Acerca de solmanía

Una mujer que para algunos puede ser dulce, pero para otros no tanto. Complicada, impredecible y muy predecible. Sensible y guerrera. Buena pero despiadada. Apasionada, madre, amante, poeta, publicista, decoradora, desordenada, leal, guerrera, femenina y bastante machista.

Lo pomposo

No todos los días tenemos que estar de luna miel. No todos los días tienen que tener ánimo de viernes o sábado. Hay días que se pueden  parecer  a un domingo apacible, melancólico o triste. Un día gris. Sin ganas.

Podemos acoger un poco de rutina y monotonía y no morir en el intento.

Saborear eso que nos sabe a lo mismo.

Está bien no tener ánimo de fiesta siempre.

Ser un poquito pincha globos.

Me lo digo a mi misma que saco la bandera del optimismo a menudo y seguro más de uno me mira de reojo. Espantados por tanto entusiasmo.

Sonrío al pensarlo.

Está bien.

No a todos les gusta lo colorido o pomposo.

A mi sí y por ahí me tildan de cursi, huachafa o exagerada.

Está bien, también.

 Trato de ponerle color a todo.

Poesía a la prosa.

Lírica y exageración a lo plano.

Pero hay días y días.

No siempre he sido de andar por la vida tan liviana y con tantas ganas.

También he sabido ser lúgubre y depresiva.

Me conozco de memoria la fluoxentina y el bromazepan.

Se podría decir que me reconcilié con la vida y aprendí a verle el lado amable (con pastillas y sin pastillas)

¿Especie de reflexión?

Sí, una forma de poner en orden y balance lo que siento.

Centrar mis emociones.

Acoger lo triste en días que está difícil ganarle la batalla a la melancolía.

Igual, me quedo con lo pomposo.

Prefiero mil veces pasarme de exagerada que de sosa. Digo.

El día que conocí a San Judas Tadeo

Fui a buscarlo al centro de Lima más que con fe, con desesperación.

No podía seguir llorando y poniendo monedas en mis párpados esperando que se me bajara la hinchazón, eso nunca funcionaba. Y así me iba a trabajar, con los ojos hinchados y el alma magullada.

Si él me llamaba volvía a ser feliz, pero eso nunca duraba mucho.

Almorzábamos juntos o me pasaba a buscar por la chamba y me sentía tranquila unos días, pero luego volvía  a ser lo mismo. Nos volvíamos a pelear y yo volvía a sentirme fatal.

Era un círculo vicioso que parecía no tener fin.

Teníamos que acabar con eso y no sabíamos cómo.

Pensé, equivocadamente, que el motivo de todas mis angustias desaparecería si nuestra relación se arreglaba.

Pensaba que curando la relación, curaría el dolor.

Ahora sé que ningún dolor ni pena tiene nombre y apellido.

Tenía que arreglarme yo, curarme yo.

Me cansé de vivir sin tener ganas o buscando el motivo equivocado.

No funcionaban las pastillas. Tampoco la catarsis con alguna terapia.

Quería que el dolor desapareciera. Que me dejara de doler de cualquier forma.

Mientras hacia la cola tenía mucho frío. Llegó mi turno y se me pegó el calor humano. Recuerdo con exactitud lo que le pedí a San Judas cuando lo tuve al frente y lo miré a los ojos: si no es para mi, que no sea, pero ayúdame a entender que así es.  Nada más.

Y así sucedió : Entendí que la relación ya no funcionaba y que yo podía estar bien sola.

Poco a poco me fui enamorando de mi vida. Empecé a recuperar mi peso y mi entusiasmo por las demás cosas que no fueran él o nuestra relación.

Aprendí a vivir sin depender de una llamada. Disfruté de mis almuerzos sola y encontré en mi trabajo y en mi vida propia la mejor terapia.

Esa es mi historia de fe. Eso resume mi devoción a San Judas Tadeo. Cada 28 le agradezco por haber recuperado una vida dónde la protagonista soy yo.

