¿Quién soy yo para hablar de sexo?

Una mujer de 43 años. Ama de casa. Casada hace 20 años con el mismo hombre.

Podría ser que no sea la más indicada para hablar de sexo. Ni la más experta.

Sin embargo, como tengo harto interés en el tema creo que el ejercicio vale y aquí lo comparto con ustedes.

Para poder hablar de sexo primero tengo que hablar de intimidad.

La intimidad con nuestra pareja es el factor que más deberíamos cuidar.

Y lo pongo en primera persona : Lo que más debo cuidar es la intimidad con mi pareja.

Cultivarla, fomentarla y atesorarla.

La última palabra puede sonar como too much, pero igual decido usarla.

Atesorar la manera como me relaciono con mi pareja y el detalle que ponemos en nuestro contacto cotidiano son la clave para mantener viva la llama.

Cuidar nuestra cotidianidad.

Tocar, besar, apachurrar, decir cosas bonitas, mirar a los ojos. Coquetear. Seducir.

Tal vez tan simple como rozar su mano o acariciar con la mirada.

Así es como de verdad empezamos a relacionarnos, a acercarnos y a permitir que pase cualquier cosa aunque no pase nada.

Aunque no pase nada, pasa mucho.

Toda esa suma de veces que nos acariciamos sutilmente, que nos miramos con amor, que nos hablamos con complicidad y nos escuchamos con ganas cuentan y mucho!

Vestirnos con una prenda linda (sólo para él) perfumarnos, afanarnos con nuestro arreglo y estar lindas solamente para esperarlo a cenar o tomar desayuno el domingo.

-No te pases! – me dicen algunas amigas.

– Que flojera!!!

Sin embargo, cuando vamos a salir con nuestras amigas o en grupo no nos da tanta flojera.

Al primero que le jalo las orejas cuando descuida su aspecto y parece que le da flojera ser cuidadoso con ciertos detalles es a mi esposo. Se las jalo a menudo porque me importa mucho y no quiero que nunca me deje de importar.

Estoy segura que él lo aprecia y cuando lea este post se va a sonrojar, pero sobre todo va a sonreír porque le encanta que hable de él.

Aunque sea un tema un tanto íntimo.

No importa. Decido tocarlo y compartirlo.

Lo he hecho con mis amigas. Les he compartido mi punto de vista y he recibido el suyo.

Lo que siempre sucede en estas conversaciones es que todas salimos ganando.

Debo confesar que tal vez el título de mi post es un poco engañoso.

No, no voy a hablar de relaciones sexuales, sexo a secas, posiciones, frecuencia ni ningún tema que pueda incomodar a alguien. (Me leen mis hijas, sus amigas, mi mamá y todavía conservo algo de pudor)

Sólo pongo la semillita y la inquietud sobre el tema que siempre anda dando vueltas por ahí.

¿Cuándo nos empieza a dar flojera?

¿Cuándo empezamos a dar por sentado que nuestro aspecto o cuidado personal no importa tanto?

¿Cuándo empezamos a descuidar los detalles?

Estoy segura que a todos nos ha pasado que en algunos momentos se ha empezado a apagar el fueguito. Las ganas.

Yo creo que la mejor terapia es regresar al principio y a lo básico.

No ir al ruedo sin preámbulos y por salir del paso.

¿Cómo éramos al principio?

¿Una salidita? ¿Una escapadita?

Creo que cualquier cosa que decidamos probar funciona sólo si lo hacemos con ganas y entusiasmo.

Y sí, tratemos de probar siempre muchas cosas nuevas!

Funciona desde para ver una serie de Netflix y la sutil diferencia de verla juntos, pero cada uno por su lado, o compartirla con complicidad…

La intimidad, ese contacto físico y emocional tan necesario, es la clave para seguir cultivando las ganas y renovarlas a diario.

