El poder que le doy a los otros

El poder que yo le doy a los otros es mi entera responsabilidad. Es como si vertiera un polvito mágico sobre ciertas situaciones o algunas personas y su relevancia e importancia se intensificara. Es como si yo ingiriera una pastilla de chiquitolina y me redujera a mi mínima expresión. Me quedo desarmada. Mi poder lo entrego, ya no me pertenece.

Mi día, mi sonrisa, mi felicidad, mi vida entera parecen depender de un sólo hecho o una sola persona y yo quedo atollada en arenas movedizas, sin poder accionar.

Paralizada.

“La expectativa es la raíz de todos los dolores de corazón”

Las cosas me afectan en la medida que yo dejo que me afecten.

¿Cuánto poder le estoy dando al otro?

Se me aparece Isa : Madre, otra vez esperando mucho de los demás.

Se me aparece Edu : Bebé, aflojá… por qué te afecta tanto?

Todos hacen lo mejor que pueden. No te lo tomes personal.

No te tomes nada personal es uno de los cuatro acuerdos que tengo tatuado en algún lugar de mi mente. Un lugar -a veces- remoto que intento visitar cuando me empiezo a frustrar.

Y yo, que pretendo saber de emociones, me digo que si me frustro es porque intento, intento y vuelvo a intentar. Con más o menos éxito, pero no deja de ser un esfuerzo el querer, desear o imaginar que los otros van a corresponder como yo espero que lo hagan. Que las cosas van a salir como planifiqué que salgan.

¿Cuántas veces nos quedamos pegados a un hecho negativo o enganchados a personas con comportamientos tóxicos sin poder accionar?

¿Está en nuestras manos cambiar el dial o estamos esperando que el otro lo cambie?

En esta analogía  ilustro nuestro poder de acción frente al del otro : ¿Yo tengo el control o se lo doy a otros?

¿Dejo que las acciones de los demás afecten mi vida? ¿Dejo que una palabra de más o una de menos nuble mi día?

¿De verdad le estoy dando ese poder a los otros?

El tono de voz, el ánimo en la mirada, el sub texto de las palabras, la intención y el ritmo nos constituyen cuando inter actuámos con el otro. En todo eso yo tengo el poder como emisario. Yo pongo el color y melodía. El receptor pone lo suyo y sobre eso no puedo pretender tener el poder ni el control.

Es claro que puedo influenciar y afectar y es ahí donde debo poner el foco y mi energía. En lo que estoy dando y no en lo que estoy esperando recibir.

Yo soy la responsable de mis actos. Sólo sobre ese accionar tengo poder.

La idea es tener la perspectiva clara para no confundir los hechos que nos suceden con las expectativas que tenemos de ellos.

La realidad se estrella con esa fantasía que creamos en nuestra cabeza. El color no es exactamente como lo imaginé.

Sólo mi propia realidad puede ser pintada del tono que se me antoje y más me guste. El color del exterior ya está determinado, lo contagio, lo tiño y así me fundo en un mundo que me gusta más.

Me aparto, me corro y, así, también ejerzo mi derecho y mi poder.

“Todo empieza y termina en nuestra mente. A lo que le das poder, tiene poder sobre ti”

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¿Es el amor un arte?

Me quedo en blanco pensando. No lo puedo responder. Debo recurrir al libro que decido tener en mi mesa de noche porque me parece la verdadera Biblia para aprender a amar.

Amar sano. Amar de verdad.

Aprender a amar.

El tema me sigue inquietando y parece que hubiesen pasado siglos desde mis primeros pininos de inexperta en el Arte de Amar.

Cuántos errores. Cuántos intentos fallidos. Cuánta expectativa puesta en el otro.

Poco de soltar, de aceptar y de amar con los ojos cerrados.

La increíble Hulk se acalló, ya no estalla ni reparte sus lágrima barrocas por doquier. Eso es una buena noticia, un triunfo personal que disfruto de a ratos.