Amar mi vida y vivir con ganas renovadas es un ejercicio que sigo practicando a diario.

Cuarta regla en cuarentena

Hoy no me siento bien. Estoy con la regla. La cuarta desde que empezó esta pandemia. Llevo la cuenta, aunque mi periodo parece haberse mareado en este encierro. Lleva la cuenta mal, se equivoca, se adelanta. Se está alocando un poquito y me noquea cada vez que me viene.

Tomarme un día de descanso en pleno día de semana, está bien. Vale. León me dice: Mamá, que pasó? No te has cambiado y tú que haces que todos nos cambiemos. León está en todas. Es el más activo. Él que no ha perdido el ánimo ni un instante. Siempre viene con el entusiasmo renovado. Salta en mi cama aunque hoy le pido que no lo haga. Me propone hacer sus tareas a mi lado para cuidarme y sigue saltando. No puede evitarlo. Yo me resigno.

Me llegan unos libros y también unas toallas blancas. La lectura y sentirme bien en casa es un engreimiento del que no me privo. Después de bañarnos 90 días seguidos en casa, las toallas se han gastando. Ha influido que la lavandera de la casa sea yo y mi nivel de experiencia cero. Estas toallas nuevas serán un fresh begining que merezco.

Preparan pasta para el almuerzo, siempre me caen bien los carbohidratos. Mi cuerpo los necesita. Escribo un poco. Estoy feliz de tener tiempo para hacerlo y además tirada en mi cama.

Me baño cuando cae la tarde. Disfruto mi baño con toallas nuevas y elijo una pijama de nuestra nueva colección. Hasta me pongo perfume. Le digo a León para tomar lonchecito. Mis hijas se unen, todas comemos pan con palta y a León le preparo su sándwich Marisol (pan sin corteza de Don Mamino, mantequilla y queso Edam). León quiere que le manden más regalos como el pediasure que se está tomando. Me pide que lo anuncie en mi Instagram : Mamá, así como pides recomendaciones de películas o todos esos datos que pides. Le trato de explicar cómo funciona. Lo entiende un poquito. Igual, ojalá le manden algún otro regalito para verlo tan feliz como cuando le enviaron sus pediasures.

Llega la hora de nuestra novela y la disfrutamos como cada noche. Es una licencia que me permito ahora que uno no se puede permitir muchas cosas.

La foto de mi casa

Isabella se roba mi desmaquillador para corregir su trabajo de arte. Mi mesa de comedor es su mesada de trabajo.

Mis pantuflas en el bar resaltan entre el tequila y una bebida ámbar después de un zoom. El segundo del día.

Me duele la espalda. Abusé de la aspiradora, en esta cuarentena le tengo un cariño especial.

7 medias sin par sobre la secadora. Disparejas.

 Tropiezo con un juguete de Milán, el nuevo integrante canino de la familia Wichtel.

Un lego construido por León en medio de la sala para su proyecto de Science.

Al cuarto de las niñas grandes ya no entro sin pedir permiso.

Ahora es reino y dominio absoluto de ellas. Ellas se encargan.

Suelto.

Los guiones de Alessa regados por el suelo casi logran una composición artística. León la ayuda a pasar letra. Pienso que eso lo ayudará a leer mejor. Él está afanadísimo, le sugiere a la directora ser el mozo pequeño en la obra.

La foto de mi casa es desordenada, colorida y llena de nuevas ideas.

Eso, hoy, es una muy buena noticia.

70 días

Apunto para no lo olvidar. Comparto para que me lean porque todos los que escribimos nos gusta ser leídos.

Mi introducción seguro sería innecesaria para mi Miss de taller de Literatura. La tacharía, pero como no habrá corrección ni conteo de palabras, me explayo a mis anchas.

Lo que sí hay es conteo de días, de horas y de sueños.

Iban a ser 15. Se han multiplicado x 5.