Con esa actitud creo que ganamos todos y nuestra relación o experiencia sexual va a ser el resultado natural de toda esa suma de veces que nos vamos relacionando con amor.

9176c6a7332e807dd1a8831d517ceec4

 

 

 

 

Anuncios

Matrimonio Imperfecto

No me gusta la perfección. De hecho prefiero y acojo un poco de caos. Lo perfecto, como bien dice el dicho, es enemigo de lo bueno- y yo agrego- de lo sano y lo humano.

Lo mismo aplica – según mi criterio- a un matrimonio o a la vida en pareja.

Empecé con esa reflexión el domingo pasado mientras veía “Perdida” (Gone Girl) en el cine.

Más allá de toda la exageración hollywoodense y sin que nuestra vida llegue a ser un thriller de taquilla , vi -como trasfondo del mensaje de la película- el reflejo de muchas parejas que se ponen para la foto y maquillan las “imperfecciones” para el mundo exterior.

Mostrar al mundo una imagen que dista mucho de la realidad cuando estamos a solas con nuestra pareja, es lo que me invita a la reflexión en este post.

Algo así como jugar a la casita feliz o al papá y a la mamá sin mucha cuota de realidad o de profundidad nos puede llenar de frustración y alejarnos de nuestra pareja.

Está bien esforzarnos por exportar “lo mejor” de nuestra relación. Vale.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando el guión se queda sólo en eso y nos olvidamos de vivir para adentro?

Silencios incómodos. Miradas que ya no se encuentran. Reclamos callados. Vivir rodeados y muy poco en pareja.

Mi matrimonio no es perfecto. Después de muchos años de convivencia siento que es normal a veces no querer estar, cuestionarse si hay algo más. Ilusiones que se estrellan con una realidad cotidiana.

¿Qué tenemos que hacer para seguir con ganas renovadas al pie del cañón?

La receta universal de seguro no la tengo yo, pero a mí me funciona hablar y escuchar.

Y ojo que no siempre me ha funcionado. Estoy aprendiendo a hacerlo. Vivo en ese aprendizaje, hablar desde el amor y con amor.

Primero escuchar mi voz interior.

¿Qué es lo que quiero y que ya no quiero más?

Luego, ponerlo en la relación. Ponérselo a mi pareja y caminar juntos en ese sentido.

En esa búsqueda que hacemos a diario.

Con metas claras y cortas. Día a día. Renovando ese contrato que no es eterno.

Mi matrimonio es imperfecto. Tiene altas y bajas y creo que esa es la esencia que nos hace felices y nos permite intentarlo una y otra vez.

El vuelo de la libélula

La libélula, en casi todas partes del mundo, simboliza el cambio en la perspectiva de la autorrealización, y el  cambio tiene su origen en la madurez mental y emocional y la comprensión del significado más profundo de la vida. 

En un foro de mujeres, en ese espacio donde nos permitimos que salga toda esa magia que tenemos las de mi género. Esos instantes donde nos permitimos combinar sabiduría y ternura, intuición y experiencia, miradas y escucha. Voz y silencio.

En ese espacio me tocó compartir un tema personal y decidí hacerlo utilizando el simbolismo de la libélula.

¿Por qué la libélula?

Tan sencillo como contarles que estaba impreso en la tela de un vestido verde que compré. Me pareció oportuno buscar el significado espiritual de este bello insecto que trasmite fragilidad, pero que representa valentía y fuerza. También se le atribuye felicidad y sabiduría. El paralelismo con mi tema estaba ahí, era claro y evidente para mi.

El vestido indicado para pararme frente a mis compañeras. El símbolo perfecto para describir este vuelo que empiezo a emprender. Además, el color verde es el que este año me sigue, persigue y se me viene pegando con avidez. El color del chakra del corazón, con ese que me identifico y quiero andar de la mano.