Su visita inesperada e inoportuna sigue como una sombra latente que quiere desaparecer.

Ahora entiendo y aprendo que el amor y el afán que pongo en él no sólo se limita a mi amar de pareja sino que se extiende al resto de la humanidad : todos mis afectos, relaciones e interacciones personales están incluidas.

No me queda más que seguir aprendiendo a amar bien porque pretendo amar toda la vida.

No existe ninguna actividad que se empiece con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor – apunta Fromm casi al inicio de su libro El Arte de Amar.

Totalmente de acuerdo. Ciegos de amor, con las mejores intenciones, llenos de ilusión, así vamos por la vida estrellándonos cuando no nos corresponden como queremos.

Hoy escuché a un párroco decir que querer viene de desear algo y que amar es hacerlo sin esperar nada a cambio.

Ojalá yo lo terminara de interiorizar.

Ojalá nos amaramos mucho más y nos quisiéramos menos (apelando al sentido literal de la palabra).

Yo quiero que me quieras así, de esta manera. Un poquito más, más intenso, con más ganas… ¡Cuánto me falta por seguir aprendiendo! Así no funciona. Así no funcionará jamás.

Soltar, confiar, cerrar los ojos.

Sí, concluyo y entiendo que el amor es un arte y que como todo arte requiere conocimiento y esfuerzo. Teoría, práctica y mucha intuición.

Aún me considero una inexperta aprendiz sobre la teoría del amor, sin embargo decido combinar la teoría con práctica para así ir puliendo este arte.

Sobre la teoría me quedo con la afirmación de que una madre que se ama genuinamente así misma produce en el niño sentimiento de felicidad, alegría y amor.

“Si te amas a ti mismo, amas a los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás amarte. Es una persona grande y virtuosa la que amándose así misma, ama igualmente a todos los demás. ”

Sólo me queda seguir practicando ya que decido en esta vida ser más que una aficionada en el arte de amar.

Indefectiblemente se me corren las pantys, me ilusiono más de la cuenta y espero esa llamada despierta.

Sin duda hay días que duelen, miradas que evito y palabras que abrazo hasta hacerlas mías.

Me siguen sin gustar los feriados, añoro un poco de soledad y no termino de entender a la mitad de la gente.

Me gusta mirarme al espejo, contar historias y abrazar mi almohada.

Soledad. Silencio. Desamor.

Rota.

Te encuentro. Me abrazo.

Desnudo. Aprisiono.

Suelto. Entiendo.

Me escondo.

El Zorro y las Uvas

sabesHe aprendido a entender que cuando a un hombre  le gustas, y no te puede tener, te mira de soslayo y con algo de recelo. Y cuando a un hombre le gustas mucho, mucho, y no te puede tener, te mira con fingida indiferencia y hasta te deja de mirar.

Esa indiferencia está, a veces, tan bien fingida que escapa de nuestro entendimiento. Nosotras, las mujeres, no podemos entender como el hombre en cuestión no nos da ni bola.

Y me refiero exactamente al hombre en cuestión porque no estoy hablando de cualquier macho que simplemente no nos mira porque no estamos dentro de su radar de interés. Me estoy refiriendo al chico, hombre, macho o varón que, sabemos, se muere por nosotras y su compartamiento se torna un tanto agresivo/esquivo en vez de amoroso/cercano.

Para nosotras, las mujeres, sentirnos atraídas por alguien resulta en forma automática en un comportamiento cordial, cariñoso, atento, próximo, meloso y hasta disforzado.

Queremos estar – a como de lugar-  cerca al objeto de nuestro deseo.

Y, ¿qué sucede si a la persona que nos gusta no la podemos tener?

Ahí, una vez más, entra a tallar la diferencia de los sexos.

La forma tan distinta de comportarnos frente a un mismo problema.

En casi todos los casos, seamos hombres o mujeres, más sabios o menos sabios, el no poder tener algo sólo hace que el deseo incremente.

