Los objetos de mi casa

Un día vino Blanquita a mi casa y me pidió que votara un adorno que tenía en el escritorio de mi esposo. El adorno era una escultura pequeña en la cual yo nunca había reparado demasiado. Blanquita, mi querida manicurista con dones esotéricos, insistió en eliminarla después de auscultar mi casa con detenimiento.

No solamente adoro la decoración y le pongo énfasis a cada rincón de mi casa, me gusta el color, las formas, los objetos y que en general todo lo que está a mi alrededor aporte magia y energía positiva.

Nunca sentí que eso lo hacía de forma conciente o pensando que era determinante para nuestras vidas, sin embargo ahora soy una convencida que cada adorno en nuestro hogar, o en el lugar donde pasamos la mayor parte de nuestro día, son de vital importancia para generarnos y aportarnos energía.

Cada vez que abro el ojo me despierto con la palabra A MOR, literalmente. En la pared de nuestro dormitorio hay un cuadro que le regalé a mi esposo y forma esa palabra y lo hemos colocado frente a nuestra cama.

Acabo de incorporar, también, en nuestro cuarto una mesa roja. Siento que nos aporta mayor energía, vitalidad y pasión.

Sí, las fotos,  los cuadros,  el color de las paredes, las flores que ponemos con amor, las velas que prendemos con alguna intención. Los tapices, la alfombra que escogemos con ilusión. Alguna que otra antigüedad rebuscada, ese regalo especial, aquel objeto de tremendo valor sentimental. Lo que trajimos de un viaje… todo ese conjunto de energía que está a nuestro alrededor, nos aporta determinada carga, que puede ser positiva o negativa.

He trabajado mucho tiempo como decoradora y siempre busqué escuchar los gustos de los dueños del espacio para que en ese lugar reinara su personalidad y sello.

Me parece básico y natural que cada espacio hable de la persona que vive ahí y que no sea simplemente un recinto sacado de catálogo o de revista.

Ese es sólo mi punto de vista y, tal vez,  se desvíe del objetivo principal de este post.

Los objetos que te acompañan tiene una forma de vida, si los amas y les prestas atención, te aportan energía. Pero si son restos de un pasado conflictivo o los descuidas, actúan como vampiros, comiéndote la fuerza vital. (Jodorowsky)

Leí esta frase de Alejandro Jodorosky y me trasmitió perfectamente lo que quiero comunicar y regalar en esta publicación : amemos todo lo que nos rodea, pongamos nuestro amor y personalidad en la manera de decorar o acomodar lo que nos acompaña. Seamos íntimos, creativos y detallistas.

Cada objeto nos mira, nos habla y nos puede ayudar a estar un poquito más felices.

Ese martes que vino Blanquita, me terminó de convencer para romper y votar ese objeto que tenía una forma entre animal y demonio y que vivía- solapado- en mi casa en la tercera repisa del escritorio.

Seguro les sonará un tanto supersticioso y exagerado, sin embargo votar objetos que no nos aportan ningún valor o que traen alguna carga negativa del pasado puede ser un ejercicio harto liberador.

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La increíble Hulk

Hace unos años pensaba que el exceso de amor nos daba una licencia para cometer errores que podían ser perdonados -justamente- porque eran eso, arrebatos de amor, actos cometidos en nombre del más sublime de los sentimientos.

El amor, el amor… cuantos crímenes se cometen en nombre del amor.

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento tan bonito se empieza a convertir en nuestro peor enemigo y en vez de hacernos bien nos hace daño?

¿Cómo hacemos cuando ese sentimiento se convierte  en nuestro talón de Aquiles, y nos vuelve vulnerables, inseguras y poco dueñas de la situación?

Hurgando en mi interior se me vienen algunas escenas a la mente que me permiten ejemplificar esas situaciones que nos ponen al límite: Jaime, un episodio rochoso en Starbucks y una pobre abuela que se tiró de la azotea.

Empecemos por la abuela. Todas las familias esconden secretos y la mía no es una excepción. Se dice de una abuela que estaba medio loca, que estuvo encerrada en un manicomio y que abandonó la vida tirándose de una azotea.

Claro, a esta leyenda familiar la acompañan otros ingredientes que podrían haber sido los detonantes : Un abuelo exageradamente guapo, de penetrantes ojos azules,  aventuras amorosas y corazón de piedra.

¿Todo eso precipitó la locura de la abuela?

Misterio sin resolver, pero un caso más de estudio para referirnos a lo que el amor o desamor puede generar en nosotras.

Sigamos con Jaime, mi primer amor. Todas tenemos un Jaime en nuestra vida. El primer amor, el que aguanta todo. Un saco gigante de arena donde atestamos todos los golpes de un amor inexperto. Un amor que lucha por afianzarse, por desafiar al tiempo y al destino.