Mi tema personal también era mi tema profesional. Podría haber elegido uno u otro, pero en este momento de mi vida siento que los dos se dan la mano, se acompañan y se miran a los ojos. Yo estoy al medio, como partida en dos. Yo estoy al medio, en realidad, no partida en dos, si no en un no saber como equilibrar esos dos mundos.

En el feedback que recibí, la mirada de las chicas me regaló una invitación a disfrutar más el vuelo, a ir más despacio, pasito a paso. Fluir, conversar, escuchar. Pedir ayuda. Acompañar y dejarme acompañar. Soltar la anticipación de lo que ni siquiera sé si va a pasar.

Así, voy sintiendo que nadie me exige ser una súper mujer, que darle tiempo al tiempo me puede no sólo dar el equilibrio que busco, sino también la calidad que tanto me importa. Calidad de tiempo. Calidad de vida para disfrutar de estas enormes posibilidades que la vida me regala.

Posibilidades que a mis 40 años me permiten re comenzar una vida profesional, perseverar con ahínco en la escritura. Re encontrarme con mi pareja desde otro espacio. Acompañarlo en sus nuevos retos con paciencia, amor y comprensión. Seguir siendo para mis hijas luz e inspiración. Renovar para León todos los días mi entusiasmo y ganas de ser su mamita shunka.

Vivir el día a día. Seguir conectándome con las cosas que tanto me importan y apasionan.

La Libélula es el guardián de los sueños, el conocedor interior que ve todo nuestro potencial verdadero. La Libélula tira fuera las ilusiones que nos dicen que no podemos alcanzar nuestros sueños y metas, que no somos valiosos o capaces cuando en realidad es nuestro verdadero poder crear cualquier cosa que elijamos.

Los objetos de mi casa

Un día vino Blanquita a mi casa y me pidió que votara un adorno que tenía en el escritorio de mi esposo. El adorno era una escultura pequeña en la cual yo nunca había reparado demasiado. Blanquita, mi querida manicurista con dones esotéricos, insistió en eliminarla después de auscultar mi casa con detenimiento.

No solamente adoro la decoración y le pongo énfasis a cada rincón de mi casa, me gusta el color, las formas, los objetos y que en general todo lo que está a mi alrededor aporte magia y energía positiva.

Nunca sentí que eso lo hacía de forma conciente o pensando que era determinante para nuestras vidas, sin embargo ahora soy una convencida que cada adorno en nuestro hogar, o en el lugar donde pasamos la mayor parte de nuestro día, son de vital importancia para generarnos y aportarnos energía.

Cada vez que abro el ojo me despierto con la palabra A MOR, literalmente. En la pared de nuestro dormitorio hay un cuadro que le regalé a mi esposo y forma esa palabra y lo hemos colocado frente a nuestra cama.

Acabo de incorporar, también, en nuestro cuarto una mesa roja. Siento que nos aporta mayor energía, vitalidad y pasión.

Sí, las fotos,  los cuadros,  el color de las paredes, las flores que ponemos con amor, las velas que prendemos con alguna intención. Los tapices, la alfombra que escogemos con ilusión. Alguna que otra antigüedad rebuscada, ese regalo especial, aquel objeto de tremendo valor sentimental. Lo que trajimos de un viaje… todo ese conjunto de energía que está a nuestro alrededor, nos aporta determinada carga, que puede ser positiva o negativa.

He trabajado mucho tiempo como decoradora y siempre busqué escuchar los gustos de los dueños del espacio para que en ese lugar reinara su personalidad y sello.

Me parece básico y natural que cada espacio hable de la persona que vive ahí y que no sea simplemente un recinto sacado de catálogo o de revista.

Ese es sólo mi punto de vista y, tal vez,  se desvíe del objetivo principal de este post.