Sin embargo, ante esa imposibilidad, los hombres – en mi experiencia- reaccionan a la defensiva o bloqueando el asunto.

Rechazo al objeto que no se puede tener.

Como la fábula de la zorra y las uvas. La zorra, en este caso,  es el zorro que no puede alcanzar las uvas del árbol porque están muy altas y, entonces, decide que están verdes. Por supuesto, sabe que no están verdes, sino a punto… se muere de ganas de comérselas, pero prefiere modificar su realidad y echarle la culpa a la uvas y a las circunstancias de éstas.

Las uvas, no están suficientemente ricas, las uvas no valen la pena, las uvas me pueden caer mal.

Entonces, no soy yo quien no puede alcanzar las uvas; en realidad, no quiero esas uvas. No vale la pena el esfuerzo o el empeño para alcanzar esas uvas.

Dejemos la fábula, bastante ilustrativa, de lado.

Pasemos a una realidad cotidiana– esa que me vino a la memoria, y que tengo archivada desde la época del colegio.  Una que es bastante común y se repite a lo largo de nuestras distintas etapas de la vida.

El racimo de uvas es, por ejemplo, María. Y, Juan, el zorro. Juan se muere por María, pero ella sale con un chico mayor y jamás ha visto a Juan como algo más que un compañerito de colegio.

Juan la tiene todos los días cerca, a dos carpetas de distancia, y es cada vez más consciente de la indiferencia de ella. Sin embargo, como también suele suceder, la tensión de Juan se empieza a sentir  en el aire y ella empieza a notarla, no sabe qué es, pero la huele y  voltea a mirarlo.

Juan la mira con ironía y con algo de desenfado y ella empieza a entender que, definitivamente, no le es indiferente a Juan. Eso, a María, le empieza a gustar. Ahora, cuando va a la clase, presta atención en como cruzar la pierna porque sabe que Juan, unos metros más allá, no deja de mirarla. El deseo de Juan (el zorro) hace que Maria (el racimo de uvas) se ponga cada día más linda porque saberse tan deseada le eleva el autoestima.

Por su parte,  esto  hace que para el zorro las uvas sean cada vez más apetecibles, pero también cada vez más lejanas.

Juan y María no pueden ser amigos. A veces María se acerca al zorro con la mejor intención de conversar, tan sólo conversar.

Juan no le dirige la palabra sólo siente cólera, cólera de tener esas uvas apetecibles tan cerca. Esas uvas que no puede comer.

María ahora es una mujer comprometida y el zorro es el mejor amigo de su novio. Un día María voltea y se encuentra con la mirada perturbada de Carlos. Esto despierta un gran deseo en María, quien empieza a sentir que sus uvas son más apetecibles que nunca y le encantaría que el zorro las probara. El zorro se siente confundido y fastidiado ante el repentino cambio de María. Las uvas siempre estuvieron bien arriba del árbol, inalcanzables, y no había de que preocuparse. Ahora que puede estirar la mano y agarrarlas ya no se le hacen tan apetecibles.

María no entiende  que el zorro no se esfuerce un poquito por alcanzar las uvas. Ella sabe que no están verdes ni tan arriba. El zorro se da media vuelta en busca de cualquier otro árbol.

María se queda plantada en medio de la noche y empieza, confundida, a entender la moraleja de esta historia.

Los zorros siempre van a buscar las uvas difíciles y apetecibles, pero nunca las imposibles ni las que le generen mucho problema.

Las uvas siempre se van a poner más jugosas y apetitosas al ser deseadas.

El hombre es racional y, hasta en el juego de la seducción, siempre mide sus riesgos.

La mujer es emocional y, a veces, en el juego de la seducción no mide sus riesgos.

Hombre + Mujer = misterio sin resolver. Sin embargo, vamos entendiendo que en esta paradoja, que llamamos relaciones, muchos patrones se vuelven a repetir y seguimos jugando, casi sin saber, al eterno tira y afloja.

