Tierra de nadie

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Arturo trabaja de manera creativa y responsable en el pasaje Junín 120 de Surquillo, más conocido como La Cachinita.

Arturo complementa tus ideas, es recursero y hace cosas mostras.

Lamentablemente ya no puedo recomendarlo.

A pesar de su profesionalismo, su excelente disposición y de tratar de hacer las cosas siempre mejor, ya no me atrevería a mandar a nadie a su lugar de trabajo.

A la Cachinita he ido muchísimas veces. He ido con amigas, de hecho la primera persona que me llevó fue mi hermosa amiga española. He ido con Isa, con mi mamá, con gente con la que trabajo y hasta casi llevo a León.

Gracias a Dios que el día que se lo propuse prefirió quedarse jugando con un amiguito.

La Cachinita me parece un sitio lleno de magia, con cosas alucinantes. Objetos llenos de historia y cosas peculiares. Siempre descubres algo y casi siempre me llevo alguna curiosidad a mi casa o algo para regalar e imprimirle mi sello personal.

Por supuesto no todo es color de rosa en este lugar de cachivaches y recovecos.

Cada vez que voy tengo cuidado de dejar mis cosas de valor a buen recaudo. No llevo cartera, casi nunca celular. Sólo un billete en el bolsillo de mi pantalón para llevarme alguna antigüedad o objeto vintage.

Con esas medidas y yendo con cuidado me parece que el protocolo de seguridad es “casi” suficiente.

Lamentablemente, ese “casi” nunca es suficiente en mi querida Lima.

Parece que hubiesen miles de ojos al acecho, siempre alguien pendiente del más mínimo descuido para arrebatarte lo mucho o poco que tengamos encima.

Así de insegura me siento en todo Lima. No importa si es San Isidro o las inmediaciones del Mercado #2 de Surquillo (ahí queda la Cachinita).

El lunes pasado fui con mi mami a buscar el regalo del día del padre para Edu y a recoger unas letras que mandé a hacer para su oficina.

Mi mami, como siempre, consideró mis medidas de seguridad extremas : quitarme el reloj, dejar la cartera en el carro, re chequear dos veces los pestillos del carro… sin embargo, nada de eso es suficiente.

De regreso un tipo se subió con nosotras al carro y apaciblemente, y ante los ojos de todos los que en esa esquina chupaban como si no fuera lunes, se llevó mi cartera.

Mi indignación, pánico o cualquier reacción que esperaría como normal en un caso así,  quedó de lado y apareció una de excesiva sangre fría.

Sí, para sorpresa mía, la de mi mamá (que tiene más cancha en esas situaciones) y la de los choros actúe con serenidad y premeditación.

Yo quería mi cartera de vuelta! Quería mis documentos!

Cuáles eran mis opciones?

  1. Ir a la policía. Sentar la denuncia. Esperar que hicieran algo.
  2. Comprar mi cosas de vuelta. Cancelar tarjetas. Tramitar documentos (ligado necesariamente a la opción A)
  3. Negociar con los choros.

Yo quería de vuelta mis cosas. Ellos, de seguro, querían más plata.

Opté –aunque les parezca temerario- por las opción 3.

En esta ciudad recurrir a la opción 1 nunca me ha traído consecuencias satisfactorias. Lamentablemente.

La opción 2 es la resignación a la que nos tenemos que someter cada vez que nos roban.

Decidí probar algo nuevo. Tratar de razonar con los choros. Pagar un rescate apetecible por mis pertenencias.

Funcionó.

No lo recomiendo. No hago apología de negociar con criminales. No creo que lo volvería a hacer.

Son esos segundos que algo se apodera de ti y te da las agallas para hacer cosas impensables.

Mi mamá y yo salimos ilesas luego de estar negociando con tipos chaveteados y tatuados por casi 30 minutos.

Conseguimos lo impensable : absolutamente todas mis pertenencias después de un pago por ellas.

Esa esquina en Surquillo, como tantos otros sitios en Lima, es tierra de nadie.

Mientras negociábamos con los choros pasaba cerca un patrullero, habían transeúntes y testigos. Alguien hacía algo? No, por supuesto que no.

La policía no sabe que en ese lugar operan impunemente una sarta de delincuentes? Sí, por supuesto que sí.

Al día siguiente me reuní con Arturo y me llevó las letras que hizo para la oficina de mi esposo. Le conté lo sucedido el día anterior y quedó muy avergonzado y mortificado que sucedieran cosas así -a menudo- cerca de su lugar de trabajo.

Las letras quedaron mostras!

El lema de la empresa de Edu es THE WORK, THE WORK, THE WORK y así las dejó talladas en metal envejecido.

TRABAJO, TRABAJO, TRABAJO.

Muchísimos peruanos, al igual que Arturo, se sacan la mugre trabajando mientras otros se la llevan fácil.

Ahora, quién podrá defendernos?

p.s. si quieren el dato de Arturo se los doy feliz, lo re contra recomiendo. Él irá feliz a atenderlos dónde ustedes le indiquen!

The work

 

 

never to be skinny

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Conocí a Adele por mis hijas y cantamos sus melodías a viva voz. No sólo nos encanta su música, su interpretación y sus letras, también nos identificamos con su manera de amar y la filosofía que tiene sobre la vida : dice lo que piensa y cultiva su talento sin ser esclava de un físico perfecto.