Los objetos que te acompañan tiene una forma de vida, si los amas y les prestas atención, te aportan energía. Pero si son restos de un pasado conflictivo o los descuidas, actúan como vampiros, comiéndote la fuerza vital. (Jodorowsky)

Leí esta frase de Alejandro Jodorosky y me trasmitió perfectamente lo que quiero comunicar y regalar en esta publicación : amemos todo lo que nos rodea, pongamos nuestro amor y personalidad en la manera de decorar o acomodar lo que nos acompaña. Seamos íntimos, creativos y detallistas.

Cada objeto nos mira, nos habla y nos puede ayudar a estar un poquito más felices.

Ese martes que vino Blanquita, me terminó de convencer para romper y votar ese objeto que tenía una forma entre animal y demonio y que vivía- solapado- en mi casa en la tercera repisa del escritorio.

Seguro les sonará un tanto supersticioso y exagerado, sin embargo votar objetos que no nos aportan ningún valor o que traen alguna carga negativa del pasado puede ser un ejercicio harto liberador.

Imagen

Máncora, una historia de amor

Langosta. Pulseras. Masajes. Manuel que teje trenzas en el pelo. Piezas de decoración en base a restos marinos. Libros. Paseos a caballo. Jetski. Variedad de pareos e indumentaria de la india y, hasta la lectura del tarot.

Máncora, te conozco hace casi 17 años y nunca dejas de sorprenderme y, espero que nunca dejes de hacerlo.

El refugio de Hemingway, donde se perdía para escribir, descansar y respirar mar.

El point obligado de surfistas, aventureros y amantes de la vida marina.

La escapada romántica, la luna de miel, los días tranquilos de noches en penumbra.

La primera vez que fui a Máncora fue con mi novio a un hotel con cabañitas rusticas a pocos pasos del mar. Paseábamos de la mano- mientras nos terminábamos de conocer- por una playa casi desierta que nos regalaba el murmullo del mar, el vuelo de gaviotas sin destino y muchas conchitas en la arena que yo recogía y enjuagaba en piscinas de formación natural. Esas famosas pocitas hechas de roca, arena y el vaivén del mar.

Remojábamos los pies, nos tomábamos fotos y no terminábamos de planear el futuro.

Estábamos viviendo el momento y habíamos escogido a Máncora de testigo.

Casi todos los días almorzábamos en el hotel- la pesca del día- con el dueño del hotel. Inclusive un día nos invitó a salir con él en su yate y yo tuve la suerte de pescar un mero de considerable tamaño que se convirtió en un delicioso ceviche y pescado a la menieur.

Las idas al pueblo eran escasas, sólo para hacer un par de llamadas a Lima y alguna que otra vez para comer un cebichito en una pequeña fonda. No había más que hacer en el pueblo, que era una tripita polvorienta que se extendía vertical como continuación de la Panamericana Norte.

Después de dos viajes a Máncora, muchas charlas y una apuesta a ciegas, mi novio se convirtió en mi esposo y nuestras visitas a Máncora un ritual que nos gusta repetir.

Nos gusta escaparnos solos, con nuestras hijas, con amigos y ahora con familia re estrenada que incluye a León y su descubrimiento y fascinación por el mar.

Cuando viajamos en familia nuestras visitas al pueblo son casi destino seguro después de una siesta que mis hijos interrumpen ansiosos.

No nos resistimos a los deliciosos postres de La Bajadita. Nos empachamos sin culpa con el Brownie con fudge y su infaltable helado de vainilla. Otra tarde nos animamos a probar el Pye de uvas borgoñas y quedamos deleitados.

Parte de la aventura es el viaje obligado en mototaxi.  Esa carrera por camino de tierra y baches no deja de ser parte del encanto que hemos experimentado tantas veces. Primero, cómplices, enamorados de la mano, luego, felices, arreconchumados en familia, después con cautela por un nuevo embarazo y, ahora, observando la cara alucinada de León por poder andar en moto de verdad.

En algunos de nuestros viajes hemos alquilado casa y decidido escaparnos de la rutina del trabajo y desde nuestro refugio con palmeras y vista al mar estar conectadísimos con wifi. Los mails entran y salen y, así, disfrutamos de los placeres de Máncora sin tanta culpa.