Y se seguirán multiplicando, así como nuestras ganas de vernos y tocarnos.

Tocar todo lo que hoy no podemos tocar ni saborear. Como el itinerario de viaje postergado. Indefinidamente.

Esta palabra me gusta, pero hoy es redundante como todo lo que se nos abulta en el pecho.

El miedo, las ganas. La incertidumbre : palabra ganadora de la cuarentena.

Nunca la escribieron tantas veces, ni pensaron en ella con tal reiteración.

Hoy es trillada.

Han pasado 70 días desde que me asomo por la ventana y agradezco mi vista. Mi salud. Mi familia y todas las cosas que no me faltan.

Hoy nada se da por sentado.

Hoy tengo muchos grupos de whatsapps como el de las vecinas sin rostro.

No nos conocíamos y hoy en la cuarentena nos hemos vuelto amigas, compañeras y solidarias en nuestra necesidad de harina para algún postre, limón para las conchitas (antojo de domingo) o para pasarnos datos tan irrelevantes como el contacto de velas para festejar nuestro aniversario.

Parece poco relevante, pero llenar la casa de velas un viernes e iluminar nuestra esperanza es lo que nos sigue manteniendo en pie.

De pie en esta batalla que pinta para mucho más tiempo.

Nos toca ser resilientes, tener paciencia, sabiduría y seguir llenando el hogar de detalles.

Hoy más que nunca y después de 70 días en casa, puedo asegurar y ser la mejor testigo que Dios está en esos detalles.

Mi mejor decisión

Una amiga del cole me manda esta foto que inspira mi post de hoy.

 Quiero compartir esta imagen que evoca tanto en mí.

Como dato curioso, esta amiga -sin siquiera saberlo- fue la responsable indirecta que conociera a quien es hoy mi esposo, pero ese es otro cuento.

La foto me inspira amor, ternura y agradecimiento.

A los 19 años tomé la mejor decisión de mi vida : traer a Alessa al mundo.

Con la prueba en mi mano que daba positivo, algo cambió para siempre en mi vida.

No estaba en absoluto preparada para todo lo que se venía. Me generó desconcierto, angustia y muchos momentos de tristeza.

Sin embargo, muchas veces el camino se hace andando y así, sin ningún plan en concreto, lo fui logrando y me felicito por eso.

Felicito a todas las mujeres que nos atrevemos a hacer cosas que están mucho más allá de nuestra comprensión inicial.

Ver a Alessa en su cuna cuando yo tenía 20 años y un gran tajo en mi vientre fue doloroso y desconcertante.

El desconcierto era el sentimiento que me acompañaba a diario.

Me daba frío levantarme de mi cama, en pleno mayo, para darle de lactar. Me sangraban los pezones y seguía sin sentirme preparada para eso que me estaba pasando.

Ser mamá a los 20 años.

No les miento si les digo que Alessa tuvo paciencia y compasión conmigo desde el primer día. A veces simplemente no le daba de lactar cuando le tocaba o la dejaba con el pañal mojado. Me moría de sueño y de cansancio para levantarme una vez más.

Después la maternidad fue cuajando. Se volvió parte de mi y me caló hasta los huesos para siempre.

Cuando nos tomaron esta foto ya era diciembre. Alessa tenía casi 8 meses y yo ya había asimilado mi rol de madre con orgullo y dedicación.

El sol acariciaba mis hombros y yo me sentía linda y con muchas ganas de hacer las cosas bien para que Alessa se sintiera algún día muy orgullosa de la mamá que tenía.

Ella ya amaba el click de la cámara y se dejaba retratar, poner lentes de sol, apachurrar y todo lo que se nos ocurría para armar un buen álbum de fotos.

Alessa siempre me hizo las cosas fáciles para que yo pudiera destacar como una buena madre. Pasó por alto mi ineptitud, mi desidia ocasional o mis ganas de seguir teniendo mi propia vida.