Mi relación con Jaime podría haber sido perfecta. Él me adoraba y yo lo quería mucho.

Él nunca se cansaría de mí. Así lo creíamos, amor infinito que todo lo aguanta.

Sin embargo, no fue así. Las cosas cambian, mutan. Varían de forma y color. Nada dura intacto para siempre.

Todo exceso es malo, también aplicable para el amor, y, sobre todo, para el amor.

¿Cómo debemos actuar frente al descontrol y a la vulnerabilidad que genera en nosotras el sentimiento del amor ?

El descontrol, ese fantasma que tantas veces nos visita y nos desarma frente a una situación simple y cotidiana como a la que continuación describo.

Estoy sentada en un Starbucks de San Isidro frente a unos ojos incomprensivos que me hacen recordar que una mujer no debe llorar, con cuota de histerismo, frente a un hombre.

Las mujeres lo sabemos de memoria. Es la regla número UNO de un manual que nos esforzamos en aprender para tornarnos calmas, apaciguadas y controladas.

Sin embargo, parece que acabo de sufrir un severo ataque de amnesia. Sé que me debería parar como una lady y decir adiós, pero no puedo. Una fuerza malévola me atornilla al cómodo sillón de cuero y las lágrimas se esfuerzan por salir cuando, en realidad, yo me esfuerzo para que no salgan. ¡Estoy llorando a mares!!! (ya ni siquiera recuerdo el porqué). Todo el mundo nos está mirando y a mí me deja de importar, pero al caballero que tengo al frente le empieza a importar mucho.  No yo, si no mis lágrimas barrocas y el papelón que estamos protagonizando.

Me siento como una loca y ya no lo puedo revertir. Yo no lo puedo revertir, y pienso que él sí podría, pero no lo hace y eso me hace sentir peor. Más lágrimas.

Entramos en un círculo vicioso que alguien debería romper. Y justamente lo hace él.

-Chau, Marisol. Llámame cuando estés tranquila.

Sin embargo, Marisol no está en capacidad de estar tranquila, ni ecuánime,  ni apacible, ni sosegada.

Igual que cualquier mujer que se siente incomprendida, absurda, abandonada por ella misma. Abandonada por su cordura, prudencia, buen juicio.

Igual que cualquier mujer que sólo necesita un abrazo, ser escuchada, comprendida, rescatada de ella misma.

Sin embargo, entiendo que Marisol no sea entendida.

Entiendo que los hombres no siempre entiendan a las mujeres.

Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo…

 Parece que las palabras de Napoleón calan hondo en más de un varón, y sí, es comprensible que a las mujeres nos dé cólera, rabia, ganas de estrangularlos.

Sin embargo, hoy, más que desear que ellos se pongan en nuestros zapatos, decido ponerme en los zapatos de ellos.

Por ejemplo, en los zapatos de Jaime cuando dejaba tirada en el piso a una Marisol que se retorcía de rabia tornando  toda su dulzura en lamento. Una cantaleta que ya Jaime no escuchaba porque le sonaba a lo de siempre.

En esos momentos Jaime, como lo haría cualquier hombre, se convertía en un espectador sin compasión mientras su amada se desfiguraba.

Jaime se enamoró de una mujer fuerte y ahora ella se mostraba vulnerable. Él ya no la quería así. Ya nunca más sería su princesa guerrera de mirada desafiante. La había vencido, cuando él necesitaba ser vencido por ella.

Sí, muchas veces los hombres, por más machos que sean, necesitan a una mujer fuerte al lado.

Sí, de apariencia delicada, suave, acariciable, pero de espíritu y voluntad férrea.

Una leona para el Rey león.

¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿ O es el amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte?

Igual que nosotras, Erich Fromm se plantea estas interrogantes en El Arte de Amar. El amor es un arte, una ciencia. Mezcla de inspiración, conocimiento y mucha dedicación. Dedicación para conocer al otro, pero- sobre todo- dedicación para conocernos a nosotras mismas.

¿El conocimiento de nosotras mismas nos asegura control de nuestros sentimientos y comportamiento?

Yo creo que sí. Nos asegura ser más predecibles y no boicotearnos con reacciones cargadas de arrebato y descontrol. Como un monstruo verde, que se nos activa cual increíble Hulk y arrasa con todo. Esa falta de control  no sólo nos aleja de nosotras mismas, sino del amor y cualquier forma de relación sana.

Si nos perdemos a nosotras mismas es más que seguro que perdamos la brújula de todo lo que queremos alcanzar.

También sé que, en vez de una camisa de fuerza, un abrazo comprensivo puede inmovilizar nuestros impulsos y volvernos más cuerdas.

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