En las mañana podemos comprar langosta a algún pescador que la acaba de sacar del mar. La trae vivita y coleando y mi esposo se encarga de regatear precio con él. Al poco rato viene el chico, al que le compramos pareos el día anterior, y nos trae una concha de nácar -hábilmente pulida y trabajada- convertida en un sujetador de pareos. Su hermana vende cantidad de collares y pulseras, los que más llaman nuestra atención son los de shakiras, de colores tierra, azules y verde esmeralda.

Manuel me teje una trenza en el pelo, combinando mi cabello con hilo de cera al mejor estilo macramé. Mi hija se anima por una igual pero de colores más brillantes.

En la tarde viene Mayra, la señora que hace masajes y además ofrece, por el mismo precio, sesión de reflexología. Pruebo sus maravillosos masajes y la manera como relaciona el cuerpo con la planta de los pies. Me diagnostica que sufro de estreñimiento y masajea mi colon en mi pie izquierdo.

Al final de la tarde no nos resistimos y regresamos a disfrutar de un postre en el pueblo y a pasear mirando artesanías.

Mis hijas deciden probar un poco de deporte de aventura y programan zip line para el día siguiente.

En el pueblo hay gran movimiento de gente. Mi marido y yo caminamos de la mano por la trocha de tierra que es el poblado de Máncora. Pasan los camiones y los buses interprovinciales que parecen rozarnos a su paso.

Resulta increíble que uno de los puntos más turísticos y prometedores del Perú se haya quedado estancado en su proyecto urbanístico y desarrollo vial. La Panamericana Norte sigue pasando por en medio del pueblo.

Regresamos a la casa para coronar esa visita con una cena inolvidable. Teo nos espera con un desenfreno de langosta que disfrutamos con yucas y plátano frito. Brindamos con champagne frío y aplaudimos a Teo que nos ha engreído toda esa semana con inolvidables ceviches de ostras, tiraditos de pejerrey, pescados a la plancha y su norteñisimo seco de cabrito.

En, ésta, nuestra última visita a Máncora no hemos alquilado casa, sino que nos hemos instalado en el encantador hospedaje de unos queridos amigos argentinos.

Aquí, hoy, varios viajes después del inicio de esta historia, empiezo a  reencontrarme con esas cositas que me hablan del principio, de esos días que remojábamos los pies con incertidumbre y que sin planearlo empezamos a planear nuestra vida juntos. Cerca al mar, de la mano y con Máncora como testigo de esta historia de amor.

Imagen

El Zorro y las Uvas

sabesHe aprendido a entender que cuando a un hombre  le gustas, y no te puede tener, te mira de soslayo y con algo de recelo. Y cuando a un hombre le gustas mucho, mucho, y no te puede tener, te mira con fingida indiferencia y hasta te deja de mirar.

Esa indiferencia está, a veces, tan bien fingida que escapa de nuestro entendimiento. Nosotras, las mujeres, no podemos entender como el hombre en cuestión no nos da ni bola.

Y me refiero exactamente al hombre en cuestión porque no estoy hablando de cualquier macho que simplemente no nos mira porque no estamos dentro de su radar de interés. Me estoy refiriendo al chico, hombre, macho o varón que, sabemos, se muere por nosotras y su compartamiento se torna un tanto agresivo/esquivo en vez de amoroso/cercano.

Para nosotras, las mujeres, sentirnos atraídas por alguien resulta en forma automática en un comportamiento cordial, cariñoso, atento, próximo, meloso y hasta disforzado.

Queremos estar – a como de lugar-  cerca al objeto de nuestro deseo.

Y, ¿qué sucede si a la persona que nos gusta no la podemos tener?

Ahí, una vez más, entra a tallar la diferencia de los sexos.

La forma tan distinta de comportarnos frente a un mismo problema.