Ella me acompañó como la mejor compañera que se puede tener : con paciencia, con fe y con la certeza que cada foto en nuestra vida sería la prueba irrefutable que las dos juntas podemos ser invencibles.

No sé si estoy lista

Alguien me dice, un poco en broma y bastante en serio, que si seguimos repitiendo nuestros mismos errores durante la cuarentena, ésta se extenderá. Se extenderá  y repetirá como quién tropieza con la misma piedra una y otra vez.

Como esa película que siempre vuelve a ser el mismo día hasta que la protagonista hace las cosas diferentes.

Hasta aprender la lección.

El mayor síntoma de locura es hacer lo mismo y esperar resultados distintos –Einstein

No quiero estar loca, quiero empezar a hacer las cosas distintas.

Repaso mi lista de errores. Resalto algunos con amarillo fosforescente.

Se repiten a lo largo de mi vida como algunos sueños en los que navego estos días. Mitad verdad, mitad surrealista.

Así se sienten estos días.

Me quiero despertar. No quiero vivir adormecida ni soñando el sueño de ayer.

Leo por ahí, en un post bonito, algo sobre desatar nudos, de forma literal y como ejercicio interior.

Eso que aprieta, que vive en nosotros y no nos permite avanzar.

La misma piedra.

¿Qué puedo mejorar?

¿Qué subrayo con amarillo fosforescente?.

¿Qué necesito cambiar?

Lo identifico.

Leo, cómo hacemos todos, que es un período de espera, de preparación para una vida más ordenada.

Empiezo en casa con lo más simple : ordenar mi clóset, poner en cajas sólo las fotos que quiero en mi vida. Me corto el pelo. Desato más nudos.

Hago una limpieza profunda.

Archivo recuerdos. Abrazo lo que más quiero.

Respiro, reflexiono y todavía no sé si estoy lista para salir de esta cuarentena.

Mi corona sigue bien guardada

Ahora que se han extendido los días en casa mantengo mi corona guardada en un lugar sin acceso para no caer en la tentación de usarla.

De estos nuevos días estoy amando mi olor a lejía en las manos, los atardeceres coloridos que me pillan sin haber terminado todos mis quehaceres. Las clases en Zoom. Los días sin cuenta, pero a los que aprendemos a ponerle un color distinto, para que cada uno tenga su gustito particular.

Domingo con sabor a domingo.

Aprendo que el Vanish líquido también mancha la ropa, que el Cif lo es todo para limpiar los baños y que los pañitos húmedos tipo Glassex son malísimos para limpiar los vidrios. Aún no logro dejarlos sin la resaca de que el trapo pasó por ahí.

Con toda esta maestría de 40 días sabré mucho mejor que comprar y qué no cuando vaya al súper mercado de forma presencial.

Se nos acaba el pan, ya utilizamos hasta las Rapiditas de Bimbo para desayunar y el pedido de Don Mamino tardará 5 días más.

Preparamos keke de platáno y eso nos ayuda a acompañar nuestros cafés matutinos.

No nos queda otra que usar toda nuestra creatividad e inspeccionar el refrigerador minuciosamente para que la comida no nos sepa siempre a lo mismo.

Mañana intentaremos zucchinis rellenos para innovar con un plato distinto y paliar nuestra ingesta de carbohidratos.

Insisto que no es el momento para cuidar la línea así que todos comen de buen agrado lo que les pongo en la mesa.

Tenemos que mantenernos sanos, activos y sobretodo creativos a cómo de lugar.

Me he proclamado la nutricionista del grupo, directora de limpieza, psicóloga, asistente de repostería, peluquera y la reina absoluta de esta manada, pero con la corona bien guardada.

No soy la maestra Ximena

Si algo sé a ciencia cierta, desde hace casi 25 años, es que una madre no puede ser profesora.

De ninguna manera profesora de sus propios hijos. Se los prometo.