Cortavenas

 … y en mis palabras tan tristes mi voz es un ruego. Te necesito porque sin verte mi vida no tiene sentido y van y van por el mundo mis pasos prohibidos buscando el camino de tu comprensión. Apiádate de mi, si tienes corazón…

Famosísimo vals peruano que, chela en mano, entonamos o desentonamos con el corazón desgarrado a punto de estallar en llanto. Convencidos que ese sufrimiento casi nos redime y eleva nuestro amor a un plano superior.

Así pues, hemos aprendido a sufrir por amor…

La otra vez leí divertida una declaración de Walter Riso donde comentaba- mitad en serio, mitad en broma- que se deberían prohibir los boleros.

Los boleros, los valses, las telenovelas mexicanas y venezolanas,  las comedias americanas de final feliz obligatorio, la literatura rosa,  las baladas, los relatos de Corín Tellado y, así, todo el sin fin de  romanticismo con el que tropezamos para convencernos que el verdadero amor es sinónimo de mar de lágrimas.

Cortavenas es el título de uno de mis playlist favoritos en mi iTunes.

No es de sorprender si tomamos en cuenta que crecí escuchando RBC (estación de baladas románticas), mirando, de contrabando, Los Ricos También Lloran, Viviana y El Derecho de Amar. Además, me formé convencida que Romeo y Julieta eran héroes de amor, casi dignos de emular.

Todo esto confabula, no sólo a que tenga ese playlist , si no, un back ground de amores insanos, una colección de literatura romántica y una fijación por lo cursi y sentimental.

Tratando de alejarme, aunque sea un poco, del melodrama y del bichito sadomasoquista que a veces me vista… he recurrido a terapia y sigo, en este camino de autoayuda, leyendo, escribiendo y explorando el complejo universo de las relaciones humanas.

La increíble Hulk, uno de mis escritos favoritos, explica lo que viví en nombre de un amor inexperto, inmaduro, pero humano al fin y al cabo.

¿Es posible concebir un amor exento de sufrimiento?

Parece imposible y  definitivamente lo es porque la vida no está libre de dificultades y momentos malos. Una relación tampoco lo está.

Sin embargo, una cosa es una relación con complicaciones, altibajos, días grises, peleas y crisis y, otra cosa, una relación tormentosa.

Una relación tormentosa donde uno pierde el eje de si mismo, donde son mucho más los momentos malos que los buenos. Donde existe mucho más sufrimiento que goce y uno puede llegar a transar, casi  que en cualquier cosa, con tal de seguir al lado del ser amado.

Una cosa es luchar por amor. Chambear el amor y la relación. Sin embargo, otra cosa muy diferente es luchar contra uno mismo por culpa de un sentimiento que nos lleva al borde del abismo.

Me ha pasado y más vale que nos haya pasado a todos porque así podremos cantar, con todo derecho y, a todo pulmón, las letras más desgarradoras de la emisora.

Re SENTIR- sentir por partida doble

Rencor, animosidad, tirria, animadversión, pique, quemazón, rabia…

Estos son algunos de los sinónimos que aparecen al buscar en el  diccionario la palabra resentimiento. Ese sentimiento que tantas veces nos visita y nos hace estar enojados con nosotros y sobre todo con el resto… enojados con un mundo que, sospechamos, está en contra de nosotros.

Nos  sentimos víctimas de un trato injusto, de un trato que creemos no merecer : No recibimos lo que esperamos o recibimos lo que NO esperamos.

A nuestro resentimiento lo delata la cara larga, el gesto compungido, y, hasta las ganas de llorar… la impotencia ante una emoción que pareciera picarnos y apretarnos el pecho y hasta el alma.

Un nudo en la garganta que termina siendo un nudo en nuestra vida.

Estar resentidos con el mundo, o con una sola persona de este universo, nos quita libertad.

Libertad de sentirnos felices, livianos y en armonía con nuestros sentimientos.