En casi todos los casos, seamos hombres o mujeres, más sabios o menos sabios, el no poder tener algo sólo hace que el deseo incremente.

Sin embargo, ante esa imposibilidad, los hombres – en mi experiencia- reaccionan a la defensiva o bloqueando el asunto.

Rechazo al objeto que no se puede tener.

Como la fábula de la zorra y las uvas. La zorra, en este caso,  es el zorro que no puede alcanzar las uvas del árbol porque están muy altas y, entonces, decide que están verdes. Por supuesto, sabe que no están verdes, sino a punto… se muere de ganas de comérselas, pero prefiere modificar su realidad y echarle la culpa a la uvas y a las circunstancias de éstas.

Las uvas, no están suficientemente ricas, las uvas no valen la pena, las uvas me pueden caer mal.

Entonces, no soy yo quien no puede alcanzar las uvas; en realidad, no quiero esas uvas. No vale la pena el esfuerzo o el empeño para alcanzar esas uvas.

Dejemos la fábula, bastante ilustrativa, de lado.

Pasemos a una realidad cotidiana– esa que me vino a la memoria, y que tengo archivada desde la época del colegio.  Una que es bastante común y se repite a lo largo de nuestras distintas etapas de la vida.

El racimo de uvas es, por ejemplo, María. Y, Juan, el zorro. Juan se muere por María, pero ella sale con un chico mayor y jamás ha visto a Juan como algo más que un compañerito de colegio.

Juan la tiene todos los días cerca, a dos carpetas de distancia, y es cada vez más consciente de la indiferencia de ella. Sin embargo, como también suele suceder, la tensión de Juan se empieza a sentir  en el aire y ella empieza a notarla, no sabe qué es, pero la huele y  voltea a mirarlo.

Juan la mira con ironía y con algo de desenfado y ella empieza a entender que, definitivamente, no le es indiferente a Juan. Eso, a María, le empieza a gustar. Ahora, cuando va a la clase, presta atención en como cruzar la pierna porque sabe que Juan, unos metros más allá, no deja de mirarla. El deseo de Juan (el zorro) hace que Maria (el racimo de uvas) se ponga cada día más linda porque saberse tan deseada le eleva el autoestima.

Por su parte,  esto  hace que para el zorro las uvas sean cada vez más apetecibles, pero también cada vez más lejanas.

Juan y María no pueden ser amigos. A veces María se acerca al zorro con la mejor intención de conversar, tan sólo conversar.

Juan no le dirige la palabra sólo siente cólera, cólera de tener esas uvas apetecibles tan cerca. Esas uvas que no puede comer.

María ahora es una mujer comprometida y el zorro es el mejor amigo de su novio. Un día María voltea y se encuentra con la mirada perturbada de Carlos. Esto despierta un gran deseo en María, quien empieza a sentir que sus uvas son más apetecibles que nunca y le encantaría que el zorro las probara. El zorro se siente confundido y fastidiado ante el repentino cambio de María. Las uvas siempre estuvieron bien arriba del árbol, inalcanzables, y no había de que preocuparse. Ahora que puede estirar la mano y agarrarlas ya no se le hacen tan apetecibles.

María no entiende  que el zorro no se esfuerce un poquito por alcanzar las uvas. Ella sabe que no están verdes ni tan arriba. El zorro se da media vuelta en busca de cualquier otro árbol.

María se queda plantada en medio de la noche y empieza, confundida, a entender la moraleja de esta historia.

Los zorros siempre van a buscar las uvas difíciles y apetecibles, pero nunca las imposibles ni las que le generen mucho problema.

Las uvas siempre se van a poner más jugosas y apetitosas al ser deseadas.

El hombre es racional y, hasta en el juego de la seducción, siempre mide sus riesgos.

La mujer es emocional y, a veces, en el juego de la seducción no mide sus riesgos.