Traté con Ale con toda la ingenuidad que funcionaría y lograría ser su Miss de inglés. Ella lo recuerda y con su característica  nobleza ablanda el recuerdo de mis arrebatos llenos de frustración cuando no lograba que  repitiera lo que para mi era obvio. Creo que Isa se salvó, con ella sólo he compartido proyectos que ambas disfrutábamos.

Ahora que tengo a León y su ipad al frente se me reverberan todos mis recuerdos de ser esa profesora que nadie quiere tener.

No porque no tenga la vocación o habilidad. Les cuento como dato curioso que fui un semestre profesora de religión y no lo hacía nada mal, pero ese es otro tema que ya compartiré en otro momento.

Mis hijas me miran de reojo y me salvan. En realidad salvan a León de mis garras que se empiezan a volver malignas, impacientes y acechantes.

Me ayudan a ayudar a León. Sin embargo entiendo que no en todas las casas existan salvavidas que vengan a socorrer a madres ineptas. Salvavidas de niños confundidos con el rol tergiversado que hoy ejercemos casi todas las madres.

Paciencia. Salud mental. Respirar. Hacer lo mejor que podamos y todo el bla bla de soporte espiritual para el incógnito de semanas que nos quedan por delante.

No tratemos de ser la maestra Ximena de nuestros hijos. Ayudemos desde dónde podamos ayudar sin confundir que somos madres y no maestras. Tengamos compasión con nosotras mismas y, sobre toda las cosas, aprovechemos estos días sin cuenta para divertirnos, hacer cosas distintas y memorables en familia.

Eso es lo que recordarán toda su vida.

Ninguno de nuestros hijos quedará más o menos analfabeto.  Lo escribo para leérselo a León en unas horas y me fuerce  con sus ojitos pícaros a que le dé tregua y ponga en práctica aquello que pregono a los cuatro vientos.

Vivir sin corona

Amo hacer listas y estos días no son la excepción. Me sirven para declarar todo lo que quiero hacer y así darle a mis días un aire de normalidad.

Limpieza general de mi cuarto. Lavar las sábanas. Aspirar a fondo. Suficiente por hoy.

 Mañana toca ordenar los closets, lavar la ropa de color e inventar algún plato para sorprender a mi familia.

Agrego a mi lista llamar a mi tía, leer nuevamente las instrucciones de la aspiradora y ayudar a León con su proyecto de arte.

Empiezo a entender con creces el privilegio que me da dejar la corona bien guardada.

Ya nadie levanta los platos o recoge el reguero que vamos dejando a nuestro paso.

Hoy nos toca hacer eso tan simple que normalmente no hacemos como tender nuestra cama.

Estas tareas domésticas se han convertido en mi acompañamiento diario mientras bailo al compás de Rubén Blades.

Me acostumbro y las disfruto.

Me organizo y las hago mejor.

Hace pocos días no sabia ni prender la lavadora. Hoy le voy agarrando la maña y queda en el pasado manchar la ropa con suavizante. Sí, el delicado Downy deja en mi polo huellas indelebles.  De la secadora sigo aprendiendo que tiene ciclos y temperamento para dejar la ropa a punto.

La aspiradora nueva me da una grata sorpresa : es fácil de usar, limpia todos los rincones y ella y yo nos empezamos a llevar de maravilla.

Lo voy logrando.

Todos dicen que nada será como antes.

Es jueves y voy al supermercado. Me visto para la ocasión agregando guantes y un barbijo a mi outfit del día.

Aquí tampoco llevo corona. Hago mi fila de más de una hora cargada de bolsas. Espero mi turno con gusto mientras registro con mi celular este momento insólito.

Reviso mi lista mientras abastezco mi carrito con una minuciosidad recién estrenada.

No, nunca nada será cómo antes. Vivir sin privilegios innecesarios y guardar la corona puede ser un ejercicio súper necesario y un aprendizaje que ya me tocaba experimentar.