¿Exceso de sensibilidad? ¿Expectativas frustradas? ¿Falta de madurez emocional?

Dificultad para aceptar la realidad como es.

Hace unos meses compramos una plantita para poner en la cocina… la plantita se llamaba, curiosamente, La Resentida. Esa planta llega a resentirse cuando alguien la toca… pliega sus hojitas como si hubiese muerto y al cabo de un rato las vuelve a abrir.

¿¿¿Cuántas veces nos comportamos así???

Cuando alguien nos mira de más o de menos. Cuando alguien no nos devolvió un llamado telefónico o cuando no fuimos incluidos a tal invitación.

Hace poco me llegó una cadena por mail que explica, casi de forma poética, que  nadie nunca jamás nos ha ofendido, son nuestras expectativas- lo que esperamos de las personas- las que nos hieren.

Lo que más me gustó fue que la persona que me lo mandó es la más susceptible a sentirse ofendida por casi todo (o, en realidad, por casi nada) Igual que mi plantita de la cocina, La Resentida.

Decidí explorar el tema y compartirlo en mi blog,  desde mi punto de vista personal. Incluyo algunos pasajes de dicho mail.

La vida real es más hermosa y excitante que cualquier idea que tienes del mundo… (1)

El gran problema es la idea que nos han vendido de la humanidad.

Desde los cuentos de hadas donde siempre aparecen príncipes salvadores o donde  la triste realidad se convierte en un mágico despertar.

Las novelas mexicanas o las películas de Hollywood con final feliz obligatorio. Ahí, los villanos siempre terminan encarcelados o desterrados,  los pobres se vuelven millonarios, los paralíticos caminan de forma milagrosa y la empleada conquista al rico heredero.

Tenemos unas expectativas un tanto fantasiosas acerca de la vida y cuando éstas  no se cumplen sentimos frustración.

Esa misma fórmula la aplicamos a las relaciones humanas.

Si tú esperabas que tus padres te dieran más amor, y no te lo dieron, no tienes porqué sentirte ofendido. Son tus expectativas de lo que “un padre ideal” debió hacer contigo, las que fueron violadas. Y tus ideas son las que te lastiman. Si esperabas que tu pareja reaccionara de tal y cual forma y no lo hizo, tu pareja no te ha hecho nada. Es la diferencia entra las atenciones que esperabas tuviera contigo y las que realmente tuvo, las que te hieren. Nuevamente, eso está en tu imaginación. (1)

 Nos frustramos, nos amargamos y nos ofendemos cuando no recibimos del otro lo que nuestra fantasía creó.

Nos hacemos la película solitos. Pretendemos que todo salga según lo que tenemos escrito en nuestro guión. Nos olvidamos que la vida no es un monólogo, si no un diálogo… una conversa donde cada uno pone sus componentes, sus experiencias y su propia sazón.

Re sentir es como sentir por partida doble, sentir mucho… tal vez, para sufrir menos, deberíamos sentir menos.

Parece tan fácil como decir 2 más 2 son 4.

Sin embargo, no lo es y termina siendo un bache continuo en la vida de muchos (me incluyo).

Algo tan simple como una llamada no contestada puede generar despecho de mi parte.

Me siento herida, rechazada… no correspondida.

Me  parece que la persona es mal educada, desconsiderada y que le importa un bledo hablar conmigo.

Primero, te sientes ofendido porque no hizo lo que querías. Segundo, la otra persona se ofende porque no la aceptaste como es. Y es un círculo vicioso. Todas las personas tienen el derecho divino de guiar su vida como les plazca.  Aprenderán de sus errores por sí mismos. Déjalos ser. Además recuerda también, que nadie te pertenece. (1)

Parece tonto, pero es cierto… empezamos a acumular resentimientos por las cosas más leves… nos volvemos de cristal, intocables.

Conozco a mucha gente que empieza a cerrar su círculo de amistades de manera radical. Cada vez más apretadito, cada vez con más exigencias y falta de tolerancia.