Hombre + Mujer = misterio sin resolver. Sin embargo, vamos entendiendo que en esta paradoja, que llamamos relaciones, muchos patrones se vuelven a repetir y seguimos jugando, casi sin saber, al eterno tira y afloja.

Mi punto G sí queda en mi parte sur

La otra vez leí una frase de Isabel Allende que decía que las mujeres tenemos el punto G en el oído y quien buscara más abajo estaba perdiendo el tiempo.

Claro, se refería a que a una mujer se le enamora y seduce con palabras bonitas.

Sí y no.

Es verdad que a todas las mujeres nos gusta el floro, que nos halaguen y piropeen, pero ya no es suficiente sólo con eso. Ahora las mujeres, en general, nos estamos volviendo más exigentes a la hora de ser seducidas.

Más exigentes a la hora de ser seducidas y más expertas a la hora de seducir.

Hoy no nos basta con hablar inglés, algo de francés y algún otro idioma por ahí. Tampoco con trabajar y salir corriendo de la oficina para llegar a tiempo a la maestría o al curso de superación personal que nos asegurará un mejor puesto laboral.

Nos exigimos también tener pasta de madre, madera de deportista y una pizca de inquietud culinaria.

Estamos en el mercado y- frente a la demanda masculina y la competencia de otras mujeres- queremos que nuestra oferta sea interesante y diferencial.

Nos podemos diferenciar y sobresalir por nuestra educación, atributos físicos, roce social, tema de conversación, sofisticación, valores espirituales y hasta por nuestra forma de vestir.

Incluir en la lista de nuestros atributos el ‘expertice’ sexual, vale.

Ser expertas, conocedoras o al menos interesadas en el tema.

Por ejemplo, cuando estoy en la peluquería hecho mano a una Cosmopolitan. Así, mientras me pongo más rubia y más lacia, aprovecho para culturizarme y ponerme al día sobre posturas, caricias, disfraces atrevidos y cómo dejar aflorar mi lado erótico cuando estoy piel a piel.

Otra forma divertida, ahora que está tan de moda la literatura erótica, es leer libros hot y embriagar todos nuestros sentidos con lo que describen estás páginas.

Yo empecé hace unos meses con las novelas de la argentina Florencia Bonelli. La verdad que embarazada y todo me sentía súper sexy y motivada con las historias de heroínas seducidas por hombres rudos y apasionados. Ahora me estoy devorando 50 sombras de Grey que , aunque no me aporta mayor valor literario, me pone las hormonas a mil.

Estas novelas con alto contenido erótico son una excelente forma de estar estimuladas, al día y en vigencia sobre pericias sexuales y juegos sensuales.

Si estamos felizmente casadas, como en mi caso, nuestra pareja apreciará nuestro aporte al tema en cuestión.

Leer, hablar sobre el tema, practicarlo y disfrutar del asunto nos hará más felices y también más seguras frente a los hombres.

No sé si realmente mi punto G es parte de mi próstata femenina. No sabía que teníamos una, o siquiera que queda a 5cm de mi abertura vaginal, pero leí en Wikipedia que sí.

La parte teórica y fisiológica se la dejo a los sexólogos; lo que sí sé  a ciencia cierta es que mi punto G está en la parte sur de mi cuerpo y estimulado de forma correcta me genera gran placer y enormes satisfacciones.

También sé, a ciencia cierta, que por más súper mujeres y multifacéticas que nos esforcemos en ser, seguiremos siendo románticas eternamente.Las flores, una linda canción, una cena romántica y las palabras al oído siempre serán un gran estimulante para nosotras.

Palabras románticas que después de un par de copas podemos convertir en palabras traviesas para indicar con presteza como llegar a nuestro punto G y a lo que queremos experimentar con nuestra pareja.

No creo en la igualdad de los sexos, ni que las mujeres tengamos que saber lo mismo que los hombres (ni viceversa), pero con un poco de cultura sexual, ganamos todos.