliviarnos de tanto trajín. Hay manos amorosas. Corazones compasivos. Sonrisas sanadoras. Miradas que transportan. Misterio y magia pura en esta vida si nos atrevemos a saltar y a cerrar los ojos más a menudo.

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