A veces es mejor hacernos de la vista gorda, pasar por alto cierta falta de delicadeza – según nuestro parecer- de amigos y parientes y así vivir en un círculo un poco más amplio y flexible.

Evidentemente no se trata de aguantarle malcriadeces a la gente, pero tampoco tratar de educarlos como muchas veces intentamos hacer… desgastando nuestro tiempo, hígado y relación.

Hay gente a la que quiero infinitamente y son, así, infinitamente diferentes a mí.

Me cuesta aceptar que sean incumplidos o un poco ingratos… que no me contesten las llamadas o no correspondan a los detalles que me esfuerzo en tener. Sin embargo, tienen otras inmensas virtudes de las que yo carezco y he aprendido que gano mucho más teniéndolas cerca de mi vida que lejos.

No creo que a estas alturas de nuestras vidas (digamos que el que está leyendo esto ya pasó los diez años de edad) sigamos con la cantaleta de castigar a los que nos ofenden quitándoles nuestro amor, afecto o amistad.

De vez en cuando, un pucherito (carita de ofendidos) para llamar la atención de la gente que queremos puede resultar simpático. Si abusamos de él, puede resultar agotador, sofocante e infantil.

Las personas son un río caudaloso. Cualquier intento de atraparlas te va a lastimar. Ámalas, disfrútalas y déjalas ir.(1)

Bibliografía

1. Autor desconocido (de una cadena que me mandaron por mail)

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La increíble Hulk

Hace unos años pensaba que el exceso de amor nos daba una licencia para cometer errores que podían ser perdonados -justamente- porque eran eso, arrebatos de amor, actos cometidos en nombre del más sublime de los sentimientos.

El amor, el amor… cuantos crímenes se cometen en nombre del amor.

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento tan bonito se empieza a convertir en nuestro peor enemigo y en vez de hacernos bien nos hace daño?

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento se convierte  en nuestro talón de Aquiles, y nos vuelve vulnerables, inseguras y poco dueñas de la situación?

Hurgando en mi interior se me vienen algunas escenas a la mente que me permiten ejemplificar esas situaciones que nos ponen al límite: Jaime, un episodio rochoso en Starbucks y una pobre abuela que se tiró de la azotea.

Empecemos por la abuela. Todas las familias esconden secretos y la mía no es una excepción. Se dice de una abuela que estaba medio loca, que estuvo encerrada en un manicomio y que abandonó la vida tirándose de una azotea.

Claro, a esta leyenda familiar la acompañan otros ingredientes que podrían haber sido los detonantes : Un abuelo exageradamente guapo, de penetrantes ojos azules,  aventuras amorosas y corazón de piedra.

¿Todo eso precipitó la locura de la abuela?

Misterio sin resolver, pero un caso más de estudio para referirnos a lo que el amor o desamor puede generar en nosotras.

Sigamos con Jaime, mi primer amor. Todas tenemos un Jaime en nuestra vida. El primer amor, el que aguanta todo. Un saco gigante de arena donde atestamos todos los golpes de un amor inexperto. Un amor que lucha por afianzarse, por desafiar al tiempo y al destino.

Mi relación con Jaime podría haber sido perfecta. Él me adoraba y yo lo quería mucho.

Él nunca se cansaría de mí. Así lo creíamos, amor infinito que todo lo aguanta.

Sin embargo, no fue así. Las cosas cambian, mutan. Varían de forma y color. Nada dura intacto para siempre.

Todo exceso es malo, también aplicable para el amor, y, sobre todo, para el amor.

¿Cómo debemos actuar frente al descontrol y a la vulnerabilidad que genera en nosotras el sentimiento del amor ?

El descontrol, ese fantasma que tantas veces nos visita y nos desarma frente a una situación simple y cotidiana como a la que continuación describo.

