Darme a los demás

Puedo decir las cosas fuertes y claras, pero también puedo elegir decirlas a ritmo más suave aunque sea menos certera.

No necesariamente debo regalar dosis de sinceridad cruda. No todo el mundo la necesita.

Mis palabras pueden ser un arma letal de precisión milimétrica y, sin embargo, puedo disfrazarlas para no herir y evitar dar justo en el blanco.

Hacer lo que me da la gana, está bien, pero muchas veces puedo postergar mis propios deseos e ímpetu. Regalar mi tiempo. Ser compasiva. Frenar mis ganas. Gastar mi energía en eso que, tal vez, no me provoca tanto.

No siempre podemos hacer uso irrestricto de nuestra libertad, individualidad y vivir el momento.

YOLO no va a ser mi lema diario.

Además, creo que vivimos mil veces si nos damos a los demás con absoluta generosidad.

Si reservamos las ganas. Si administramos nuestra libertad. Si esperamos el momento. Si contamos hasta diez y después volvemos a contar.

Eso también está bien. Está mejor muchas veces.

Apaciguar el impulso. Medir los exabruptos. Ser un poquito egoístas con nosotros mismos para regalarle a los demás una versión mucho más empática.

Caminar en mis zapatos y en algunos que tal vez no me queden tan cómodos.

Hacer malabares. Agradar al resto. Sonreír sin tantas ganas para alegrarle el corazón al otro. Respirar tres veces y volver a contar despacio. Ser paciente para esperar mi turno. Ser paciente para esperar eso que todavía no me toca. No me llega aún.

Disfrutar eso que no necesariamente elegí.

Dejar que el otro elija y decidir que tal vez eligió mejor.

Como puse en otro post, no siempre soy yo la que escribe mejor el guión.

Si lo dejo en manos de Dios, estoy segura que una vez más me va a sorprender!

2dd9199e3ef0aa43e6678f27f66191f2

Que Dios te dé el doble de lo que me deseas

Empecemos por el principio.

Cuando recién nacemos queremos la atención de nuestra madre en forma total, exclusiva y absoluta.

Cuando vamos creciendo nuestros juguetes son nuestros y sólo nuestros.

Mío! Esto es mío!

Nos meten al nido no sólo para que nos enseñen los colores y a cantar, sino también para aprender a compartir y darnos cuenta que no somos los únicos en el universo.

Seguramente, que en nuestros primeros años de estudio, cuando empezamos a crecer y a formarnos no nos hacía mucha gracia que a nuestra amiguita le regalaran una muñeca mejor que la nuestra o que fulanito trajera dulces importados en la lonchera. Dulces mucho más ricos que los nuestros.

Tal vez un pucherito, ganas contenidas de llorar o algún reproche a nuestra madre habrá sobrevenido a nuestro deseo de tener lo que tenía nuestro compañerito.

Deseo de tener lo de nuestro compañerito y, sobre todo, sentimiento de desdicha por no poseer lo que tiene el otro y por lo bueno que le está pasando al otro.

No siempre deseamos que le pase lo mejor al otro.

No siempre somos generosos con nuestros sentimientos.

Algo de egoísmo innato existe en la entrañas hasta del más cristiano.

Sin embargo, vamos creciendo, formándonos y dejamos de ser niños… nuestro ego, naturalmente, va quedando rezagado, educado, controlado por los valores que recibimos en la casa, escuela y sociedad en general.

Nuestra generosidad y altruismo suele aumentar cuando maduramos.

Ojalá que Ivana se saque 20 en matemáticas porque se la paso estudiando todo el fin de semana.

Ojalá que a Hugo lo lleven este año a Disney, se muere de ganas y no conoce.

Que Renzo le caiga a Maria Grazia.

Que a Laura la inviten a la fiesta de prom.

Que Vasco ingrese a la universidad.

Que a Ximena le resulte la dieta que esta empezando.

Que a Gianna le propongan matrimonio.

Que a mi vecina le  quede linda su casa de playa, que el hijo de mi amiga se gradúe con honores en su maestría, que el negocio que están poniendo mis primos sea un éxito, que su nuevo novio sea tan bueno como parece, que se casen, que sean felices para siempre!

Parece lógico y elemental. Desearle el bien a los demás. A los que nos cruzamos por la calle, a nuestros amigos y parientes más cercanos.

Si nos ponemos la mano en el corazón sabemos que no siempre es así.

Nos visita un bichito un tanto mezquino. Se entremezclan pasiones que nos llevan, muchas veces, a desear NO que a uno mismo le vaya mejor, sino que al otro le vaya peor.

Escribo esto y me suena terrible. No me gusta y estoy segura que a nadie le va a gustar reconocer que a veces somos mezquinos con nuestros semejantes.

Muchas veces no deseamos –realmente– que Ivana se saque 20 en su examen de matemáticas (por más que sabemos que se mató estudiando).

Ni que Hugo conozca Disney.

Nos alegramos un poquito si Renzo no le cae a Maria Grazia.

No nos ponemos tan felices si a nuestra íntima amiga la invitan a una prom.

Sucede y luchamos para que NO sea así, pero sucede…

De todas maneras, el propósito de este post NO es demostrar que la esencia del ser humano tiene gotitas de envidia en su componente.

Mi objetivo, un tanto utópico, es imaginar la vida como un boomerang.

Esa idea nació camino a la oficina cuando la sabiduría popular se cruzó ante mis ojos.

QUE DIOS TE DE EL DOBLE DE LO QUE ME DESEAurlS, escrito en el trasero de una combi.

Obviamente no era la primera vez que leía esa frase, pero la miré con otros ojos.

Llegué a mi oficina y la publiqué en mi muro de FB.

El efecto causado fue lo que me gustó e inspiró este post.

Muchos amigos me empezaron a desear toda clase de cosas maravillosas.

La vida como un boomerang.

Te lanzo una bendición y esta me regresa como por efecto de magia.

Me imagino algo lindo para ti. Realmente lo deseo, y ese deseo dobla la esquina y se encuentra conmigo.

Se encuentra conmigo de la manera más inesperada. Me llega cuando menos lo imagino. Y si no me llega a mi, este efecto boomerang es tan perfecto que, le llega a mis hijos.

Un dardo cargado de amor me regresa como una mirada llena de dulzura. Unas palabras bonitas. Un reconocimiento de mi jefe o de mi ex.

El karma explica desde hace cientos de años lo que yo sueño aquí con ustedes.

Generalmente el karma se interpreta como una «ley» cósmica de retribución, o de causa y efecto. Se refiere al concepto de “acción” o “acto” entendido como aquello que causa el comienzo del ciclo de causa y efecto.

Si interiorizamos este principio y nos regimos de él estoy segura que vamos a desear, genuinamente, un 20 en el examen de todos.