Estoy sentada en un Starbucks de San Isidro frente a unos ojos incomprensivos que me hacen recordar que una mujer no debe llorar, con cuota de histerismo, frente a un hombre.

Las mujeres lo sabemos de memoria. Es la regla número UNO de un manual que nos esforzamos en aprender para tornarnos calmas, apaciguadas y controladas.

Sin embargo, parece que acabo de sufrir un severo ataque de amnesia. Sé que me debería parar como una lady y decir adiós, pero no puedo. Una fuerza malévola me atornilla al cómodo sillón de cuero y las lágrimas se esfuerzan por salir cuando, en realidad, yo me esfuerzo para que no salgan. ¡Estoy llorando a mares!!! (ya ni siquiera recuerdo el porqué). Todo el mundo nos está mirando y a mí me deja de importar, pero al caballero que tengo al frente le empieza a importar mucho.  No yo, si no mis lágrimas barrocas y el papelón que estamos protagonizando.

Me siento como una loca y ya no lo puedo revertir. Yo no lo puedo revertir, y pienso que él sí podría, pero no lo hace y eso me hace sentir peor. Más lágrimas.

Entramos en un círculo vicioso que alguien debería romper. Y justamente lo hace él.

-Chau, Marisol. Llámame cuando estés tranquila.

Sin embargo, Marisol no está en capacidad de estar tranquila, ni ecuánime,  ni apacible, ni sosegada.

Igual que cualquier mujer que se siente incomprendida, absurda, abandonada por ella misma. Abandonada por su cordura, prudencia, buen juicio.

Igual que cualquier mujer que sólo necesita un abrazo, ser escuchada, comprendida, rescatada de ella misma.

Sin embargo, entiendo que Marisol no sea entendida.

Entiendo que los hombres no siempre entiendan a las mujeres.

Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo…

 Parece que las palabras de Napoleón calan hondo en más de un varón, y sí, es comprensible que a las mujeres nos dé cólera, rabia, ganas de estrangularlos.

Sin embargo, hoy, más que desear que ellos se pongan en nuestros zapatos, decido ponerme en los zapatos de ellos.

Por ejemplo, en los zapatos de Jaime cuando dejaba tirada en el piso a una Marisol que se retorcía de rabia tornando  toda su dulzura en lamento. Una cantaleta que ya Jaime no escuchaba porque le sonaba a lo de siempre.

En esos momentos Jaime, como lo haría cualquier hombre, se convertía en un espectador sin compasión mientras su amada se desfiguraba.

Jaime se enamoró de una mujer fuerte y ahora ella se mostraba vulnerable. Él ya no la quería así. Ya nunca más sería su princesa guerrera de mirada desafiante. La había vencido, cuando él necesitaba ser vencido por ella.

Sí, muchas veces los hombres, por más machos que sean, necesitan a una mujer fuerte al lado.

Sí, de apariencia delicada, suave, acariciable, pero de espíritu y voluntad férrea.

Una leona para el Rey león.

¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿ O es el amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte?

Igual que nosotras, Erich Fromm se plantea estas interrogantes en El Arte de Amar. El amor es un arte, una ciencia. Mezcla de inspiración, conocimiento y mucha dedicación. Dedicación para conocer al otro, pero- sobre todo- dedicación para conocernos a nosotras mismas.

¿El conocimiento de nosotras mismas nos asegura control de nuestros sentimientos y comportamiento?

Yo creo que sí. Nos asegura ser más predecibles y no boicotearnos con reacciones cargadas de arrebato y descontrol. Como un monstruo verde, que se nos activa cual increíble Hulk y arrasa con todo. Esa falta de control  no sólo nos aleja de nosotras mismas, sino del amor y cualquier forma de relación sana.

Si nos perdemos a nosotras mismas es más que seguro que perdamos la brújula de todo lo que queremos alcanzar.

También sé que, en vez de una camisa de fuerza, un abrazo comprensivo puede inmovilizar nuestros impulsos y volvernos más cuerdas.

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